Los besos telefónicos

10 abril 2008 at 12:58 pm (Cuentos, Relatos)

– Bájese un poco el pantalón -fue lo primero que le dije.

– ¿Así?

– Si, perfecto -le contesté distraída mientras clavaba la aguja.

– ¡Ay!

– Ya está, mantenga ahí el algodón si quiere.

– Bueno, no ha dolido demasiado.

– Hago bien mi trabajó -señalé mientras le miraba de refilón- nunca he tenido quejas y eso que llevo muchos años como enfermera.

– Habrá visto muchos culos feos y gordos como el mío entonces -contestó sonriendo.

– No se crea, el suyo no es de los peores.

Rió con estruendo y a la media hora pasó a recogerme por la consulta. Me acompañó a casa bajo la lluvia y yo le hice esperar en el portal. A los cinco minutos se alejaba por la acera luchando para que el viento no se llevara el paraguas que le acababa de prestar. Volví a fijarme en su culo con mucha curiosidad y acabé por convencerme de que realmente no era de los peores sitios donde clavar una jeringuilla. Cuando me di cuenta estaba preparando la comida con una gran sonrisa en la cara y una rara sensación en el estómago.

– Dígame.

– ¿Espe?

– Si, soy yo ¿quién es? -pregunté sabiendo perfectamente la respuesta y maravillándome por el grave tono que se oía al otro lado del auricular.

– Soy yo, Pedro.

– ¡Ah Pedro! ¿Qué tal estás? ¿Te mojaste mucho?

– Perfectamente ¿y tú?

– Un poco ocupada…

Y la conversación, cuyo primer objetivo era concretar fecha y hora para que aquel paraguas negro regresara a casa de su legítima dueña, acabó dos horas después con un beso telefónico y una cita para cenar al día siguiente.

Y como al día siguiente no llovió, Pedro se olvidó de nuevo del paraguas. También se olvidó al día siguiente y al siguiente. Y pasó el tiempo y llegó la sequía y mi paraguas seguía en casa de Pedro. Y lo que al principio parecía una excusa para quedar y vernos poco a poco se convirtió en un recuerdo. Y las conversaciones fueron cada vez más y más largas. Y me compré un móvil y aprendí a enviar mensajes de texto. Y muchas cosas más.

Ahora recuerdo con melancolía todas esas horas colgados al teléfono, riendo y mandándonos besos como si en aquella sórdida consulta hubiéramos rejuvenecido hasta los diecinueve años. Pero ya no hay besos por teléfono. Ya no hay citas. Ya no hay tensiones, ni ¿qué me pongo? Ahora hay compras en el hipermercado los sábados por la mañana, arreglo de persianas, limpiezas generales…

Y yo ya no quiero todo esto, quiero volver a los besos telefónicos y a los mensajes de texto. A la excitación. Al vernos de vez en cuando. Me gustaría no haber tenido prisa. Querría no haberlo acelerado todo. Me hubiera gustado haberlo conocido a los diecinueve y no a los cuarenta y cinco y tener todo el tiempo y todos los besos del mundo. Quisiera haber saboreado cada momento, cada etapa, cada paso, cada llamada telefónica, incluso aquellas que, antaño, ni siquiera hubiera podido pagar. Habría dado cualquier cosa, lo que fuera, por no haber tenido que jugar contrarreloj y saber que realmente lo que se acaban no son los besos, sino el tiempo.

– ¡Espe! ¿Puedes sacar tú hoy al perro?

– ¿Y si vamos los dos juntos dando un paseo?

– ¿Estás loca? Mira como llueve…

– Tienes razón.

Fue justo en el momento en el que nuestro gigantesco sanbernardo se sacudía sin miramientos a mi lado cuando noté ese abrazo a traición que tanto me gustó.

– Te he traído el paraguas, que ese chubasquero te queda muy mal… -me susurro al oído- te dije que no te lo compraras.

Me dio un pequeño mordisco en la oreja y yo me giré. Estuvimos allí un rato besándonos de nuevo bajo la lluvia, como nos hubiera gustado hacer el primer día y tantas veces hicimos durante los años posteriores.

Entonces lo comprendí: decidí olvidarme de lo anterior y no pensar en lo futuro.

Desde ese momento voy saltando de alegría al hipermercado los sábados por la mañana y cuando hacemos limpieza general, canto a voz en grito.

Anuncios

Permalink 3 comentarios

Los cementerios están llenos de valientes

8 abril 2008 at 12:01 pm (Cuentos, Relatos)

– ¿Qué es cobarde abuelo?

– Un cobarde es una persona que huye de sus miedos, de sus problemas o de sus responsabilidades.

– Pero huir puede ser una solución…

– Huir no vale de nada, al final aquello de lo que escapas acaba encontrándote y haciéndote daño.

– ¿El que huye de la muerte también es un cobarde?

– Hijo -me miró- a veces hay cosas más importantes que la vida de uno.

– ¿Cómo puede ser eso? La vida es lo máximo que tiene una persona. Nos lo han dicho en el colegio.

– Y es verdad, pero a veces no es la propia vida la más importante, sino la vida de otros. Ahora mismo yo daría mi vida por salvar la tuya si fuera necesario.

Con diez años descubrí que era un cobarde y fue mi abuelo quien me lo confirmó. Esa es una situación que no se puede compatibilizar con una vida normal. Aun así seguí huyendo de casi todo lo que no me gustaba y hasta hace poco no me había ido mal. De lo que nunca pude escapar fue de la obsesión con mi cobardía, 733061-mediumque me perseguía día y noche y resonaba en mi interior, cada vez más y más fuerte. Aunque consiguiera ocultar a los demás mi pusilánime condición, siempre había algo que me recordaba mi falta de valor. Yo haría todo lo posible por conservar la vida, correría si fuera necesario para que no me enterraran antes de lo debido. Y no miraría atrás. Hoy sigo pensando lo mismo, los cementerios están llenos de valientes.

Poco después llegué a la conclusión de que, como todo, la cobardía es relativa. El concepto depende sobre todo de la edad. Un niño cobarde es un niño normal, todo le da miedo y los demás deben estar continuamente alentándolo para que supere sus temores. Habitualmente cuando sus padres deciden que es lo suficientemente mayor como para no tener que seguir protegiéndolo, ese niño se convierte en un joven valiente. Si no lo consigue se convierte en un joven cobarde. El joven cobarde simplemente pasa inadvertido, nadie le reclama nada y él nada da. Incluso se le suele considerar como el más maduro y sensato entre los de su edad. Los cobardes adultos ya no pasamos inadvertidos, aunque lo intentamos. Llegado este punto ya no hay vuelta atrás, serás cobarde hasta tu muerte y esta puede sobrevenir antes y acabar con una vida de pavor y sobresaltos, o no llegar hasta que seas viejo. Todo el mundo te conoce a ti y a tus miedos, por lo que no puedes esconderte jamás. Los viejos son los peores cobardes y sólo hay una palabra que los defina en su totalidad: patetismo. Ellos lo saben y viven con su triste atributo, pero jamás llegan a asumirlo o controlarlo. Se sientan a ver pasar la vida, sin poder ser siquiera los protagonistas de su propia historia.

El último y único acto que podría redimirme de esta obsesión rondaba mis pensamientos desde hacía ya bastante tiempo, sólo como una idea lejana, como una forma rápida y dolorosa de liberarme de mis penas y alcanzar una paz absoluta. La única forma de coger los mandos, controlar mi vida y al contrario que el piloto que trata de evitar un aterrizaje mortal, precipitarme hacia la dura pista como si fuera la única meta alcanzable.

Empujado por la convicción de que había elegido el único camino redentor para un cobarde de mi altura, me dirigí al puente que había sido escenario de mis ensoñaciones durante los últimos días. Alto y poco concurrido era el lugar perfecto.

Antes de llegar traté de envalentonarme con un par de tragos, que acabaron convirtiéndose en un par de decenas. Cuando llegué, allí estaba él.

Hablaba perfectamente el castellano. Elegía las palabras con precisión y pronunciaba de una manera clara y segura. Me dijo que era suizo cuando salté la barandilla y ambos estábamos sentados ya en el borde del puente, mirando hacia el abismo que se extendía bajo nuestros pies y con las mismas ideas suicidas.

– Me dejó y nunca podré recuperarla -yo asentí pensando en lo poco que se le notaba que fuera extranjero.

– Si una mujer se va, no vuelve. Fuiste un ingenuo al pensar que podrías recuperarla.

– Tienes razón -me dijo mientras se desprendía del precioso reloj de oro que adornaba su muñeca izquierda.

– Lo único sano que se puede hacer con ellas es olvidarlas.

– Quizá, pero eso ya no tiene importancia -me dio su reloj y saltó al vacío.

– Ahí va un hombre con suerte -pensé.

27164519_66fdbe22c7_oCada vez que recuerdo la escena imagino a aquel suizo precipitándose desde las alturas con una sonrisa en su boca. Hay que tener agallas para hacer lo que él hizo, aunque siempre será más fácil el suicidio que superar el adiós de una mujer.

Yo por el contrario, no tengo valor para ninguna de las dos cosas. Abandoné el borde del puente saltando la barandilla en dirección a la carretera. Con los pies sobre el asfalto volví a sentirme seguro, pero mucho más desgraciado que antes. Ruin, cobarde, triste y un poco desorientado, no porque no supiera dónde estaba, sino más bien porque no sabía hacia dónde ir. Ni siquiera me había planteado la posibilidad de un camino de vuelta.

Espero que ese suizo escribiera una nota, porque sino sería sospechoso que yo anduviera por ahí con su lujoso reloj, mientras el criaba malvas. Por si acaso decidí no avisar a la policía. Un cobarde como yo huye sobre todo de dos cosas, la muerte -como acababa de comprobar- y la cárcel. Ambas cosas deben de tener mucho en común. Espero no comprobar esas semejanzas en mucho tiempo.

Aquel pobre desgraciado me hizo comprender una cosa: pronto seré un viejo cobarde, a no ser que alguna enfermedad lo remedie.

Como envidio a ese suizo.

Permalink 3 comentarios

Un par de coincidencias temporales

19 febrero 2008 at 1:00 pm (Cuentos, Relatos)

Una extraña sensación me recorrió de arriba a abajo al despedirme de mis padres en la puerta del hospital. La situación era muy rara, estábamos allí los cuatro: mi padre, mi madre, María -mi mujer- y yo, ante la puerta de aquel excelso edificio, que se agitaba en lo que a mi me pareció un siniestro bullicio. En ese punto se separaban los caminos de las dos parejas que formábamos entre los cuatro. María y yo nos dirigimos al ala Oeste del hospital mientras que mis padres, entre toses, tomaron rumbo a la Este, justo en la otra punta.

Serpenteamos por el laberinto de pasillos, despachos y consultas, hasta llegar a una sala de espera gris por su mala iluminación, pero aun así resplandeciente por la alegría que se desprendía de las sonrisas de los que allí aguardaban su turno. “Lo más seguro es que esta sea la única sala de espera de todo el edificio en la que pueda haber algo de alegría” pensé, y al instante me acordé de mis padres. Estarían esperando en un lugar similar a aquel, triste y oscuro, sin ninguna sonrisa de esperanza que iluminara aquella parte del edificio y a su vez a todos los que allí estaban. Se me formó un nudo en el estómago y me agaché un poco para intentar mitigar el dolor. No podía respirar.

-¿Qué te pasa?

-Tranquila, sólo son nervios.

Me agarró fuerte sin apartar la mirada de la puerta de la consulta médica. Sin prestarme atención adivinó la situación de mi mano. Esa confianza me proporcionó un agradable sosiego y respiré un poco más tranquilo. Estiré las piernas y me relajé un poco más. Al fin nos llamaron.

-¿María González?

Entre la puerta abierta vi al médico hojeando desinteresadamente un informe, con la seguridad que da la experiencia. La ansiedad me volvió a atacar, pero esta vez en otro punto y me llevé la mano al pecho sin ser siquiera capaz de disimular. María me miró y me sonrió. Nos sentamos.

-Hola María.

-Hola.

-Bueno, pues ya tenemos los resultados. Enhorabuena, estás embarazada.

Sin darme cuenta empecé a sonreír y vi como los ojos de María se llenaban de lágrimas. Nos abrazamos y nos besamos. Fue todo bastante sentimental y a pesar de que a ninguno nos gusta expresar nuestros sentimientos en público, ambos coincidimos en aceptar la importancia de la situación y en dar rienda suelta a nuestra alegría. Es lo que llevábamos buscando años y al fin lo habíamos conseguido. Me sentía pleno como persona y absolutamente feliz. Nada podría ir mal a partir de ese momento.

-Estás de tres meses. Así que si todo va bien, dentro de seis serás mamá.

Estaba inmerso en mi felicidad pero cuando vi los ojos ilusionados y radiantes de María, me di cuenta de que todo lo que se agitaba en mi interior no era nada en comparación a como se debía sentir ella, albergando una nueva vida en su vientre. Estaba incluso más guapa que de costumbre.

Disfruté ese momento como no lo había hecho en ningún otro y sólo quería volver a encontrarme con mis padres para contárselo. Quería decírselo a todo el mundo. Que todos supieran que al fin iba a ser padre. Y que María iba a ser madre.

Los vi a lo lejos, esperando en el mismo sitio donde nos habían dejado hacía una hora. Me acerqué a ellos contento de poder alegrar sus caras serias con las buenas nuevas que traía.

-¡Estamos embarazados! -grité.

Enseguida comenzaron los besos y los abrazos. La alegría inmensa. Empezaron los planes y las preguntas.

-¿Qué te parece Alba? Vas a ser abuela.

Mi madre sólo pudo contestar con tos, nos miró llorando y sonriendo a la vez y nos abrazó. Su alegría por nosotros era mucho mayor que la que pudiera tener por cualquier otro motivo y se le notaba. Siempre me pareció muy meritorio el como mi madre, pasara lo que pasara, siempre se preocupaba más de mí o incluso de María, que de ella misma. Mis alegrías eran las de ella e igualmente compartía mis tristezas, aliviándolas de este modo. A partir de ese día comprendería un poco mejor la magnitud de su amor, aunque no lo supe hasta un tiempo después.

Ya en casa, mientras mi madre y María charlaban, hacían planes y curioseaban un libro de nombres para bebés, yo hablaba con mi padre.

-Bueno ¿y que os dijo el médico?

-Pues… -se calló durante demasiado tiempo, con la mirada perdida.

-No me asustes papá… -sus ojos me lo dijeron todo, pero no reaccioné hasta que no tuve su confirmación verbal.

-Tu madre se muere hijo. Cáncer de pulmón. Le han dado seis meses de vida.

Esa noche no conseguía dormir, así que después de intentarlo en balde me levanté y estuve llorando en el salón para no molestar a María. Ahora me sentía tremendamente culpable por no haber acompañado a mis padres al médico y me prometí que no me separaría de mi madre en sus últimos días de vida.

Seis meses después volvimos juntos al hospital. La tos de mi madre y sus ahogados lamentos encubrieron de una forma triste y desoladora los dolores del parto de mi esposa, que comprendiendo la situación no quiso acaparar el protagonismo que toda parturienta debería tener. Le cedió a mi madre la ambulancia que habíamos pedido para ella y para mi hijo y yo la acompañé en coche hasta el hospital.

-Lo siento María, pero creo que debo ir a despedirme de mi madre.

-Ve, yo estoy bien cuidada -me guiñó un ojo y me sonrió, ocultando los dolores que sufría en ese momento sólo para hacerme sentir un poco mejor. Entonces comprendí de nuevo y vi, que a pesar de que aun no había dado a luz a nuestro hijo, ya actuaba como una madre, como una buena madre. Preocupándose por mí igual que aquella que ahora agonizaba a tan sólo unos metros de allí.

Salí llorando de la habitación de mi mujer y antes de entrar en la de mi madre me limpié las lágrimas.

-¿Qué tal María? -me preguntó entre toses.

-Bien mamá, se ha quedado con sus padres.

-Vete con ella hijo, te necesita.

-No te preocupes, ahora me quedo contigo.

Unas horas después murió entre delirios. Elegí despedirme de mi madre antes que darle la bienvenida al mundo a mi hijo. Y no me arrepiento, tenía toda la vida por delante y jamás le faltaría su padre, aunque si su abuela y con ella una parte de mí que nunca volvería. María lo entendía y él, tomara el nombre que tomara, también lo entendería en el futuro.

No quería separarme del cadáver de mi madre, no volvería a verla.

-Vete a ver a tu hijo, por favor.

-No quiero papá. No puedo.

-Tú hazme caso, vete a verlo.

Nos miramos a los ojos y sin comprender muy bien todo aquello, obedecí a mi padre. Salí de la habitación llorando y me volví a limpiar antes de entrar en la de mi hijo y su madre.

Cuando entré ella estaba más guapa que nunca, con nuestro pequeño en brazos.

-Me hubiera gustado que mi madre lo hubiera conocido.

-A mi también.

Le di un beso a María y de nuevo comprendí. Comprendí a mi madre y a mi padre. Los comprendí en el mismo momento en que miré los ojos aun cerrados de mi hijo.

-¿Cómo lo vamos a llamar al final? -pregunté.

-Podemos llamarlo Álvaro, es lo más parecido a Alba que se me ocurre.

-Me gusta mucho la idea. Gracias.

Sonreí y seguí comprendiendo.

Podría volver a ser feliz.

Todo lo que acababa de perder ese día había vuelto a mí por otra vía y transformado en lo opuesto. Ahora yo era el que tenía la oportunidad de amar a alguien incondicionalmente. De quererlo y preocuparme por él hasta la muerte.

Nunca olvidaré esos meses y tampoco aquel día. Un diecinueve de febrero de hace ya muchos años. Posiblemente muchos se han dado cuenta de lo mismo antes que yo. Seguramente comprendí todas esas cosas gracias a un par de coincidencias temporales. Quizá no sea una historia original y genuina. Pero es mi historia.

Y la de mi hijo.

Permalink 5 comentarios

El último eslabón de la cadena

25 enero 2008 at 1:59 pm (Cuentos, Relatos)

Me llamo Sandra y nací hace casi veinticinco años aquí, en España. Sin embargo, mis extraños rasgos han conseguido confundir siempre a todo el mundo. Soy morena y con los ojos verdes, hasta ahí todo es bastante normal. Pero tengo una belleza mestiza que mezcla rasgos asiáticos, americanos y españoles.

Mi madre siempre me contaba la historia de como hace muchos siglos, una joven doncella iba a ser sacrificada como ofrenda a los dioses en un país de Centro América. La chica era una cría inocente y bellísima, motivo por el que había sido elegida para honrar a los seres superiores, con el objetivo de apaciguar sus iras tras una mala racha de hambrunas que ya duraba unos cuantos años. Llegó el día del sacrificio ritual y estando ya la chica en la pira y mientras las primeras llamas quemaban su cuerpo, un apuesto conquistador español llegó en su caballo para rescatarla de una muerte segura. Después de esto todo el poblado tomó a los conquistadores españoles por dioses, los habitantes del lugar se convirtieron al cristianismo y la joven doncella contrajo matrimonio con su salvador. Ambos viajaron de vuelta a España y desde entonces vivieron por varias ciudades de Europa de manera acomodada, gracias al prestigio y los tesoros que el conquistador había conseguido en las Américas. La doncella, que ya no lo era tanto, se convirtió según los comentarios del lugar en la esposa y amante más apasionada y sensual que nadie recordara y le dio al caballero una hija tan bella como podía serlo la mezcla de sus padres, con el cuerpo dorado y el pelo enredado. Un día la pequeña dejó también de ser niña y debido a su afán por conocer la tierra en la que había sido engendrada viajó sola a España pasando posteriormente a África, donde se le perdió la pista por un tiempo. Cuando volvió a aparecer era ya madre de una pequeña y preciosa mulata, hija de un importante jefe negro. Además había continuado con la fama de mujer candente que había comenzado y vinculado su madre a la familia.

Parece ser que yo soy el último eslabón de esa cadena familiar que me encantaría continuar engarzando, pero al contrario que mis antepasadas yo no soy capaz de encontrar un apuesto caballero o un importante rey que satisfaga mis necesidades.

Todos los varones que han pasado por mi vida me han dejado posos de desesperanza, desazón e insatisfacción en la mayoría de los aspectos. Sin embargo hubo algo que les atraía como un imán. Algo que heredé de mi madre y que por lo visto ella había adquirido de mi abuela, esta de mi bisabuela y aquella de mi tatarabuela. Algo con lo que contábamos todas las mujeres que habíamos conformado mi familia hasta ese momento. Poco a poco fui adquiriendo fama de mujer ardiente y pasional así como de buena amante. Era la mejor.

Tras mis primeras relaciones sexuales me enteré de que entre los hombres del lugar corría el rumor de que aquel que consiguiera satisfacerme en la cama podría contar con mis servicios maritales durante el resto de su vida, algo que a ninguno de ellos se le habría ocurrido rechazar. Quizá ese rumor tuviera más de verdad de lo que la gente podía imaginar, pero por su culpa o gracias a él, empecé a recibir en mi casa un montón de visitas de una gran cantidad de señores, jóvenes e incluso críos, que querían probar los placeres de mi alcoba. Ellos no entendían que la satisfacción sexual no era más que una casilla a cumplimentar en mi formulario, quizá la más importante si, pero inútil sin las demás también rellenas.

Mis ganas por encontrar a mi alma gemela, como habían conseguido hacerlo todas las mujeres de mi familia antes que yo y mi ansiedad por no haberlo conseguido aun, me obligaban a recibirlos a todos con una sonrisa de esperanza. Pero a casi ninguno lo despedía de la misma manera. La mayoría de ellos no podían resistir siquiera mi habilidad en el sutil arte de la felación, habilidad que no había adquirido, sino que había estado explícita desde la primera polla que chupé, como así me lo hizo saber el dueño de dicho atributo sexual, corriéndose en mis labios cuando yo le repasaba suavemente con la lengua mientras trataba de acabar el trabajo con la mano. Es así de simple, no se cómo lo hago. Es parecido al artista que esculpe un trozo de mármol sin saber muy bien cómo. Pero siempre consigo que se sientan como el paraíso incluso antes de comenzar yo a disfrutar y eso me encanta. O mejor dicho me encantaba, porque notar el caliente y viscoso líquido blanco recorrer mi cara ya no me satisface como antes, ahora necesito también que mi pareja se involucre, que se convierta en un compañero y deje de ser un cliente. Estoy un poco cansada de que pase siempre lo mismo.

-Hola, me han dicho que tú…

-Si pasa, pasa…

O incluso.

-¿Follas?

-Si guapo, cómo no -y luego no aguanta casi ni que le baje la bragueta.

Pero hace unos días un rayo de esperanza volvió a iluminar mi vida. Como casi siempre estaba chupándosela a un señor ya maduro en mi dormitorio, cuando llamaron a la puerta. La abrí un tanto sorprendida, un chico atractivo aunque no demasiado guapo esperaba al otro lado.

-¿Y tú quién eres?

-Me llamo Álvaro. Me han dado tu dirección y me preguntaba si estabas disponible.

Vi como mientras hablaba dudaba en echar un vistazo entre mi generoso escote. Al final se decidió y cuando vi comenzar a dibujarse una sonrisa entre sus labios decidí cortar sus pensamientos, no quería que este también acabara antes de empezar.

-De acuerdo, pasa y siéntate monada, ahora mismo vuelvo.

Lo dejé allí sentado, en el pequeño sofá del recibidor. Volví corriendo al cuarto y acabé rápidamente con aquel tipo gordo, calvo y con bigote que había llegado unos minutos antes. Me esmeré como nunca, por lo que el pobre hombre se corrió por litros en mi lengua, que rebosó enseguida haciendo así que manchara el resto de mi cara. Casi me ahogo, pero me gustó volver a sentirme buena. La mejor. Escupí en el lavabo, me enjuague y me lavé la cara mientras él se vestía y lo eché de mi casa para ir a buscar a Álvaro. Bonito nombre.

Pero cuando llegué a la puerta y conseguí deshacerme del calvo extasiado, tuve que buscarlo por el recibidor. Se había escondido detrás del sofá sin motivo aparente.

-¿Pero qué haces ahí hombre?

-¿Cómo se llamaba ese señor?

-No lo sé, ¿qué más da?

-Creo que era el padre de mi prometida.

¡Jajaja! -no pude contener la risa- Es muy posible. Pero mira, lo he largado antes de empezar porque creo que no puede satisfacerme como puedes hacerlo tú, me pareces mucho más atractivo, aunque físicamente no eres gran cosa. Tienes algo especial. Sólo hay una norma, tienes que intentar esforzarte al máximo en aquel dormitorio -señalé el dormitorio-. Si lo consigues, seré tuya para siempre y créeme, tu también querrás ser mío. Si no lo consigues, serán doscientos cincuenta euros. Aunque todos suelen pagar más. ¿Lo has entendido? -Y es cierto, el que acababa de salir me había dado cuatro mil euros, dijo que fue la mejor experiencia sexual de su vida y que además había conseguido casar recientemente a su hija con un chico, aunque por la forma de decirlo no pareció que su futuro yerno le gustara demasiado y quería celebrarlo. En ese momento lo entendí todo, aunque no le di demasiada importancia.

-Perfectamente. No hay problema.

-De acuerdo, entonces todo claro.

Una vez en mi dormitorio comencé con mi habitual ritual. Era más bien una criba en la que descartaba a los machos poco eficaces en la cama. Comencé a juguetear con la lengua y como vi que el chico disfrutaba como no había visto hacerlo antes a nadie, seguí un poco más aun con el riesgo que corría de acabar la función antes de lo debido. Sin embargo eso no ocurrió y tras un buen rato de cabalgada me corrí como no lo había hecho desde hacía años. Justo cuando acabé, Álvaro -ya pensaba hasta en su nombre- me giró poniéndome de espaldas en la cama y comenzó a darme unas suaves sacudidas que ganaron en ímpetu poco a poco, volviendo a disminuir su fuerza un tiempo después. En ese momento hice algo que también era extraño en mí. Abrí los ojos y le miré directamente a los suyos. Eran verdes como los míos y muy profundos. Ahí comenzó todo. Seguí mirando su cara y su gesto de concentración me excitó sobremanera, tanto que no pude evitar volver a correrme. Noté que él también había terminado y jadeaba exhausto. Nos tumbamos en la cama y le rocé la mano. Se me pusieron los pelos de punta, esa si que fue una nueva sensación. Sin embargo le noté nervioso y su respiración denotaba rasgos de culpabilidad. En ese momento no me importó, estaba demasiado pendiente de todas esas sensaciones nuevas, disfrutándolas y tratando de recordarlas para siempre, que no reparé en otra cosa. Estaba segura de que era él, aunque objetivamente no había sido el mejor, ni el más guapo, ni el más completo. Era él y ese sentimiento era irrefutable, no me confundía. Supongo que fue lo mismo que sintió mi madre con mi padre o mi abuela con mi abuelo. Estaba orgullosa.

Cuando conseguí salir de esta maraña de pensamientos y sensaciones volví a mirarlo a los ojos pero esta vez no me gustó lo que vi. Culpabilidad. Sin duda no estaba sólo. Tenía prometida como me había dicho. No había mentido. No podía ser todo tan perfecto. Decidí mentir.

-Lo siento, creo que estabas un poco nervioso. Tienes que dejarte llevar más.

-Pero…

-Si, me has hecho disfrutar. Mucho. Por eso aunque no voy a quedarme contigo, quizá te dé otra oportunidad en el futuro. Eso sólo lo hago en ocasiones especiales y espero que me guardes el secreto, porque sino vete olvidándote. Y compréndelo, es por mi propia seguridad. Sino tendría permanentemente pegados a mi puerta a todos esos pésimos folladores.

-¿Me estás diciendo la verdad?

-Confía en mí. Has sido especial. Y para demostrártelo no voy a cobrarte nada. Lo hago por gusto. Y muchas gracias, hacía mucho tiempo que no me corría así. Procura practicar, quizá la próxima vez lo consigas.

Y era completamente cierto, esperaba que lo consiguiera.

Se fue de mi piso y corrí a la ventana para verlo abandonar el edificio. Sentí una punzada en el estómago, si hubiera sido otro día estaría segura de que eran agujetas. Pero esta vez no. Además sentí otra más dolorosa aun cuando lo vi entrar en una lujosa joyería. Lo que imaginaba, se sentía culpable. Tendría que dejarlo escapar.

¿O quizá era el momento para dejar de esperar a señores en mi piso y salir directamente en su busca?

Permalink 7 comentarios

Toma anda, límpiate

22 enero 2008 at 12:35 pm (Cuentos, Relatos)

-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.

-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.

Todo se torció definitivamente hace unas cuantas horas, cuando me vi obligado a ir a la iglesia a confesarme con el padre Miguel.

La familia de Ana es cristiana, católica, apostólica, romana, practicante, beata y no se cuántas cosas más, por lo que sus padres querían que nos casáramos en su parroquia de toda la vida, como debía ser.

No me importaba hacer todo eso. Siempre había sido bastante calzonazos y un poco feo por lo que Ana, que era una auténtica monada con su belleza virginal -auténtica- su carita de porcelana y su toque morboso, era más de lo que yo podía esperar conseguir. Ni siquiera me interesaba el dinero de su acomodada familia. Me gustaba Ana, la quería y eso era suficiente. No había más que hablar.

Yo ni siquiera había tomado la primera comunión, por lo que accedí -no sin reparos- a llevar a cabo todo el procedimiento canónico estipulado para poder contraer matrimonio, todo eso en poco más de un mes. Y en poco más de un mes tuve que ir a catequesis, a un retiro espiritual con mi futura mujer -durmiendo en habitaciones separadas- y confesarme con el padre Miguel, antes de recibir el Cuerpo de Cristo. Aunque esto último no pude hacerlo.

-Hijo ¿te masturbas? -me preguntó en el mismo confesionario.

-Padre, no creo que eso sea de su incumbencia.

-No de la mía hijo, pero si de la de Dios -esa afirmación me asustó bastante y contesté titubeando.

-Si padre, me masturbo.

-¿Y como lo haces?

-¿Eso también le interesa a Dios, Padre Miguel? -más bien creo que le interesaba a él. Podía decírmelo, sin reparos. Incluso si nos hiciera un pequeño descuento en la factura de la boda podría hacerme unas fotos durante el proceso que tanto le interesaba y dárselas, no me importaba.

-Jovencito, es usted un descarado y un maleducado. No sólo comete actos impuros con su propio cuerpo, sino que también peca de vanidad y lujuria. Es usted un depravado y carne de infierno.

Yo no entendía nada ¿Tan malo es hacerse una paja de vez en cuando? Y más cuando tu novia desde hace cinco años y futura mujer, no accede a tener ningún tipo de relación carnal contigo. Por supuesto yo estaba más salido que el balcón de mi casa y esa era una realidad que trataba de ocultar tras un onanismo exagerado. ¿Qué problema había por desahogarse de vez en cuando? Sigo sin darle una explicación. Si alguna vez fundo una religión, dar y recibir placer sexual será uno de sus más importantes preceptos. Creo que si no me tocara tan habitualmente no podría resistir la presión a la que la familia de Ana y ella misma me someten. No podría resistir estar con ella sin violarla o a matarla de pura rabia. De hecho, creo que la masturbación me convierte en una buena persona, o al menos en una persona normal. Lo que no puede pretender el Padre Miguel, es que encima de no follar y no poder masturbarme, sea una buena persona. Creo que es mejor hacerse una paja que matar a alguien, así que no le hice mucho caso al cura y entre estos pensamientos me descubrí tomando la primera de esa noche de viernes, en un bar bastante lúgubre, pero en el que me sentía cómodo no obstante.

Seguía dándole vueltas a la cuestión, por lo visto de una forma tan vehemente en mi debate interior que hasta el camarero se percató de mis tribulaciones.

-¿Qué te pasa amigo? Te veo nervioso -no me conocía de nada y creo que comenzó la conversación para sondearme un poco y comprobar si como él pensaba, estaba completamente chalado.

Yo por el contrario no corroboré sus cavilaciones y le espeté un argumentado discurso, contándole lo que aquella tarde me había pasado en la parroquia.

-Te entiendo amigo. Mucha mojigatería y poco sexo. Eso es lo que les pasa a los católicos. Sin embargo… -y se acercó bastante a mí para acabar la frase- Si quieres tener una experiencia como nunca en tu vida, puedo recomendarte a una diosa del sexo. Una profesional.

-¿Una puta? -pregunté escandalizado, mientras retiraba el taburete de la barra, con los ojos como platos.

-Esa es una descripción muy burda amigo. Es una diosa. Lo que hace es indescriptible, al menos con palabras. Sólo el que la prueba puede saber de lo que hablo. Aunque por supuesto, te cobra. De algo tiene que vivir.

Nunca me lo había planteado, aunque Ana fuera una estrecha y yo viera como cada día estaba más cerca de explotar. Sin embargo era muy tentador lo que aquel desconocido me proponía. Y cuanto más hablaba más me animaba a probarlo. Hacía más de cinco años que no tenía relaciones sexuales con otra persona y me daba igual las capacidades que tuviera mi pareja en esa tarea. Cualquier cosa me serviría. Pero según aquel camarero, que llevaba diez minutos salivando mientras trataba de convencerme de que lo probara, Sandra me llevaría al paraíso de los orgasmos.

-¿Y por qué quieres convencerme a mí? Tíratela tú si tan buena es.

-Lo haría. Pero Sandra no lo hace dos veces con el mismo hombre. Como te he dicho es una diosa y como tal nos utiliza. Ningún hombre la satisface y por lo tanto nunca repite y se dedica a buscar nuevos candidatos. Si tu consigues satisfacerla, podrías llegar a ser el hombre más envidiado del mundo.

Entre lo que a mi me parecieron desvaríos, fui capaz de entresacarle una dirección a aquel camarero grasiento. Desde luego Sandra no debía ser mala en su trabajo, ya que su piso se encontraba en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Vivía rodeada de políticos y famosetes, por lo que no debía faltarle trabajo cerca de casa.

Me daba un poco de miedo picar en su portal. Yo nunca había sido demasiado bueno en el sexo, más bien normalito. Y sin haber practicado durante tanto tiempo seguido, debía haber perdido mis pocas dotes como amante. Además no creo que pudiera satisfacer a una hembra tan hambrienta en tan sólo veinte o treinta segundos, que es más o menos lo que duraría. Así que antes de decidirme a seguir adelante, fui al baño de un bar cercano y me masturbé pensando en Ana.

Acto seguido subí hasta la puerta de la casa sin avisar antes por el telefonillo, ya que un vecino salía justo cuando yo entraba. Me abrió una morena increíble, con unos ojos verdes gigantes, alta y muy bien proporcionada. Pude observar, mirando de soslayo un amplio escote, que era el portal a un torso estilizado, encumbrado por dos preciosos pechos esféricos enfundados en una piel tersa y perfectamente bronceada. Me pareció que habían pasado siglos, sin embargo no debieron pasar más de unos segundos.

-¿Y tú quién eres?

-Me llamo Álvaro. Me han dado tu dirección y me preguntaba si estabas disponible -me sorprendí contestando con soltura y educación al mismo tiempo, quizá en esto del puterío si que fuera un alumno de sobresaliente.

-De acuerdo, pasa y siéntate monada, ahora mismo vuelvo.

Y efectivamente, volvió enseguida. Empujaba a un gordo alto, calvo y con bigote, intentando echarlo de su casa mediante violentos empellones. Él no hacía más que mirarla arriba y abajo, pero no dijo ni palabra. Cuando estuvo fuera, Sandra tuvo que buscarme un rato por el gigantesco recibidor donde se suponía que debía esperarla. Me encontró escondido tras un sofá.

-¿Pero qué haces ahí hombre?

-¿Cómo se llamaba ese señor?

-No lo sé, ¿qué más da?

-Creo que era el padre de mi prometida.

-¡Jajaja! -rió con estruendo- Es muy posible. Pero mira, lo he largado antes de empezar porque creo que no puede satisfacerme como puedes hacerlo tú, me pareces mucho más atractivo, aunque físicamente no eres gran cosa. Tienes algo especial. Sólo hay una norma, tienes que intentar esforzarte al máximo en aquel dormitorio -señaló el dormitorio-. Si lo consigues, seré tuya para siempre y créeme, tu también querrás ser mío. Si no lo consigues, serán doscientos cincuenta euros. Aunque todos suelen pagar más. ¿Lo has entendido?

-Perfectamente. No hay problema.

Tenía ese dinero y más, ya que suponiendo que mi aventura saldría mucho más cara, había visitado varios cajeros automáticos antes de subir.

-De acuerdo, entonces todo claro.

Me besó y en ese instante comprendí que lo que aquel camarero me había dicho se quedaría corto. Fue un beso increíble, llevado a cabo con mucha técnica y una materia prima envidiable. Los labios eran carnosos y suaves e incluso mientras besaban dejaban al descubierto un color bermellón de lo más sensual. La ejecución fue perfecta, con el grado justo de movimiento y humedad. Algo maravilloso, pero no era suficiente.

Pasamos al dormitorio y me tendí sobre la cama. Como en un chasquido, me desnudó y yo la desnudé a ella. La cosa no iba nada mal y ni siquiera recuerdo el momento en el que mi pene entró en erección. Sin pensar en otra cosa empezamos. Comenzó haciéndome cosquillas con la lengua por todo el cuerpo y más tarde se centró en una sola parte de este. Los niveles de excitación que llegué a alcanzar son indescriptibles, como dijo aquel gordo grasiento en el bar.

Aquella sensación de estar a punto de entrar a examinarme cuando Sandra me explicaba las reglas del juego, había desaparecido. Desde luego aquello no era una prueba, y si lo era, no tenía nada que ver con examen alguno de los que había hecho en mi vida. Y eso que un licenciado como yo había hecho muchos exámenes.

Dejó la boca unos instantes más sobre mi polla y luego volvió a besarme. No me importó. Después comenzó a cabalgarme. Lo hacía con tanta gracilidad que más bien parecía estar dándome un masaje. Sin embargo yo quería mostrarme más activo y habiendo recuperado la fe en mis dotes amatorias, gracias en parte a que ella misma me hacía mejor amante, decidí cambiar de posición en el aire. Con un movimiento certero, rápido y vigoroso le di la vuelta a la tortilla y ahora era yo el que cabalgaba. Marcando los tiempos, alternando suavidad con fuerza y lentitud con rapidez. Seguí penetrándola un rato hasta que no pude más y terminé. Sin embargo noté que mientras yo acababa ella también se corría con cierta intensidad.

Se dio la vuelta y me besó. Un beso que supo salado. Había lágrimas pero no supe de quien eran hasta que me acercó un pañuelo de seda.

-Toma límpiate -le hice caso mientras la miraba, tenía una espléndida cara de satisfacción. Creo que cumplí bastante bien.

-Me parece que deberías limpiarte tú también -le dije apuntando a sus piernas, mientras las miraba por última vez.

Me siguió sonriendo con cara de felicidad, algo que me llenó de orgullo. Pero aun así no me atreví a hacer la pregunta que me daría aquella respuesta que tanto me impacientaba. Siguió hablando.

-Ahora iré a ducharme, no te preocupes. Supongo que estarás esperando un veredicto.

-Si -asentí mirando ansioso.

-Lo siento, creo que estabas un poco nervioso. Tienes que dejarte llevar más.

-Pero…

-Si, me has hecho disfrutar. Mucho. Por eso aunque no voy a quedarme contigo, quizá te dé otra oportunidad en el futuro. Eso sólo lo hago en ocasiones especiales y espero que me guardes el secreto, porque sino vete olvidándote. Y compréndelo, es por mi propia seguridad. Sino tendría permanentemente pegados a mi puerta a todos esos pésimos folladores.

-¿Me estás diciendo la verdad?

-Confía en mí. Has sido especial. Y para demostrártelo no voy a cobrarte nada. Lo hago por gusto. Y muchas gracias, hacía mucho tiempo que no me corría así. Procura practicar, quizá la próxima vez lo consigas.

Me fui de allí con una sonrisa de oreja a oreja. Creí que se me iban a rasgar los labios por las comisuras. Tenía unas ganas tremendas de ir a aquel bar y darle un beso de tornillo al camarero que cambió mi vida. Sin embargo, con el dinero que me había ahorrado con Sandra, fui a una joyería y le compré una gargantilla a Ana.

Cuando llegué a casa se la di. Me dio las gracias y apartó el regalo.

-Me ha llamado el padre Miguel. Te has portado mal con él.

-Mira cariño, lo siento. Pero no sé si deberíamos seguir con esto.

-¿Pero por qué? -Se le notaba contrariada.

-Lo siento, pero creo que no llegaría a funcionar del todo.

Rompió a llorar.

-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.

-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.

-Lo siento Ana, pero me he dado cuenta de que no puedo comulgar con tanta mojigatería. Lo siento mucho, pero soy un hombre y tengo necesidades.

Un rayo de luz pareció iluminar su cara. Parece que la esperanza volvió a invadirla y yo sólo podía pensar en aquella tarde con Sandra. Sin embargo la situación dio un giro inesperado. Ana me dio el segundo beso salado de la tarde y húmedo, muy húmedo. Más que nunca. Al instante se agacho mientras desabrochaba los botones de mi pantalón y comenzó a chupármela. Extasiado de placer no supe como reaccionar y me corrí en su cara a los pocos segundos, manchando su rostro de porcelana.

Cogí otro pañuelo y se lo ofrecí.

-Toma anda, límpiate -le dije aun jadeando.

Permalink 5 comentarios

La importancia del sueño

8 septiembre 2007 at 11:48 am (Cuentos, Relatos)

Quiero declarar desde aquí que para mí, dormir es importantísimo. Además es un placer y como tal trato de disfrutarlo. Duermo, como mínimo, diez horas al día y la siesta es imprescindible.

Por este motivo he tenido más de un encontronazo con algún insomne tocapelotas, que ha querido presumir ante mí de su dudosa capacidad para mantenerse vivo con tan sólo tres o cuatro horas de sueño al día. Me parece muy bien que a la gente no le guste dormir, no quiera hacerlo o simplemente prefiera malgastar su tiempo en otros menesteres. Sólo espero que entiendan que yo lo necesito y que respeten mi sueño.

Por suerte, nadie ha vuelto a molestarme con este tema desde que llegó a mis oídos una famosa frase que Unamuno le espetó al típico desvelado presuntuoso, cuando este le increpó por dormir mucho: Es cierto que duermo mucho, pero cuando estoy despierto, estoy mucho más despierto que usted. Esa frase ha zanjado muchas discusiones acerca de cual es la media de horas que necesita un hombre hecho y derecho para poder sobrevivir. Ya nadie me echa en cara mis diez horas diarias.

Normalmente se me hace necesario dormir mucho y bien. Pero un buen sueño reparador se hace imprescindible si al día siguiente tengo algún asunto importante que resolver, algo que requiera estar despierto, atento y dispuesto a responder ante cualquier situación. Pero hay veces en las que uno, por mucho que quiera, no puede conseguir el ambiente propicio para alcanzar ese descansado objetivo. Hace cuatro años aproximadamente tuve que enfrentarme a una de estas situaciones.

Una importante multinacional quería entrevistarme al día siguiente, con el fin de comprobar que yo era la persona adecuada para un puesto de gran importancia en el organigrama de su compañía. No era, ni mucho menos, mi primera entrevista de trabajo, ya que durante mis años de experimentada labor en el campo del análisis estadístico de datos comerciales y económicos, cosechaba una amplia lista de éxitos en diversas compañías. Ahora pretendía dar el salto definitivo y conseguir al fin un puesto relevante en una empresa de fama mundial.

Era consciente, por lo tanto, de la importancia que tiene un buen descanso nocturno, para poder cumplir los requisitos que todo profesional de los recursos humanos busca en un aspirante. Así que esa noche dejé todo preparado antes de acostarme, con el fin de no olvidarme de nada a la mañana siguiente. Ropa, zapatos, llaves de la casa y del coche, billetero, monedero y maletín con la documentación necesaria. Me tomé un vaso de leche caliente, le di un beso a mi mujer y me acosté en la pequeña a la par que cómoda cama del cuarto de invitados, buscando la máxima tranquilidad que únicamente la soledad podría proporcionarme, por mucho aprecio que le tenga a mi señora y a sus divinos ronquidos.

Me cubrí con las mantas hasta el cuello y mientras acariciaba desde el interior de mi cálida madriguera las finas sábanas que la vestían, me invadió un enorme sopor, ante el que sucumbí sin oponer resistencia.

Pero situado en ese momento en el que no estás despierto, pero piensas que todavía no te has dormido, un mosquito pasó en vuelo rasante al lado de mi oreja derecha, haciendo más ruido que un trasatlántico con todos sus motores en marcha.

Me desperté un tanto sobresaltado, pero estando ya adormecido y con la esperanza de que el desalmado bicho no volviera a molestarme y se dedicara, como yo esperaba hacer, a los placeres del sueño nocturno, no le di mucha importancia y me volví a quedar dormido.

Al poco rato se volvió a repetir la misma situación. Pero esta vez, ya cabreado y temiendo pasar una noche en vela encendí la luz para tratar de localizar al fastidioso insecto. Sin embargo, bastaba con activar el interruptor para que el dichoso mosquito cesara su vuelo, volviéndose así invisible ante mis ya legañosos ojos. Y así, oteando mi habitación en busca del más mínimo rastro de movimiento, me volví a quedar dormido, esta vez con las bombillas de la lámpara dirigiendo su luz directamente a mis ojos.

Comenzó en ese momento un sueño tortuoso, aderezado con las más insólitas pesadillas, protagonizadas por enormes mosquitos que esclavizaban a la humanidad y prohibían el sueño como práctica habitual. Me encontraba sufriendo en ese mundo onírico, cuando de pronto volvió a suceder. De nuevo pude oír al molesto bicho revoloteando alrededor de mi cabeza. Abrí los ojos sin mover el resto del cuerpo y cuando mi vista se adaptó un poco pude verlo ahí, ante mí, mirándome desafiante. Me incorporé con el fin de darle caza y siguiendo su vuelo con la mirada, vi como se posaba en una de las paredes del dormitorio. Sin bajar la vista cogí del suelo una de mis alpargatas, la cargué -metafóricamente- y ataqué al mosquito con la vana esperanza de manchar el gotelet con sangre de insecto. Ni que decir tiene que el maldito bicharraco se alejó volando burlón. Ni siquiera lo había rozado.

De nuevo intenté ignorarlo y otra vez me quedé dormido. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana. Debía levantarme a las siete y había dormido apenas una hora entre pesadillas. Mañana sería un día duro, pero resignado y tratando de tranquilizarme, me tapé hasta arriba con las sábanas intentando aislarme del espacio aéreo del mosquito, ahora dueño de la habitación.

Entré después en un sueño más plácido y relajado que el anterior y la pesadilla se convirtió en un alegato en contra del verano, que viene trayendo consigo miles de insectos que pueblan nuestras casas y turban nuestros sueños. Con dichas declaraciones conseguía grandes éxitos en mi sueño, hasta que llegó un momento en el que tuve que finalizar mi discurso, para ir al baño. Me desperté malhumorado, me calcé y me dirigí al aseo del pasillo con el fin de aliviarme. Con mucha astucia para esas horas intempestivas, se me ocurrió dejar una lámpara del pasillo encendida y la puerta de mi dormitorio abierta, con la esperanza de que el bicho, atraído por la luz y el calor de la bombilla, abandonara mi cuarto y me dejara descansar en paz y a gusto. Creo que era un buen trato.

Espere durante cinco minutos y no volví a oír el molesto sonido de las diminutas alas transparentes, batiendo alrededor de mi cabeza. Y volví a quedarme dormido, aun podría descansar una hora.

Pero no habían pasado ni diez minutos, cuando el dichoso ruidito volvió a despertarme. Me quedé atento y en silencio, intentando ver algo alumbrado por la tenue luz de la lámpara del pasillo. Así oí el vuelo más claro que nunca, me imaginé la trayectoria del insecto y asistí pasmado a como este aterrizaba en mi almohada, justo al lado de mi oreja derecha. Era mi oportunidad, no podía ponerme nervioso, al fin iba a ganar.

Con un movimiento rápido y certero golpeé la almohada con la mano y entre ambas, noté un bulto que intentaba escapar. Mientras apreté más fuerte para espachurrar a mi víctima, me di cuenta de que aquel bulto era de un tamaño exageradamente grande para el cuerpo de un mosquito escuchimizado, como lo era aquel que osó trastornar mi sueño. Pero me dio igual, decidí disfrutar del momento y no seguir conjeturando. Apreté un poco más fuerte y fue justo en ese momento cuando lo noté. Un pinchazo agudo, seguido de un dolor casi insoportable. Retiré la mano y anonadado comprobé como lo que yo pensé que era un mosquito, era en realidad una abeja gorda y fea.

Miré el picotazo y cuando conseguí extraer el aguijón, mi amigo el mosquito se posó en la palma de mi mano. En su vuelo y en la manera de acercarse a la herida, podía comprobarse un sentimiento de culpa casi humano. Creo que incluso me miró con compasión. El sólo quería jugar conmigo y ahora, pese a haber ganado la batalla, no se sentía satisfecho y pretendía pedirme perdón de alguna manera. He de reconocer que cuando se acercó al bulto que se estaba formando alrededor del picotazo, me sentí un poco aliviado. No obstante, también me sentí iracundo, así que giré la mano y en un movimiento rápido estampé al mosquito contra el colchón y no dejé de apretar hasta asegurarme de que estaba muerto.

En ese momento sonó el despertador. Lo apagué malhumorado y me dirigí a la cocina en busca de un desayuno más merecido que nunca. Luego una ducha y directamente al coche para la entrevista de trabajo. Tenía cita a las ocho y media, hora punta. Llegué por los pelos, pero después de desahogarme con un par de ineptos conductores en el atasco de la autopista, me encontraba mucho más relajado. Sin embargo la mano me dolía horrores y la tenía desmesuradamente inflamada. Notaba en ella y más concretamente en la zona de la picadura, como mi corazón latía a gran velocidad.

Intentando ocultar mi dolor, esperaba a la puerta del despacho del director de recursos humanos de aquella gran compañía, donde se me había tratado con gran amabilidad y respeto durante los cinco minutos que llevaba en su sede. Me encontraba a gusto allí, estaba como en mi casa. Sólo que este lugar no estaba plagado de insectos. Me relajé bastante viendo como trabajaba la gente a mi alrededor, de manera rápida y efectiva. Justamente como a mí me gusta. Se me olvidó incluso el dolor de la mano.

Cuando mejor estaba, me llamaron. Iba a empezar la entrevista.

Enseguida hice buenas migas con el director de recursos humanos. Ambos teníamos aproximadamente la misma edad y la entrevista fue sobre ruedas. Fui imaginativo, ingenioso, profesional y responsable. Eso si, traté de esconder mi mano herida durante la poco más de media hora que duró la entrevista.

Al hombre que iba a decidir mi futuro se le notaba encantado con mi candidatura, sin duda iba a elegirme y se iba a colmar de gloria al conseguir un fichaje como el mío. Soy un buen profesional y ambos lo sabíamos y no tratábamos de ocultarlo, al contrario de lo que pasaba con mi mano, que seguía escondiéndose bajo el escritorio de madera de roble de aquel directivo.

Al finalizar la entrevista ambos nos pusimos en pie para despedirnos, como es habitual. En ese momento, la confesión de mi ya nuevo compañero de trabajo, me ilusionó sobremanera. Me dijo que no me preocupara, que yo era el último candidato y con creces el mejor. El puesto era mío, pero tendría que esperar un par de días para que la noticia se hiciera oficial. Era un puesto de alto rango y mi nombramiento debía seguir los cauces establecidos. Debía ser discreto y no desvelar la noticia. Pero a ambos se nos notaba en la cara el halo de satisfacción que se genera tras el trabajo bien hecho.

Aquel hombre entusiasmado y feliz hizo en ese momento lo único que no debería haber hecho ese día. Con toda su buena intención rodeó el enorme escritorio, se acercó a mí y me agarró la mano inflamada y dolorida, apretándola enérgicamente, como muestra de su alegría. Mientras él sonreía y agitaba exageradamente mi mano derecha arriba y abajo, yo acumulé toda la rabia contenida desde esa misma noche en la izquierda y con ella le propiné un sonoro puñetazo en la cara. Cayó como un plomo y se golpeó la cabeza contra la mesa.

Las miles de disculpas verbales y escritas hacia su persona, no fueron suficientes y al final el puesto fue ofrecido a otro candidato, menos profesional y menos experto que yo, pero que posiblemente tolera mejor una noche sin dormir.

Hoy en día, me niego a concederle el último round a ese maléfico mosquito, ya que tras fracasar en la entrevista y curar mi mano de la picadura de abeja, decidí hacerme apicultor. Gracias a la observación que durante meses hice de las abejas de mis panales y gracias también a mis modestos conocimientos de ingeniería, conseguí diseñar un aparato similar a un ordeñador de vacas, pero que en este caso extrae la miel de los panales, aprovechando el producto al máximo y con el mínimo esfuerzo posible.

Ahora, cuatro años después, soy inmensamente rico y vivo feliz rodeado de insectos.

Dormir sigue siendo un placer para mí, pero ahora comprendo que la importancia de un sueño largo y reparador para que las cosas salgan bien es, como pasa con todo, muy relativa.

Permalink 5 comentarios

Un buen cambio de vida

5 septiembre 2007 at 12:51 pm (Cuentos, Relatos)

Cuando me levanté ya casi no sentía el dolor. Lo que ayer a la misma hora era sensación de ahogo, ardor en el pecho y un nudo en el estómago, hoy era tranquilidad, paz y bienestar. El mismo rayo de sol que hace menos de veinticuatro horas me molestaba, me despertaba ahora con una roce cálido y brillante. Ya no quería oscurecer el Sol, ni mandarlo a otra galaxia de una patada. Tampoco me molestaba ya el contacto con las frías baldosas al levantarme de la cama, ni tener que ir hasta la cocina para calmar una sed más seca de lo habitual, que me acuchillaba la garganta. Parece que en mi caso, la felicidad se basa únicamente en el contraste. De no haber estado ayer al límite, hoy no disfrutaría todas estas cursilerías.

Duró poco la sensación de bienestar. La alegría se esfumó con el timbre del teléfono. No esperaba llamadas, no las quería tampoco. Con mucho miedo y mano temblorosa, descolgué el auricular.

– Dígame.

– Hola buenas tardes -sonó una voz femenina- ¿necesita un seguro de vida?

– No me interesa ninguno de sus productos. Gracias. -y colgué.

Me sentí mucho mejor tras colgar. De vez en cuando cortar por iniciativa propia una conversación telefónica, puede convertirse en una catarsis muy relajante. Sin lugar a dudas es un sensación muy distinta a la que me recorre cuando soy yo el abandonado. Me giré y me alejé del aparato, pero dos segundos después volví a donde estaba instalado y lo arranqué con furia de la pared. Acto seguido lo lancé por la ventana. Me asomé para asegurarme de no haber matado a nadie con un telefonazo y después me senté en mi sillón preferido y lancé un suspiro liberador. Me sentía bien. Estaba a gusto.

Empezaba una nueva vida.

Recordé el dolor y realicé un par de gestos, forzando la musculatura del pecho, con el fin de encontrar algún resquicio de daño. No había nada. Respiré profundamente convencido de que me asaltaría la tos mañanera habitual, de mis últimos diez años de fumador eternamente estresado. Pero tampoco sucedió nada. Estaba en perfecto estado físico y mental. Tenía que aprovecharlo, pero no sabía cómo hacerlo. Por el contrario, lo que comprendía perfectamente, era el modo en que lo había conseguido.

Recuperado de mis heridas, pude recordar con detalle como me las había producido.

El de ayer fue un día duro. Enfrentarme de nuevo a un trabajo que, aunque bien remunerado, estaba matándome por dentro y no poco a poco, precisamente. Me levanté irascible, como de costumbre. Tosiendo, como era habitual. Con ganas de mandarlo todo a la mierda y volver a esconderme entre las mantas, hasta que algo me salvara de mi tormentosa vida. Encendí un cigarrillo, después de enjuagarme la boca con agua servida en un vaso de coñac. Hoy era día de trabajo, por lo que no desayuné. No podría volver a hacerlo hasta dentro de unas semanas, quizá meses. Me senté en el váter, me encendí otro cigarrillo y apreté. Después me metí en la ducha, rodeado de vapor y con un vaso de coñac en la mano, esta vez lleno de whisky, sólo y caliente. La copa de rigor antes de un trabajo. Es lo único que me da fuerzas. Me vestí y salí en busca de mi destino y del de algún otro pobre infeliz. Eran las siete de la mañana y debía estar allí antes de las ocho. La función empezaba a las nueve.

Me encendí otro pitillo mientras conducía hacia mi destino, tratando de olvidarme de todo lo que iba a pasar de ahí en adelante. Me fue imposible.

Media hora después llegué a la cárcel donde se llevaría a cabo la ejecución. Nadie me saludó, no habría contestado. Me dirigí al cuarto que tenía reservado en aquel presidio y comencé con los preparativos. Sogas, funda negra, guantes. Todo estaba listo. Me cambié. Traje negro para un alma negra. De todos modos, me encanta el negro.

A las nueve menos cinco me encontré cara a cara con el condenado. Uno más que me miró con cara de inocente, estoy seguro de que lo era. Un joven de veinticuatro años, raza negra, muy corpulento y de ojos tristes. Había pedido que no le sedaran y estaba allí, frente a mí, mirándome con sus inocentes y despiertos ojos negros. Yo debería haber sido juez, pero entonces no hubiera adquirido la fastidiosa habilidad de distinguir a los culpables del resto del mundo.

Le até las manos a la espalda con una soga áspera e inhumana. Hice lo propio con los pies. Lo situé en el centro del cadalso y me puse de nuevo, cara a cara con él. Rodeé su cuello con otra soga, esta vez más gruesa y tétrica. Apreté el nudo. Teníamos más o menos la misma estatura, por lo que nuestras caras quedaron enfrentadas. En ese momento me escupió con furia en un ojo. Me limpié y le estampé mi puño en la cara. Cuando los alguaciles lo levantaron me sonrió, le había roto un par de dientes, pero lejos de preocuparse lo vi divertido. Los dientes no eran ninguna pérdida, no los volvería a necesitar.

En ese momento oí unas voces bruscas. El padre del muchacho, un enorme gigante negro y la madre, de las mismas características, me lanzaban improperios y amenazas de muerte desde el suelo. O al menos eso fue lo que me imaginé, ya que después de tantos años de experiencias similares, siempre acudía a las ejecuciones con los oídos bien taponados, no oía nada. Ni gritos de clemencia, ni lloros lastimeros, ni rezos, ni insultos.

Los familiares, furiosos, intentaban acceder al patíbulo, pero la policía por fortuna se lo impidió. Seguí con mi trabajo, pronto acabaría todo.

Cubrí la cabeza del condenado con una bolsa de terciopelo negro. Me alejé y después de tensar la cuerda, activé la palanca. El negro cayó entre los maderos como un pelele. Fue muy rápido, ni siquiera pataleó. Un áspero nudo de soga se formó ahora en mi estómago, como ya era costumbre tras una ejecución. Los alguaciles recogieron el cadáver y el médico certificó la defunción allí mismo. Bajé del tablado y todo pasó muy rápido.

El gigante progenitor se acercó a mí con la intención de mostrarme la ira desatada de sus puños. No me defendí. Me tiró al suelo y me propinó un doloroso puntapié en el pecho, antes de que los policías lo redujeran a porrazos. Quedé inconsciente sin saber muy bien por qué y cuando me desperté fui directo a presentar mi dimisión.

Hoy es el primer día de mi nueva vida y me siento perfecto. He dormido estupendamente y he podido desayunar. Respiro bien y no estoy nervioso. Incluso han desaparecido milagrosamente las secuelas de la paliza que recibí ayer por parte de aquel airado mastodonte, ni rastro de las heridas y el dolor en el pecho.

Estoy feliz. No he necesitado el whisky. No tengo ganas de fumar.

Mañana, Dios dirá.

Permalink 6 comentarios

De vidas y muertes

27 agosto 2007 at 9:29 pm (Cuentos, Relatos)

– Veo unos ojos negros. De mujer.

– Ajá -asentí. Meneé la cabeza arriba y abajo invitando a la bruja a continuar.

– También veo… -se detuvo súbitamente y me miró frunciendo ligeramente el ceño.

– ¿Qué más ve?

– Creo que no puedo decírtelo -volvió a bajar la vista hacia las cartas del Tarot.

– ¿Qué más ve? -repetí ahora con un alarido brusco y un poco nervioso. No estaba pagando a precio de puta para que esa gitana viera mi futuro y no me lo contara.

– Déjame tu mano -pidió con ansiedad. Le tendí la izquierda y me pidió la derecha, evidenciando mi poca experiencia en el sector de la futurología y las ciencias esotéricas. Una vez tuvo cerca de sí mi mano derecha, la giró violentamente para verme la palma.

– Lo que imaginaba -dijo con voz temblorosa.

– ¿Qué hostias pasa? ¡Conteste! -empezaba a estar realmente nervioso y la cara de preocupación de la vidente me informaba de un vaticinio poco esperanzador.

– No puedo decírtelo.

– Más vale que lo haga.

– No.

– Pero, dígame al menos ¿por dónde van los tiros? -me miró, tragó saliva, pestañeó tres veces y me contestó.

– Directamente a tu cabeza.

Salí espantado de aquel tugurio. Ni siquiera pagué y ella no me reclamó nada. Eso fue lo que más me asustó.

Entré en el primer bar que vi. Estaba lleno de rumanos borrachos. Pedí un whisky solo. Me lo bebí de un trago y pedí otro. Este lo saboreé mientras me daba cuenta de que todos los rumanos se habían alejado de mí y me observaban desde un rincón oscuro en el punto más alejado del taburete donde me sentaba. Me dio un poco de miedo, pero a partir de la sexta copa, me olvidé de ellos, de la gitana y de sus augurios.

Al día siguiente tuve una resaca extraordinaria y no me acordé de lo que había pasado hasta muy entrada la noche. Volví a salir en busca de un bar, con el fin de desatar el nudo que se había formado en mi estómago. Seguí así durante un tiempo hasta que conseguí calmarme un poco.

Semanas después ya no le daba importancia a la profecía. Y fue entonces cuando la conocí. Unos ojos negros, hipnóticos, profundos y mágicos. Al principio me asusté y me alejé de ella. Pero después decidí confiar en mi mala suerte y lo que tuviera que pasar, pasaría.

Fue muy interesante conocerla y lo mejor de todo fue hacer planes con ella, convencidos ambos de que nuestras vidas no iban a tardar mucho en acabarse.

Con ella lo gasté todo. Mis bienes, mis ahorros y mi salud, se fueron consumiendo como un cigarro expuesto a un viento huracanado o más bien, a una lluvia torrencial.

Me contó sus miedos y uno a uno fui consiguiendo que se deshiciese de ellos. Fue muy fácil, pero muy caro.

Tenía miedo a las arañas y la llevé a orillas del Amazonas. Allí acampamos dos semanas. Volvió presumiendo, con una tarántula en el hombro.

Los tiburones la aterraban y acabamos nadando con ellos en una playa del Caribe, durante nuestro viaje a Cuba.

Le daban miedo las agujas, hasta que conseguí que un faquir indio la hiciera tumbarse en una cama de pinchos. Además desapareció también su miedo a las serpientes, porque el mismo indio nos enseñó muy amablemente a hipnotizarlas con sonidos de flauta, en Nueva Deli.

Su claustrofobia desapareció durmiendo una noche en un “hotel cápsula” de Tokio.

Lo único que no conseguí borrar de su lista de miedos, fue el reparo al compromiso que desde el primer momento me había dejado claro.

Un día desapareció con un noruego, que siguió alejándola de todos sus males y de todos sus miedos. Hasta que ayer, el avión en el que ambos viajaban en dirección a Nueva York, se estrelló en mitad del Océano. No hubo supervivientes. La línea de su mano derecha llegó al fin de su camino.

A mí, por otro lado, no me ha costado mucho encontrar una pistola que funcione. Con dinero todo se consigue hoy en día y muy rápido si en vez de dinero, es MUCHO dinero. La línea de mi mano también se ha acabado.

Apunto a mi cabeza.

¡PAM!

Permalink 8 comentarios

CURRICULUM VITAE

22 agosto 2007 at 1:02 pm (Cuentos, Relatos)

Desde muy pequeño supe que quería ser escritor. Era la mejor vida que podía imaginar, sin madrugar, sin jefes, haciendo el vago todo el día y de vez en cuando escribiendo, algo que no me desagradó nunca. Pero por aquellos entonces el sino del perdedor ya había arraigado en mí e incluso mostraba ya sus primeras flores. Me quedaba una vida por delante y seguí escribiendo.

Cuando quise darme cuenta tenía que decidir el camino profesional que seguiría a partir de ese momento. Con dieciocho años seguía envidiando la vida relajada, casi contemplativa, del escritor. Pero convencido por mis padres, me decidí a estudiar una carrera. Algunos años después era un nuevo licenciado en Psicología, un nuevo parado. Y como tenía bastante tiempo libre, empecé a pasarlo bebiendo.

Poco a poco fueron surgiendo algunos trabajillos: repartidor, camarero, fotógrafo, mozo de almacén, cartero, oficinista. Me acababan despidiendo de todos, algo que nunca me importó -y sigue sin importarme-. Mientras tanto seguía bebiendo, escribiendo y mandado relatos y poesías a diferentes revistas. Sólo me publicaron gratis. El fracaso me seguía sonriendo y el tiempo seguía pasando.
Cuando cumplí veintinueve años, llevaba dos viviendo de alquiler y casi uno sin pagarle a mi casero, por lo que una noche decidió dejar de patrocinar mi vida pendenciera proporcionándome alojamiento gratis y me puso las maletas -poca cosa- en la puerta. Me refugié en un bar y allí mismo conocí a una chica de dieciocho. Se había escapado de casa y no tenía ningún sitio donde vivir. Ahora era la casualidad la que me sonreía.

– Mañana me voy a Extremadura -me dijo esto después de contarme que viajaba por todo el país, de comuna en comuna. La miré interesado.

– ¿A una de esas casas okupas?

– Si. Vente conmigo, podemos ser felices -y me besó.

Al día siguiente salimos para un pueblo perdido del sur. Ahora mismo no sabría llegar hasta allí, ni tan siquiera me acuerdo de su nombre.

El lugar estaba lleno de hippies y punkys. Yo no tenía pendientes, ni rastas, ni perro, ni flauta. Pero me llevaba bien con todo el mundo y me convertí, en poco tiempo, en un respetado hortelano. Cuidaba de mi huerto y proporcionaba a la comunidad un montón de tomates muy gordos al año.

Allí pasé momentos realmente buenos y no dejé de escribir. Tomé nuevas costumbres y dejé algunas otras. Por ejemplo, los hippies no usaban papel higiénico por lo que yo, en mi afán por integrarme, también lo abandoné. Allí tras ir al baño, se limpiaban el ojete con agua, así que empecé a probar. Fue una nueva y refrescante sensación, de modo que acabé adoptando tan sana costumbre, que además de respetar el medio ambiente, acabó radicalmente con mis problemas de hemorroides. No he vuelto a comprar un rollo de papel del culo.

La gente de aquel lugar consumía drogas a diario. A mi nunca me gustaron los estupefacientes, siempre fui más de alcohol y por eso allí cuando me bebía algo más fuerte que una cerveza, los hippies me miraban un poco mal. Nunca llegué a comprenderlo del todo, pero creo que para ellos el alcohol era algo impuro y poco natural. Sin embargo a los derivados anfetamínicos no les hacían ascos.

Mi chica, que se llamaba Clara, era la encargada de un par de vacas que abastecían a todo el pueblo con su leche y yo a veces la ayudaba. Me encantaba aquella leche recién extraída y como normalmente ordeñábamos las vacas entre los dos, éramos siempre los primeros en probarla, antes de repartirla por el resto del poblado. Un día una de esas vacas murió y tras una semana de luto, nos fuimos a la ciudad a intentar conseguir algo de dinero para comprar otra. Cada uno hacía un malabar distinto. Diábolos volando, naranjas dando vueltas, palos prendidos de fuego. Yo quería seguir bebiendo leche recién ordeñada cada mañana, así que me dediqué a escribir poesías y venderlas. Vendí dos, a un euro cada una. Fue mi primer escrito remunerado y me pareció un buen salario, aunque también hay que tener en cuenta que hacía meses que no veía una moneda, ni un billete.

Un día, Clara y yo cambiamos de poblado y nos fuimos a vivir a Asturias. Nada más llegar, las cosas comenzaron a ir un poco mal con ella. Allí se llevaba eso del amor libre, que a mí nunca me hizo mucha gracia, sin llegar tampoco a enfadarme. Después de un mes Clara se cambió el nombre, ahora era Lluvia Clara Mañanera y se tiraba a cuatro tíos de nuestra nueva comunidad. Esperaba que se le pasara pronto, pero tras dos meses sin practicar ningún tipo de sexo con ninguna otra persona que no fuera yo mismo, me cansé un poco de la situación. Rompí con ella en una bonita playa nudista asturiana, mientras ella se lo montaba con los cuatro tipos a la vez entre las rocas. A mí nunca me había mostrado así la flexibilidad de sus extremidades, así que entre jadeos se despidió, yo me di la vuelta y me marché caminando por la playa, en busca de mis pantalones. Fue entonces cuando apareció Carla. Era productora porno y se quedó asombrada con mis atributos.

– Madre mía, ¿todo eso es tuyo?

– Si, me parece bastante evidente, está unido a mi cuerpo.

– ¡Jaja! -le hice gracia- Eres justo lo que necesitamos.

Se la veía ilusionada, así que no pude resistirme cuando me ofreció un gran contrato como actor porno. La única condición que puse, fue tener tiempo para seguir escribiendo. Aceptó enseguida y comenzó a contarme como el “boom” de algo nuevo llamado Internet, iba a revolucionar el mundo del porno. Así que me fui con ella a Barcelona. Yo no sabía lo que era Internet y la verdad es que había visto muy poco porno a lo largo de mi vida. Cuando me lo explicó detenidamente, pensé que no sería mala idea publicar mis escritos en la red. La misma productora me diseñó una página web y comencé a hacerlo. Pero enseguida me di cuenta de que escribiendo en Internet, nadie se hace famoso de verdad. Sólo lo consiguen los tipos muy raros o aquellos que ya tenían cierta fama. O los actores porno.

Resulté ser un hacha follando delante de las cámaras y según decían no era sólo por el tamaño de mi miembro, al cual yo sigo viendo bastante menudo y cada vez más escuchimizado. Poco a poco me convertí en una estrella mundial y mi página web tenía cada vez más adeptos. Tantos que comencé a publicar una columna en El País. Justo el día en que mi página llegó a los diez millones de visitas, la sombra de la impotencia comenzó a planear sobre mi colleja. Como era de esperar, tras un mes sin una sola erección, recibí la carta de despido y un generoso finiquito. Otro bofetón más.

Con treinta y tres años estaba ya más seco que una naranja recién exprimida, pero era más rico que nunca -sin ser algo exagerado-. Así que pensando en aprovechar el tirón de mi fama decidí mientras iba camino a mi casa, seguir escribiendo. Cuando llegué al portal, encontré en el buzón la carta de una admiradora. Una que me admiraba por mi literatura, ni siquiera sabía que yo había trabajado en la industria del cine para adultos.

Le devolví la carta y tras dos meses de relación epistolar, vino a verme a Barcelona. A la semana y media ya estábamos viviendo juntos. Le conté mi pasado y no le importó. Se llama María, es médico y una mujer seria pero a la vez apasionada. Creo que me he enamorado y creo que ella lo había hecho desde mucho antes de acostarse conmigo, lo cual me tranquiliza bastante.

Ahora está empeñada en cambiarme. Dice que mis relatos tienen que ser más serios, menos groseros y explícitos, así vendería más. Los más calientes puedo seguir escribiéndolos, pero sólo ella puede leerlos. No me gusta la idea.

– Voy a conseguir cambiarte.

– Si tú lo dices…

– Vas a ser un escritor madurito interesante, ya lo verás.

– No me quejaré entonces -siempre comenzaba con esta conversación en la cama, en un momento de máxima excitación, así que yo me limitaba a darle la razón ¿qué quería que le contestara? En ese momento yo sólo quería lo mío.

Actualmente sigo con María y ella sigue centrada en su reto de cambiarme. No me queda más remedio que escribir un resumen de mi vida para demostrarle, que aunque a ella no se lo parezca, jamás he parado de cambiar.

Permalink 11 comentarios

La última vez que maté a un hombre

25 junio 2007 at 9:32 pm (Cuentos, Relatos)

La primera vez que maté a un hombre estaba borracho, pero en esa ocasión no era yo el que más había bebido, ni el que empezó la pelea. Me bastó con una botella rota, mucha suerte y un poco de puntería.

Después de hacerlo me sentí grande, importante. Todos me miraban asustados, se apartaban a mi paso, retiraban su mirada para no encontrarse con la mía.

El subidón me duró varios días y el mono fue insoportable, así que a la semana siguiente volví al mismo bar, otro tipo se metió de nuevo conmigo y volví a manchar el suelo de aquel garito de rojo. Fue ahí cuando me gané la fama de sanguinario y poco después era ya incapaz de recordar a todos los que me había cargado.

Pronto lo que empezó como una afición esporádica se convirtió en mi trabajo. Me encantaba matar por dinero. Lo tenía todo: el respeto que siempre me había faltado, las ganas de vivir que me habían quitado y toda la pasta que jamás habría imaginado. En ese momento ya no era grande. Era Dios.

Tampoco me faltaban chicas, era una de las mejores recompensas de ese trabajo. Siempre tenía posibilidad de dejarme tentar por un montón de chicas a las que la sangre derramada por otros les excitaba más que a mí mismo derramarla.

Ahora, veinte años después, todo ha cambiado. Matar y todo lo que ello conlleva me aburre. Viajar, recibir puñaladas e incluso algún tiro. Además ahora si tengo algo por lo que vivir y aunque a ella le gusta mi forma de vida, yo tengo miedo de no volver a verla.

Por eso y porque ahora soy millonario, este es mi último trabajo. Es algo gordo, pero no tiene pinta de llevarme más de media hora.

Es el último trabajo y ella lo sabe. También le dije que sería en Las Vegas e insistió en acompañarme. Siempre quisimos ir allí juntos y esta era la mejor oportunidad, teníamos algo que celebrar. Después nos casaríamos allí mismo.

Ahora tengo el cañón de mi Colt apuntando la cara de un tío al que no conozco de nada. Joder, si ni siquiera había estado en Las Vegas antes.

Pero algo va mal. Algo que nunca me había pasado. No tengo fuerzas ni ganas de apretar el gatillo. La mano me tiembla. Creo que tengo miedo. Veo la boca ensangrentada del mafioso rollizo, las lágrimas cayendo por su mejilla. El ojo morado y las manos atadas a la espalda. De rodillas intentando suplicar entre los dientes rotos y la mordaza.

Una gota de sudor frío resbala por mi espalda con escoliosis. Me detengo un momento para llevarme la mano a la cara y limpiarme la sangre que me había salpicado un rato antes. Sigue sabiendo igual de dulce, lo cual me da fuerzas y vuelvo a encañonar al seboso ricachón. Pero vuelvo a temblar. No voy a poder hacerlo. Quizá es porque ella está ahí, mirándome, expectante pero tranquila

Creo que llevamos así durante horas y ya no puedo mantener la pistola en alto. El gordo se ha desmayado y reanimado dos veces y mi brazo pesa cada vez más.

– Creo que no puedo hacerlo.

– Si puedes, es la última vez, recuerda.

– No hago más que pensar en eso, pero aun así me siento incapaz.

– No digas eso, eres el más grande.

– Pero ya estoy viejo, sólo quiero acabar con todo y…

No me dejó terminar la frase, cogió el arma y le disparó dos tiros en la frente al tío, que ya suplicaba para que le acortáramos la agonía. Cayó de lado y un montón de sangre viscosa y oscura empezó a extenderse por entre el polvo del suelo. Nos dimos la vuelta y nos marchamos.

Es la mujer de mi vida. Y ella dice que yo soy su hombre. Ahora está claro.

Nos casamos en la primera capilla que encontramos. Nos dieron unas fichas y estuvimos toda la noche apostando en un casino.

Al día siguiente desayunamos helado de chocolate a las nueve de la mañana.

Es una nueva vida.

Permalink 8 comentarios

« Previous page · Next page »