Todo el tiempo que nos fuera posible

11 noviembre 2008 at 2:27 am (Cuentos, Relatos)

-Sólo digo que yo nunca he visto a un niño de verdad, a un niño REAL que prefiera estar jugando en casa un sábado soleado por la mañana, que salir a la calle e intentar pasarlo bien…

-Pues ahora todos prefieren quedarse jugando con videojuegos.

-¿Todos los niños?

-Si.

-Quizá ahí esté el problema, que como nosotros fuimos niños hasta los catorce o los quince, pensamos que ellos tienen que hacerlo también. Pero ahora las cosas no son como antes. Los niños no son como antes tampoco. Y mucho menos los adolescente. A los doce ya no piensan en lo mismo que nosotros a esa edad… Nosotros fuimos unos afortunados…

-No sé que decirte…

-Gilipolleces -tuve que interrumpir- ya me hubiera a mí gustado perder la virginidad a los doce y no a los dieciséis.

-Puede ser… Pero sería lo único que cambiaría.

-Claro, sobre todo porque tú hasta los veintitrés no supiste a que sabía una jodida teta.

Nos gustaba tener estas conversaciones al aire libre, con una cerveza en la mano, o una copa, o lo que fuera. Montar nuestro Café Gijón ambulante, cada día en un sitio, huyendo de la policía que nos perseguía para quitarnos las bebidas y quién sabe si algo más. Hablando de tonterías, o de cosas serias. De lo que fuera con tal de no pensar.

Tres, cuatro, cinco, diez, doce, los que fuéramos. Dependía del día, del frío o directamente de la nieve o de la lluvia. Pero al final siempre acabábamos teniendo este tipo de conversaciones. Nos hacían sentir mejor, capaces de solucionar algo, de mirarlo todo desde fuera, a través de un telescopio, desde muy muy lejos. Desde un lugar mejor y -aunque luego supimos que ese lugar no existía realmente- eso era sin duda lo más ilusionante de toda la semana y muchas veces lo único.

Seguíamos discutiendo a voces por el camino, con un gracioso deje de ebriedad, mientras nos terminábamos las botellas y tirábamos los vasos en cualquier lugar, dirigiéndonos a los bares oscuros y llenos de ruido, a intentar ver un poco de carne entre el espeso humo y con un poco de suerte llegar a tocarla.

Y de vez en cuando alguno de nosotros lo lograba. Tocar, lamer, follar. La mayoría de las veces no importaba dónde ni con quién -aunque si el cómo-. Generalmente los bares estaban repletos de esas chicas que nos miraban por encima del hombro, creyéndose mejores. Habría que preguntarle a sus ex-maridos si ahora opinaban del mismo modo que ellas. De todas formas nos resultaban inalcanzables y no tuvimos oportunidades reales hasta que las que venían por debajo -que eran más golfas, más guapas y peores esposas- llenaron los mismos bares, en los que lo único que no cambiaba era nuestra presencia. Nos abrumaban con sus tangas y sus escotes, con su moral laxa y con su facilidad para abrir el envoltorio de un condón y ponerlo en diez segundos ayudándose tan sólo de dos dedos de una mano y una boca llena de lengua y saliva.

Así avanzaban las semanas, los meses y los años. Nosotros cambiábamos muy lentamente, pero parecía que lo hacíamos a un ritmo frenético, teniendo en cuenta que a nuestro alrededor no se movía absolutamente nada. Y nos pasábamos las tardes de los domingos preguntándonos cuándo terminaría todo eso, cómo lograríamos escapar de allí, de qué manera podríamos dar el gran salto. En medio de todas estas dudas, de vez en cuando alguno de los grandes -de los que llegaron lejos- venían desde fuera para abrirnos los ojos, para decirnos que había algo más a lo que aspirar, algún lugar más donde respirar. Alguna mierda más grande, donde sobrevivir sería más difícil y las oportunidades más abundantes. E incluso trataban de convencernos de que allí afuera quizá hubiera una chica para nosotros, las chicas de nuestros sueños, como las que ellos habían encontrado -habría que preguntarle ahora a esas chicas, si siguen dándole oportunidades a los tíos que algún día fueron como nosotros-, como aquellas a las que nunca conocimos. Pero a nosotros nos seguían gustando las nuestras, porque con ellas sabíamos lo que hacer y lo que no se nos estaba permitido.

Entonces nos envalentonábamos, nos proponíamos cosas, intentábamos salir, sin darnos cuenta de que realmente todo consiste en lo mismo: intentar semana tras semana, mes tras mes o año tras año no hundirse en la mierda. Distintas mierdas, pero ninguna mejor que otra. Aunque fueran mierdas lejanas y repletas de chicas, al final todas olían igual de mal.

Y nosotros sobrevivíamos, vagando de madrugada de portal en portal, de coche en coche o de parque en parque si era verano. Lo hicimos durante demasiado tiempo. Intentábamos pasar de una calle a otra, alejarnos de los sitios de siempre, pero cuando lo hacíamos aparecíamos siempre en los mismos lugares, que ni siquiera el tiempo conseguía transformar en el algo nuevo, en algo bueno.

A pesar de todo, nuestra vida tenía sentido, aunque ese sentido fuera mantenernos arriba todo el tiempo que nos fuera posible. Hasta que algunos comenzaron a perder el rumbo y para los demás todo se convirtió en orden y armonía.

A mí, por suerte, no me pasó ni una cosa ni la otra.

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4 comentarios

  1. Gaitanowski said,

    ¡Señor Hasiro!

    Tengo que decir que este cuento tuyo me ha llegado al alma. Me veo más que reflejado en esa rutina que muy bien describes.
    ¡Pero es lo que hay, y estoy orgulloso, y me gusta! ¡Y a todos también, que diantres!
    Esas conversaciones no nos las quitan ni 300 brigadas de policía municipal. Y uno descubre con el tiempo que lo importante no son los tangas ni los escotes, si no la promesa de verlos. 😀

    ¡Sigue con la racha, maldita sea! ¡Eres grande!

  2. Hérincë said,

    hay ke k0nfiar en la generación del ’08… aunke se reúna en herreros xD

  3. fanou said,

    Sublime.

  4. VMX said,

    Grande maestro… y me sumo a la opinión de Gaitanowski. No sólo no cambiaría por nada del mundo haber tenido esas conversaciones cada fin de semana a lo largo de los últimos años, sino que a veces llego a sentir cierta lástima por los que no han tenido la oportunidad de vivir eso.

    Os imagináis si desde pequeños nuestros fines de semana hubieran sido todo lo contrario, como pasa en muchos sitios? Es decir, salir de casa para hacer 1 hora de cola en la puerta de una discoteca que cobra 10€ de entrada, como ovejas, para no salir ya en toda la noche de allí, con su reggaeton o su música dance constante, y teniendo que volverte a casa a la hora que te marque el transporte público?

    Dónde hubieran quedado las aventuras de Melo en el parque? Y el “campo de fútbol” de Jony? Qué hubiera sido de los debates Raúl/Guti/ZP o de los carritos de la compra en La Misión? Y esas noches en las que salías con 5€ en el bolsillo y llegabas a casa a las 9 de la mañana?

    Está claro que poco a poco nuestro “Café Gijón” se convirtió en algo irremplazable, el punto de inflexión de la semana y el sitio donde las cosas era como nosotros creíamos que debían ser. Otros, a sus 20 y muchos años, nunca han tenido la “oportunidad” de vivir algo así (ni la tendrán ya), quizá porque no podían, o quizá porque la alternativa “ovejuna” de más arriba siempre les pareció una mejor opción desde el primer momento, y nunca entendieron el atractivo de este otro tipo de noches.

    Pero llegados a este punto, creo que nuestras noches tenían (y tienen) algo que nos beneficia mucho sobre ellos: nosotros nos emborrachábamos, pensábamos y hablábamos entre nosotros. Ellos sólo se emborrachaban. Y yo creo que después de tantos años seguidos haciendo lo mismo, la personalidad de unos y de otros ha quedado fuertemente marcada por esas conductas, y se nos nota bastante.

    Debe ser por eso que me he vuelto tan selectivo a la hora de escoger a mis amigos, jeje.

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