Una tarde en el centro comercial

18 noviembre 2008 at 1:42 am (Cuentos, Relatos)

Era mi día libre, así que decidí ir al hipermercado y hacer unas compras antes de que llegara la época navideña y todo se llenara de gente frenética y deseosa de llenar sus carritos. Precisamente eso era lo que más me gustaba de librar un martes: las tiendas, los bares, los cines y todo ese tipo de cosas estaban vacíos. Uno podía ir tranquilamente a dar un paseo por el centro comercial sin que una multitud lo empujara o le hiciera guardar cola frente a la caja por una hora.

Aun así siempre me encontraba con alguien conocido mientras compraba lo necesario para la semana: leche, pan de molde, aceitunas, vino, rosas, tuercas, anzuelos, tungsteno. Lo de siempre.

-¡Ramiro! -alguien me llamaba a mis espaldas. Frené en seco el carrito medio lleno y miré hacia atrás.

-Vaya Hugo, que sorpresa -dije mirando con recelo su compra.

-¿Qué tal estás, cómo va todo?

-Todo bien, gracias ¿Y tú? ¿Qué tal con Rebeca, sigues con ella?

-No, ya sabes… -me miró apenado.

-Por ese rollo de ser vampiresa ¿Verdad? -le corté con voz comprensiva.

-Eso mismo. Me tenía realmente harto. Pasaba todas las noches fuera de casa y cuando volvía antes del amanecer se posaba en el alféizar de la ventana de mi dormitorio y me daba unos sustos de muerte. Luego claro, follando hasta que amanecía, pero en cuanto aparecía el primer rayo de sol ¡zas! Se metía en su ataúd y hasta la noche siguiente. Me acabé hartando. Además siempre llegaba con la boca llena de sangre de vete tú a saber quién y no quiero coger ninguna enfermedad de esas que hay por ahí. ¿Y tú que tal, estás con alguien?

-Si estoy con una chica, es azul.

-¿Azul? ¿Cómo que azul?

-Joder, pues ya sabes. De color azul. Como eso -dije señalando un pantalón de chándal que colgaba de una percha.

-¡Coño! Menuda suerte, no se ven con frecuencia por aquí ese tipo de mujeres -dijo abriendo mucho los ojos- Y además están buenísimas.

-Lo sé, además me da mucha paz su tonalidad apagada. Me ayuda a dormir. Lo malo es que no podemos tener hijos, porque nos dijo el médico que saldrían violeta con una probabilidad del ochenta por ciento, más o menos.

-¡Uf! Un hijo violeta. Menuda desgracia. Mejor ni lo intentéis.

-Espero que no me deje por un dorado. Ella siempre quiso ser madre.

-Bueno tú no te deprimas, si quieres un día me llamas y nos tomamos una cerveza, que ahora tengo prisa y me tengo que ir.

Se dió la vuelta y me dejó allí solo, frente a mi carrito y mis compras recordando con un poco de miedo lo de mi incopatibilidad cromática, ya que nunca he querido estar solo. Espero que no encuentre uno dorado porque sino…

Seguí serpenteando entre las estanterías, buscando el azúcar. Este Hugo no sabe lo que es tener una novia azul. Come kilos y kilos de azúcar a la semana, alternando el azúcar moreno con la blanquilla, una semana de cada tipo. Nos gastamos un dineral, pero al menos no me pide diamantes.

De todos modos, siempre quise tener una novia verde. Son muy limpias y se alimentan exclusivamente de heno. Además son muy fogosas en la cama y podríamos tener hijos, pero el amor es lo que tiene, no se puede dirigir hacia un color específico del arco iris.

Los dorados se alimentan exclusivamente de aceite de oliva virgen extra, por cierto.

-¡Ramiro!

-Hombre Ginés ¿cómo te va?

-Genial. ¿Sabes que he empezado a salir hace poco con una chica?

-¿Ah si? ¿Y cómo se llama? ¿Cómo es? -vaya día.

-Se llama Paula y es buena.

-¡No jodas! Eso si que es raro -dije realmente sorprendido.

Estuve un buen rato hablando con Ginés. Me contó historias maravillosas sobre su nueva novia. Se le veía muy enamorado, espero que no la cague, porque Ginés se reproduce por esporulación y siempre tiene problemas con las mujeres en la cama, aunque supongo que a estas alturas ya habrá llevado a la práctica mis consejos y será un rey del cunnilingus.

Encontré el azúcar y llené el carro con paquetes. Esta semana toca blanquilla, es más barata.

Tuve que volver porque se me antojó un pulpo para el acuario y como no había gente en la pescadería decidí cometer una locura.

Pagué con tarjeta de crédito y llevé la compra al coche. Conduje hasta casa a toda velocidad -para que no se me muriera el pulpo- y justo cuando estaba entrando en el garaje se puso a llover. Algunos no pudieron resguardarse y comenzaron a derretirse por la calle y sumirse por las alcantarillas.

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Tomate frito de brik

15 noviembre 2008 at 6:23 am (Cuentos, Relatos)

Estaba jodido porque acababa de perder unos trescientos euros jugando al póker. Yo era un mal jugador, -nuca supe mentir- pero aun así me gustaba la sensación de ser superior a los demás, aunque sólo fuera durante una mano. Esa noche tuve un par de buenas manos, y unas dieciséis malas. Así que me resigné con mi suerte y decidí salir a un bar a gastarme los treinta euros que reservé para bebida.

Entré en el primer bar que encontré. Sucio, oscurso. Si supiera quién escogió la música de aquel lugar, lo buscaría para asesinarlo. Me senté en la barra y descubrí que los taburetes eran bastante cómodos, a pesar de estar rajados y manchados de alcohol y vómito. El asiento incluso daba vueltas, como en los viejos tiempos. Un ron -cualquiera- con coca cola.

A la tercera copa me di cuenta de algo: a ese ritmo el dinero no iba a durarme lo suficiente. Así que empecé con la cerveza. Nunca le hice ascos a una buena cerveza, pero después del ron ya no me supo tan bien como de costumbre.

“¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?… Mujer fatal…”

Me empezaba a gustar la música, el sitio era agradable y no había demasiada gente. Me veía a mi mismo en un espejo justo encima de la caja, que descubrí al seguir con la mirada a la camarera cuando se disponía a cobrar. Culo perfecto, pelo rubio y demasiado escote para mi gusto.

-¿Me invitas a una cerveza? -se acercó una chica a la que ni siquiera había visto.

-¿Eres puta? -pregunté extrañado- Porque si es así, no tengo suficiente…

-¿Acaso no lo somos todas? Sólo quiero una cerveza.

Gran respuesta, así que nos bebimos un par de botellines antes de abandonar aquel tugurio. Me llevó a un sitio agradable: sofás, música tranquila y a un volumen aceptable. La conversación fue interesante, pero ya me había enamorado de ella mucho antes de que abriera la boca.

Los ojos negros llenaban su cara sin dejar a penas hueco para nada más. Abiertos, alerta. Su pelo no era demasiado largo, pero a pesar de ello se había hecho una coleta a la que no le vi ningún sentido. Sus orejas, graciosas y llenas de pendientes metálicos, sobresalían entre las mechas claras que adornaban su cabello. Su estatura: perfecta. De pie nos acoplábamos de una manera extraña y maravillosa, a pesar de que era más baja que yo. ¿Tumbados sería igual? No tardaría mucho en descubrirlo, aunque para mí fue una eternidad. Vaqueros y unas Chiruka. Gracioso, íbamos vestidos igual. Aunque ella era muchísimo más guapa que yo. Mirada penetrante y algunos granos en las mejillas. Iba calentándome poco a poco. Cazadora de cuero y el mejor abrazo que he recibido en mi vida. Sus labios eran duros y se podían notar algunas asperezas, supuse que debidas a la climatología dura del lugar -aunque ya estábamos cerca del verano-. A pesar de todo eso, mi saliva los reblandeció, los hizo manejables, suaves y blandos.

Cuando la dejé era de día.

Después nos comimos un helado y tras un tiempo pruedencial nos perdimos en algún lugar.

Las montañas, el mar. No vimos nada más que el cuarto de aquel hotel. Cama confortable, baño limpio y completo. Tenía cocina, así que salimos a comprar comida. Algo fácil de cocinar, que nos permitiera estar el mayor tiempo posible en aquella puta cama gigante -que por cierto, no estaba clavada al suelo-.

No recuerdo lo que comimos. Sólo me acuerdo del calor, el sudor, la piscina y una tormenta. Y una botella de ron. Desde luego aquel plato no llevaba tomate.

Bastante tiempo después descubrí un tetra brik de tomate frito en mi nevera. Alguien lo había abierto y metido allí, a pesar de que yo hubiera querido guardarlo para siempre. Hasta que se caducara y tuviera que tirarlo a la basura en una mudanza o algo así. No me sentía preparado para comérmelo, porque lo había comprado con ella en aquel lugar paradisíaco. Sin embargo allí estaba, en mi frigorífico, abierto y esperando a ser tragado.

Permaneció allí desde el lunes hasta el viernes. Llegué a casa borracho y con hambre. Saqué unas salchicas frankfurt del paquete, las metí en el microondas y cuando ya estaban calientes las bañé con todo aquel tomate frito de brik. Decidí olvidarla, comérmela. Engullir todos los recuerdos. Deglutirlos, digerirlos y cagarlos.

Buscaba una catarsis y lo que encontré fue una gastroenteritis -o algo igual de asqueroso-.

Estuve todo el sábado expulsando un vómito demasiado rojo, demadiado doloroso. Me ardían las entrañas y no podía controlar mis pensamientos. Febril, comencé a soñar que aun estaba con ella. Que me quería y me entendía. Que me hablaba y me contestaba cuando le preguntaba por qué.

Perdí dos kilos ese fin de semana. Sin sudarlos y sin dudarlo intenté llamarla. Apagado.

No volví a comer tomate frito en tetrabrik.

Hasta hoy. Siempre hay una segunda oportunidad para un hombre. Siempre la hay, si es capaz de tragarse lo que más asco le da en la vida, lo que más le duele.

Por suerte, el tomate siempre me gustó.

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Todo el tiempo que nos fuera posible

11 noviembre 2008 at 2:27 am (Cuentos, Relatos)

-Sólo digo que yo nunca he visto a un niño de verdad, a un niño REAL que prefiera estar jugando en casa un sábado soleado por la mañana, que salir a la calle e intentar pasarlo bien…

-Pues ahora todos prefieren quedarse jugando con videojuegos.

-¿Todos los niños?

-Si.

-Quizá ahí esté el problema, que como nosotros fuimos niños hasta los catorce o los quince, pensamos que ellos tienen que hacerlo también. Pero ahora las cosas no son como antes. Los niños no son como antes tampoco. Y mucho menos los adolescente. A los doce ya no piensan en lo mismo que nosotros a esa edad… Nosotros fuimos unos afortunados…

-No sé que decirte…

-Gilipolleces -tuve que interrumpir- ya me hubiera a mí gustado perder la virginidad a los doce y no a los dieciséis.

-Puede ser… Pero sería lo único que cambiaría.

-Claro, sobre todo porque tú hasta los veintitrés no supiste a que sabía una jodida teta.

Nos gustaba tener estas conversaciones al aire libre, con una cerveza en la mano, o una copa, o lo que fuera. Montar nuestro Café Gijón ambulante, cada día en un sitio, huyendo de la policía que nos perseguía para quitarnos las bebidas y quién sabe si algo más. Hablando de tonterías, o de cosas serias. De lo que fuera con tal de no pensar.

Tres, cuatro, cinco, diez, doce, los que fuéramos. Dependía del día, del frío o directamente de la nieve o de la lluvia. Pero al final siempre acabábamos teniendo este tipo de conversaciones. Nos hacían sentir mejor, capaces de solucionar algo, de mirarlo todo desde fuera, a través de un telescopio, desde muy muy lejos. Desde un lugar mejor y -aunque luego supimos que ese lugar no existía realmente- eso era sin duda lo más ilusionante de toda la semana y muchas veces lo único.

Seguíamos discutiendo a voces por el camino, con un gracioso deje de ebriedad, mientras nos terminábamos las botellas y tirábamos los vasos en cualquier lugar, dirigiéndonos a los bares oscuros y llenos de ruido, a intentar ver un poco de carne entre el espeso humo y con un poco de suerte llegar a tocarla.

Y de vez en cuando alguno de nosotros lo lograba. Tocar, lamer, follar. La mayoría de las veces no importaba dónde ni con quién -aunque si el cómo-. Generalmente los bares estaban repletos de esas chicas que nos miraban por encima del hombro, creyéndose mejores. Habría que preguntarle a sus ex-maridos si ahora opinaban del mismo modo que ellas. De todas formas nos resultaban inalcanzables y no tuvimos oportunidades reales hasta que las que venían por debajo -que eran más golfas, más guapas y peores esposas- llenaron los mismos bares, en los que lo único que no cambiaba era nuestra presencia. Nos abrumaban con sus tangas y sus escotes, con su moral laxa y con su facilidad para abrir el envoltorio de un condón y ponerlo en diez segundos ayudándose tan sólo de dos dedos de una mano y una boca llena de lengua y saliva.

Así avanzaban las semanas, los meses y los años. Nosotros cambiábamos muy lentamente, pero parecía que lo hacíamos a un ritmo frenético, teniendo en cuenta que a nuestro alrededor no se movía absolutamente nada. Y nos pasábamos las tardes de los domingos preguntándonos cuándo terminaría todo eso, cómo lograríamos escapar de allí, de qué manera podríamos dar el gran salto. En medio de todas estas dudas, de vez en cuando alguno de los grandes -de los que llegaron lejos- venían desde fuera para abrirnos los ojos, para decirnos que había algo más a lo que aspirar, algún lugar más donde respirar. Alguna mierda más grande, donde sobrevivir sería más difícil y las oportunidades más abundantes. E incluso trataban de convencernos de que allí afuera quizá hubiera una chica para nosotros, las chicas de nuestros sueños, como las que ellos habían encontrado -habría que preguntarle ahora a esas chicas, si siguen dándole oportunidades a los tíos que algún día fueron como nosotros-, como aquellas a las que nunca conocimos. Pero a nosotros nos seguían gustando las nuestras, porque con ellas sabíamos lo que hacer y lo que no se nos estaba permitido.

Entonces nos envalentonábamos, nos proponíamos cosas, intentábamos salir, sin darnos cuenta de que realmente todo consiste en lo mismo: intentar semana tras semana, mes tras mes o año tras año no hundirse en la mierda. Distintas mierdas, pero ninguna mejor que otra. Aunque fueran mierdas lejanas y repletas de chicas, al final todas olían igual de mal.

Y nosotros sobrevivíamos, vagando de madrugada de portal en portal, de coche en coche o de parque en parque si era verano. Lo hicimos durante demasiado tiempo. Intentábamos pasar de una calle a otra, alejarnos de los sitios de siempre, pero cuando lo hacíamos aparecíamos siempre en los mismos lugares, que ni siquiera el tiempo conseguía transformar en el algo nuevo, en algo bueno.

A pesar de todo, nuestra vida tenía sentido, aunque ese sentido fuera mantenernos arriba todo el tiempo que nos fuera posible. Hasta que algunos comenzaron a perder el rumbo y para los demás todo se convirtió en orden y armonía.

A mí, por suerte, no me pasó ni una cosa ni la otra.

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96

8 noviembre 2008 at 7:12 am (Cuentos, Relatos)

Sufro una noche más de insomio. Ese insomino doloroso, con motivo, que después de todo lo que has sufrido, de todo lo que has vivido es lo que más te daña. Lo demás pasa, la chica se va con otro y con ella tu locura, pero el insomnio se queda. Así que intentas prolongar el momento de meterte en la cama. Las dos mejor que la una y las cuatro mejor que las tres. Pero hay momentos en los que te puede el agotamiento y te tapas con las mantas, aunque sabes que no conseguirás dormir.

Por eso cojo un libro e intento olvidarme de todo lo que me impide descansar.

Un niño recuerda a su abuela. La quiere, se divierte con ella, juegan juntos, se ríen. Es todo precioso, pero muy aburrido. Y justo en el momento en el que me doy cuenta del coñazo que tengo entre las manos, se me ocurre comprobar las hojas que llevo leídas. Noventa y seis.

96.

Me recorre un escalofrío. Me deshago de las mantas y no aguanto mucho, porque me congelo. Me vuelvo a tapar y siento como el calor, que comienza por las puntas de mis pies, me va invadiendo poco a poco. Y me descubro de nuevo intentando no desesperar.

Página noventa y seis. Menudo número. El antagonista de su primo hermano. Es una cifra solitaria, o algo peor que eso, un número enfrentado consigo mismo.

Lejos del erotismo del sesenta y nueve, el noventa y seis se muestra apagado, triste, anormal. A pesar de la redondez de sus símbolos, es algo puntiagudo y casi ofensivo. Una espalda contra otra ignorándose, o peor aun, sabiendo que están condenados a pasar el resto de la eternidad sintiéndose ajenos, alejados el uno del otro. El nueve necesita al seis, y el seis al nueve. Ambos saben que sin el otro dejarían de ser lo que son, pero juntos demuestran el patetismo del ser y no ser al mismo tiempo. Unidos no son agradables, pero separados no existirían.

Son amantes conflictivos, irrespetuosos, odiosos. Pero amantes. Y el momento en que ambos piensan simultáneamente que podrían mirarse a la cara, merece la pena. A pesar de que son conscientes de que jamás verán del otro nada más que la espalda, o la lejanía autoimpuesta por inevitable.

Y muchas son las veces que necesitan un abrazo el uno del otro. Y muchas son también las veces que se convencen mutuamente de que eso sería perjudicial para ambos, ya que dejarían de ser lo que son. Aunque odian serlo. Aunque les encantaría cambiarlo y convertirse en el sesenta y nueve al que tanto envidian.

Es casi imposible conseguirlo, pero de algo están seguros: no lo añorarían tanto si no lo hubieran probado alguna vez. Por eso, desde aquí, y sin saber mucho de números, se puede asegurar sin miedo a equivocarse, que el número noventa y seis, algún día fue algo parecido al sesenta y nueve y ¿por qué no? Puede volver a serlo. Sólo es necesario que el seis y el nueve -no importa quien pruebe primero- intenten darle la vuelta a todo para que sus caras vuelvan a estar lo más cerca posible.

Puede parecer una historia de números, pero lo único que está claro, es que esto dista mucho de ser algo exacto.

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El gilipollas que se enamoró -de una rubia que no conocía- en un sueño

7 noviembre 2008 at 4:29 am (Cuentos, Relatos)

Sabes que es rubia y con los ojos azules. Sabes que es GUAPA, demasiado guapa. La has visto un millón de veces pero sabes que NUNCA la verás, que NUNCA la olerás y lo peor de todo, que ella ni siquiera te MIRARÍA aunque la tuvieras a dos centímetros de la cara.

Sabes que existe, que está ahí, en los mismos sitios en los que tú alguna vez estuviste. Has pisado miles de veces por donde ELLA pisó. Pero NUNCA vais a coincidir en el mismo lugar, porque es PERFECTA, pero no tanto -o quizá demasiado-.

No es una actriz, ni una MODELO (de moda). Es real. Tan real que puedes imaginarte con ella. Pensar que quizá con un par de años menos… O un par de años más… A lo mejor tú y ella…

La vi y me gustó. Está ahí, tiene amigos, habla con ellos. Escribe un blog interesante, abrumador. Tú lo lees y te sientes cerca de ELLA. Pero no lo suficiente. Lo vuelves a leer y te sientes lejos. Demasiado… Demasiado seguro de que demasiadas VOCES entran en su CABEZA. Y de que algunas -por suerte- también salen.

Y luego, en la cama… Es un sueño recurrente. Aparece noche tras noche. Con esos ojos, ese pelo rubio. Azul, amarillo, azul, amarillo. Y eres tan gilipollas que te enamoras de un sueño. El mejor sueño. El sueño que hace que te sientas mierda cuando despiertas, que hace que pienses en todo lo que has perdido simplemente por haber abierto los ojos. El que hace que ESPERES que te CONTESTE a algo que ni siquiera ENTENDERÁ.

Es posible que se sentara en los mismos pupitres que tú. Es tan posible como que es la única que te hace sentir bien, aunque sea en sueños. Y sueñas, y sueñas, y sueñas… Y te despiertas y sigue ahí, tan distante como siempre. Ya no te da los besos que imaginas. Aunque te siguen quemando los labios. Ya no tiene la voz que le has adjudicado, porque no conoces la suya (sólo la conoces porque la has visto en mil fotos), aunque existe.

Y los ojos, y el pelo, y los ojos, y el pelo, y los ojos… y ESA CARA.

¿Obsesión? Seguro.

ELLA sólo busca un beso. SÓLO eso. Y no sabe lo afortunada que es. Realmente no lo sabe. Y ni siquera imagina que yo sería capaz de darle ESO y todo lo que me pidiera.

Pero sólo quiere un beso. Sólo NECESITA que la besen. Y me jode muchísimo, no sabe cuánto. Porque no sabe lo que se está perdiendo. Lo que nos ESTAMOS perdiendo.

Y me encanta conocerla sin que me conozca, porque es un SUEÑO. Es mi SUEÑO. Del que no sale. No podría aunque quisiera alejarse de mis noches, de mi cama. Puro, limpio, triste. Rubia, es rubia. Y con los ojos azules. Un gorro blanco, un vestido negro, unas gafas de sol. Una foto en blanco y negro. O lo que sea. Porque es mi SUEÑO.

Es guapa, es muy guapa. Y es rubia. MUY RUBIA.

Y ni siquiera sabe que existo.

Y si lo sabe… Dios me libre de intentarlo, porque ELLA SABE que lo conseguiría.

Demasiado rubia y demasiado distante.

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El hombre que no quería ser feliz

18 octubre 2008 at 4:39 am (Cuentos, Relatos) (, )

La verdad es que no es feo. Algunas personas incluso piensan que es guapo. No se peina y su pelo es una maraña desarrapada, descuidada y a veces sucia. No huele mal, pero pocas veces huele bien. No le gusta su aspecto, ni su forma de ser, pero se siente bien consigo mismo -y a veces mal-.

Lo único de lo que puede presumir es de sus ojos, grandes y de un color indefinido. Claros. Bonitos. Normalmente consigue que sus párpados impidan ver el color del iris, aunque últimamente usa unas lentillas de color marrón que se compró para no destacar. Se las pone y puede abrir los ojos sin miedo a que alguien se enamore de ellos.

Ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Perfecto. Ni muy tonto, ni excesivamente listo. Genial. Su pie: un cuarenta y dos. Su talla: una cuarenta y dos. Ciñéndose a la media, sin destacar ni por arriba, ni por abajo. Ni por los lados.

En el colegio se sentaba en los pupitres del medio siempre que podía. Nunca levantaba la mano. Intentaba no sacar sobresalientes. Ni suficientes. No era el más rápido ni el mejor en nada. Tampoco el más lento. Ni el peor.

Estudió una carrera, como tanta gente. Nada del otro mundo.

Ahora vive en un edificio de diez plantas y él ocupa la quinta. El bajo no le gustaba y las alturas le dan miedo. Así que mejor estar por la mitad.

¿Las chicas? No le gustan demasiado guapas, porque alguien podría quitárselas. Pero no se permite estar con feas, porque no le hacen sentir bien. Ni altas, ni bajas. Ni gordas, ni flacas. Ni muy tontas, ni excesivamente listas. Generalmente aquellas en las que nadie se fija. Son las mejores.

Hasta que llegó Ella. Guapa, inteligente. Con un “muy” delante de todo lo bueno. Le hizo destacar. Consiguió que le miraran, aunque seguía sin gustarle todo eso. Incluso se enamoró.

Después vino el daño, algo normal -y que le gustó-.

Todo acabó y Ella convirtió su vida en algo aun más insulso, más gris, más normal. Una vida triste, solitaria, retorcida y angustiante. Justo lo que buscaba. Le encantaba sentirse desdichado y saber con certeza que nunca, JAMÁS, encontraría nada que le hiciera disfrutar tanto como Ella. Había probado lo mejor y lo había perdido. Así que se daba por satisfecho, porque él no quería ser feliz, pero tampoco sufrir. Así que la olvidó -pero no del todo- y se dedicó a vivir una vida lineal, sin sobresaltos. Tranquila, predecible y desquiciante, en la que podía controlar su locura y sus impulsos. Nunca lo dio todo, así que nada podía pedir. Se resignaba con cualquier cosa, así que nada podía esperar.

Murió joven y solo.

Su entierro fue muy normal. Acudieron algunas personas, pero tampoco muchas.

Ni muchas flores, ni pocas.

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La foto

30 agosto 2008 at 5:23 am (Cuentos, Relatos)

Llego a la puerta de casa. Meto la llave y tengo que dar tres vueltas para abrir. Bien, no hay nadie. Podré sentarme tranquilo, relajarme, pasar un par de horas sin hablar. Perfecto. Encender el ordenador y navegar hasta aburrirme. Pensar y desahogarme como buenamente pueda. Juego con mi mascota, cojo una botella de agua fría y me dirijo al dormitorio, a disfrutar. Leyendo, escuchando música, lo que sea que me haga olvidar. Me siento frente al ordenador, lo enciendo. Todo va bien.

– ¡Eh, tú!

– ¡Hostia!

Me levanto de un salto mientras empujo el portátil contra la pared.

– ¿Quién ha dicho eso?

¿Me he vuelto ya loco? Es demasiado pronto. ¿O no? Imaginaciones.

Me vuelvo a acomodar en una silla bastante incómoda gracias al calor y sobre todo a los recuerdos de lo que algún día hice sobre ella.

– ¡Tú!

– ¡Joder!

¿Pero qué pasa? ¿Quién habla? No puede ser.

– Mírame joder.

Estoy de nuevo en pie. Miro a mi alrededor y no veo nada.

– ¿Estás tonto?

Al fin centro mi vista en el corcho lleno de fotos que adorna la pared que se encuentra encima de mi mesa. No puedo creer lo que veo. Una de las fotografías ha cobrado vida ¡Se mueve!

– Ya era hora.

– Pero…

Ahí estoy, en Amsterdam, rodado de amigos y con una amplia sonrisa en la cara. ¿Cómo puede ser que una foto me hable? Una foto en la que yo soy el protagonista.

– Tío ¿qué haces? -prosiguió ahora con voz y gesto paternal- ¿Por qué estás otra vez así?

Incrédulo abro aun más los ojos.

– ¿No te das cuenta de que estás igual que siempre?

– No. No lo estoy.

– Siempre igual, Álvaro.

– Te estoy diciendo que no. Esto no es igual.

– Mírame a mi, sonriendo feliz, rodeado de amigos…

– ¡Calla!

– No me puedo callar.

– Mierda…

Una puta lágrima brota de mi ojo izquierdo.

– ¿No te gustaría estar como yo? Siempre feliz, sin pensar en cosas que no merecen la pena.

– ¿Qué no merece la pena?

– Estar así, como tu estás.

– ¿Convencido? ¿Curado?

– Jodido.

– No estoy jodido.

– Más que nunca.

– Eso es mentira, y lo sabes.

– Me sacas cuatro años, pero parece que sé yo más de ti que tú mismo.

– Tú siempre lo sabes todo…

– Sé lo suficiente -trató de interrumpirme.

– …pero no tienes perspectiva -terminé.

Creo que después de esto vio el odio en mi cara e intentó apaciguar mis ánimos.

– Vale, quizá tu sepas más. Pero no lo bastante como para no hacernos sufrir. Mírame, soy feliz ¿por qué crees que sonrío?

– Porque no tienes preocupaciones. Ni responsabilidades. Ni quieres tenerlas.

– Y porque sigo esperando.

– ¿Esperando? ¿A qué?

– ¿A qué? Más bien a quién.

– Vale. ¿A quién?

– A quien tú y yo sabemos.

– Tú no la conoces, estás anclado unos cuantos años antes de que ella apareciera.

– Tú eres tonto ¿Ya ha aparecido?

– Por supuesto ¿es que no me explico?

– Te explicas igual que lo haría un gilipollas. ¿De verdad piensas que es ella?

– No necesito pensarlo. Lo siento.

– Tú y tus sentimientos. Te van a matar. Ya te han puesto al borde del suicidio y eso no puedes negarlo.

– ¡Joder! Sabes perfectamente que nuca llegaría a ese extremo, por mucho que lo piense.

– ¿Ahora si piensas? ¿Ya no sientes?

– Dilo como quieras, nunca haría eso y lo sabes.

– Sinceramente, ya no lo sé.

– Vete a la mierda.

– Si, ahí es donde estás tú ahora mismo. Y de donde no quieres salir.

– Te equivocas. Tú acabas de salir de la mierda. Eso quedó muy lejos para mí. Tanto como tú…

– Bien. Eso está mejor.

– Es verdad. Ahora no es como tú piensas.

– ¿Y qué es lo que yo pienso?

– Que es todo como la primera vez. Y no es así. Han cambiado muchas cosas. Yo he cambiado, ella no es igual…

– Ella, ella, ella… Deja ya de pensar en ella.

– No quiero. No puedo.

– Ese es tu problema, que no quieres.

– Vale, si quiero, pero no puedo.

– ¿Por qué? Ya lo has hecho más veces.

– Pero esta vez es distinto…

– No lo es.

– Que si lo es ¡joder!

– ¿Por qué estás tan seguro?

– No lo sé, pero lo estoy. Y sabes perfectamente que en estas cosas no me equivoco. Las huelo a distancia. Lo vi todo claro hace ya más de un año…

– Te estás engañando.

– Que no joder. Que es así. Es distinto. No trates de convencerme, porque no vas a poder. Si yo siento algo es que es de verdad. Si digo algo, es que es así.

– Cierto. Pero ¿y si ella no lo siente?

Tuve que callarme, ahí tenía razón. Puta foto impertinente.

– No puedes creer que todo lo que sientes es verdad -prosiguió.

– Pues lo hago, y has de admitir que eso nunca nos ha fallado.

– Hasta ahora.

– Pero ¿por qué? ¿Por qué quieres joderme?

– No quiero joderte, quiero lo mejor para ti, y sabes lo que es. Odia y luego olvida. Es algo que siempre nos ha funcionado. Es el ciclo. No puedes negarlo.

– Pues lo niego. Esta vez no es así. No me importa lo que haya pasado. Esta vez me importa lo que siento. Y lo que siento no engaña. Es puro. Es verdadero.

– No hay nada verdadero. Y menos en el amor.

– Esto no es sólo amor. Es algo más.

– ¿Algo más? ¿Hay algo más que el amor? Explícame qué.

– Pues no sé si puedo explicarlo. Sólo sé que mi conexión con ella es superior a la que tengo contigo en este momento. Y eso que tú eres yo mismo.

– Deja de decir gilipolleces. Eres patético.

– Lo sé. Patético. Pero seguro.

– Vete a la mierda.

– Jajaja -me río descontrolado. Me doy un poco de miedo. Soy un miedica.

Se da la vuelta y deja de mirarme. Es extraño que incluso yo mismo me de la espalda. Aunque he de admitir que las vistas que debe observar mi yo fotográfico son estupendas.

– Recuerda lo que te prometiste. No volver a pasar por esto. Una y otra vez. Fue una letanía durante meses. Años incluso. Y ahora vuelves a estar sumergido en el mismo lago de mierda que casi te ahogó hace no demasiado tiempo. Además ¿por qué no has puesto ninguna foto de ella junto a mí? No la veo por ningún lado -y sonrió de manera maliciosa.

– Lo primero, esto no es un lago de mierda. Es otra cosa. Y lo segundo… -vacilé.

– No has puesto ninguna foto porque sabías que esto iba a pasar. Sabías que te iba a joder, como todas.

– ¡No! No puse ninguna porque sabía que tendría toda la vida para sacarme fotos con ella y colgarlas en mil y un sitios.

– Si, mil y una noches ¿no?

– Exacto -dije asustado, medio llorando ya.

– Eres gilipollas.

– No entiendes nada.

– Ni tú. Ni ella.

– Yo si.

– Sabes que eso no es verdad -y en parte tenía razón.

– Álvaro -siguió- deja de torturarte. No sirve para nada.

– Ahí te doy la razón, pero no puedo parar.

– Date tiempo.

– ¿Tiempo? Eso ya no existe.

– Sigues siendo un romántico.

– Siempre.

Se planteó un silencio intenso. Reflexivo. Pero en cuanto vio el brillo de mis ojos cristalinos, prosiguió.

– Sabes perfectamente que nadie te quiere más que yo, por muy egoísta que suene.

– De eso va esta conversación ¿no? De egoísmo.

– A lo que me refiero es a…

– Ya, que todo lo que dices es por mi bien. Pero parece que no me conoces. Sabes como soy. Sabes lo que hago y lo que pienso. Y sabes perfectamente que esto es de verdad, por muchas cosas horribles que hayan pasado y…

– Si, si, si… No trates de convencerme. Veo que estás en lo cierto. Que lo que sientes es lo más cerca que vas a estar nunca de la verdad. Siempre nos ha pasado. Pero no te dejes hundir. No te rindas. No te vendas. No seas gilipollas Álvaro. No tienes necesidad. Hay muchas…

– ¡No! -le interrumpí- no hay muchas. Hay una.

– Esa una ya no te quiere.

– Quizá, pero ya sabes como soy. Eso no me importa. No me importa nada.

– Tío, odiala. Haz lo de siempre. Que se termine cuanto antes. El odio precede al olvido. Es la manera natural.

– Por eso nunca la olvidaré. Porque no hay odio. Más bien todo lo contrario.

En ese justo momento se dio por vencido. Retrocedió un pasó y volvió a su lugar original en el retrato. No volvió a hablar.

Yo me fui a la cama y lloré toda la noche.

En una cosa tiene razón, soy gilipollas.

Yo tengo razón en otra. Ahora sé la verdad. Tantos años buscando hacen que uno esté seguro cuando encuentra lo que quiere.

Lástima que ella no piense igual, o que al menos no actúe en consecuencia.

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Volar o no volar

22 agosto 2008 at 11:26 pm (Cuentos, Relatos)

¿Cómo te sientes mujer, al estar ya en unos brazos distintos, tan ajenos, tan poco familiares? Al pasar de los míos a los de otro sin tener siquiera tiempo para descansar. ¿Cómo te sientes al embadurnarte de su olor sin tan siquiera esperar a desprenderte del mío?

Te sientes bien, por supuesto.

Te sientes bien porque no piensas en que no sólo mi olor se fue contigo, sino también la mente, el corazón y la vida. Te da igual. No te importa. No piensas, sólo tratas de sentir y de olvidar. Mientras yo recuerdo y siento como siempre, o incluso más.

Te sientes bien porque has volado de una rama a otra fijándote sólo en lo que encuentras frente a ti. Concentrándote en aterrizar con delicadeza, en empezar bien tu aventura en una nueva copa. Pero aun no te has parado, no te has girado a observar el árbol que te cobijó hasta ayer mismo. El árbol del que comiste frutos que jamás volverán a nacer, que prefirieron caer en tierra yerma antes de que otros que no fueran tú los saborearan, porque eran sólo tuyos. El árbol del que te alimentaste en momentos de hambre, de sed o incluso de lágrimas. La sombra bajo la que te refugiaste para curar tus heridas y que ya no te sirve, aunque tenga las mismas ramas, las mismas hojas y proyecte la misma figura. El árbol que habría arrancado sus raíces y las hubiera introducido en una nueva tierra, desconocida y extraña, sólo con que le hubieras pedido que lo hiciera. El árbol que nunca se había sentido tan anclado al suelo como hoy, porque nunca antes deseó tanto volar, quizá detrás de ti. Y no te has dado nunca cuenta de todo esto, hasta tal punto llega tu injusticia

El árbol al que despreciaste sin ninguna explicación, sólo porque viste uno quizá más alto, más fuerte y más verde. En él harás tu nido, incubarás tus huevos y cuidarás a tus polluelos. O no, porque quizá antes de todo esto descubras uno aun más alto y más fuerte. Y más verde.

Vuela libre. Siempre habrá sombra para ti.

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La canción

9 agosto 2008 at 9:20 pm (Cuentos, Relatos)

-…siempre es la misma función…

Me descubrí mirando la radio y asintiendo, sin tan siquiera darme cuenta de que la canción no me recordaba a ella, porque no necesito recordarla. La tengo en mi mente cada segundo, como desde hace más de un año. ¿Cómo voy a olvidarla ahora? Cuesta. Y mucho.

Los ciclos no dejan de repetirse, una y otra vez. Sólo los matices distinguen unos de otros y esta vez el matiz es tan grande que se ha convertido directamente en una definición. El mismo teatro, el mismo actor protagonista que es a la vez espectador. Sólo cambia la actriz y eso es precisamente lo doloroso, que esta vez era la idónea para ganar el Óscar. Y al final lo más probable es que todo el mundo se olvide de la película en un santiamén. Todos menos yo, y eso también duele bastante.

Y menuda película. De las que hace llorar cuando termina, porque te das cuenta de que dos horas no son suficientes para mostrar todo lo que hay dentro, ni todo lo que hay detrás, ni todo lo que podría haber después. Ni dos horas, ni dos años, ni dos vidas. Y yo sigo pensando que la película ni siquiera acabó, se quemó en uno de sus primeros fotogramas y la encargada del cine, o de la magia, está cansada o desilusionada o vete tú a saber qué y no tiene ganas de arreglarla y ver como termina. Y lo peor de todo es que a la encargada no se le puede protestar. Quizá se puede pedir la hoja de reclamaciones o descargar la tensión o la tristeza en un diario. Pero como todos sabemos, esas hojas y esos diarios al final se pierden o se olvidan y acaban por no servir para nada.

Se acabó la vida de película y comienza la de las pesadillas sin dormir. Se acabaron las mariposas en el estómago, que se convierten en larvas unidas en fila india, formando una cuerda que se anuda una y otra vez y no te deja respirar. Se acabó la vida y comenzaron los recuerdos, que ya no son vida. Se acabó el futuro y empezó el pasado a repetirse de nuevo, como los ciclos. La misma función de siempre.

La radio seguía ahí, en algún lugar, sonando de fondo exactamente igual que ella. La cama caliente y los mosquitos alrededor de la lámpara de tres bombillas no mejoraban precisamente las cosas.

-…y perder la razón…

Ya la doy por perdida, se fue con ella.

Apago la radio.

Al fin hace efecto la pastilla.

Me voy quedando dormido, un sueño irreal.

Mañana será otro día y quizá despierte y la pesadilla termine. O quizá siga siendo cada vez peor. O quizá nada de esto pasó nunca y el rollo sigue dando vueltas en el proyector, repitiendo una y otra vez un año de película.

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Los usos de una corbata

24 abril 2008 at 6:31 pm (Cuentos, Relatos)

Por suerte conseguí resistir hasta los treinta y cinco sin ponerme un traje, una corbata y unos zapatos. La posibilidad de vestir a mi antojo fue una de las pocas cosas que siempre agradecí de mi trabajo, además del sueldo que cobraba. Hablo en pasado porque no hace más de dos meses me pusieron de patitas en la calle por un supuesto acoso sexual a una compañera. Fue algo así de ridículo:

– Marina, hoy estás muy guapa.

– Gracias, tu siempre lo estás ¿te gustaría salir a tomar hoy algo?

– Pues quizá otro día, hoy estoy muy cansado.

– Venga hombre, que es viernes.

– En serio, no puedo…

– Vale, entiendo. Pero te vas a enterar.

Quince días después estaba en la oficina del paro a las nueve de la mañana. Sinceramente, creo que estaban buscando una excusa para largarme. Y siguiendo con la sinceridad, creo que podrían haberse buscado otra un poco mejor. Por lo menos esa misma semana acabé sudando con Marina en su sofá de piel blanca, mientras su marido sudaba de otra manera poniéndose en forma en un gimnasio frecuentado, según las malas lenguas, por conocidos homosexuales de la ciudad. Fueron dos semanas muy raras.

Se me había acabado el chollo; adiós al buen sueldo por no hacer nada. Fue un triste suceso, pero tardé poco en superarlo ya que mi querida amiga la hipoteca del piso, me ayudó a ponerme en marcha rápidamente y mi soltería, a veces forzada pero casi siempre elegida, hizo el resto. Con tantos gastos y un paro raquítico tendría que buscar un empleo. Si por lo menos hubiera tenido una mujer buena y trabajadora que pagara las facturas mientras yo buscaba algo digno, me habría dado el lujo de elegir. Como no era así, cogí lo primero que encontré:

“Se busca comercial para importante empresa editorial. Entre 25 y 35 años. Se exige buena presencia y don de gentes. 1000€ netos al mes más incentivos. Gran oportunidad.”

Contaba con casi todos los requisitos, así que me corté el pelo, me afeite y llamé para solicitar el puesto. Me pidieron el currículum y a la semana y media estaba en Zara comprando un traje; al día siguiente empecé a trabajar. Vendedor de enciclopedias, un trabajo absurdo hoy en día. ¿Quién compra actualmente enciclopedias habiendo Internet? Aun así hice el gasto. Un traje bonito, serio y no demasiado caro. Una camisa y una corbata a juego. Dos camisas, que sudo mucho. Unos zapatos clásicos pero cómodos. ¿Una corbata o dos? De momento una, veamos qué tal se venden las enciclopedias en pleno siglo XXI.

El primer día no vendí nada, aunque un par de marujas se me insinuaron, por lo que mi ego aumentó y la salud de mi autoestima resistió lo suficiente como para intentarlo de nuevo al día siguiente.

El segundo día no estuvo mal del todo. Vendí una enciclopedia a un nuevo rico que tenía correteando alrededor de sus pies a dos mocosos, a los que por lo visto quería quitarse de encima:

– ¡Cómprala papá! ¡Queremos la consola!

– ¡Si! ¡Queremos la consola! ¡Nuestros amigos tienen una igual!

– De acuerdo, de acuerdo. Pero dejad de tocarme los cojones.

– ¡Bieeeeeeeeeen!

No estaba mal, había vendido una videoconsola por veinticinco cómodos plazos de treinta y seis euros. Esa hazaña me dio fuerzas para resistir el resto de la semana. Otros tres días horribles en los que no fui capaz de vender nada, aunque estuve a punto de conseguirlo un par de veces. Creo que sólo en esa semana recorrí la mitad de la ciudad. Llegó el viernes y yo estaba exhausto. Me acosté a las nueve de la noche y desperté a las cuatro de la tarde del domingo. Empezaría la semana repleto de fuerzas y con una nueva idea: me convertiría en vendedor de videoconsolas con una enciclopedia de regalo.

El lunes me puse el traje y la corbata y comencé a poner en práctica mi estrategia, que funcionó a las mil maravillas. Lo importante seguía siendo la enciclopedia, pero los argumentos se centraban en los videojuegos, en la salud emocional de los hijos, en los ratos de ocio y otras gilipolleces que se me ocurrían sobre la marcha. Hice cuatro ventas en una semana. Mi jefe alucinaba y me miraba con los ojos muy abiertos. Fui invitado a dar una charla remunerada a mis compañeros, con el fin de motivarlos y enseñarles mis estrategias. Los dos o tres que llevaban más tiempo que yo en el mundo de las ventas me miraron recelosos durante el discurso, los otros diez o doce eran incluso más novatos que yo mismo.

Todo marchaba bien. Me gustaba mi trabajo. Lo tenía todo: me sentía realizado, cobraba unos incentivos bastante altos, practicaba bastante habitualmente buen sexo sin compromiso … Hasta que un día sucedió.

Me abrió la puerta Villafaña, el tío más cabrón de mi ya ex oficina.

– Hombre Pereira ¿qué coño estás haciendo así vestido? ¡Jajaja! -le oyeron reirse en toda la escalera- Estás ridículo.

– Pues ya ves Villafaña, me echaron y ahora vendo enciclopedias.

– ¡Jajaja! Siempre fuiste un pringao, no me extraña en absoluto -y siguió riendo. Hay que reconocer que se lo había montado bastante bien, un piso nuevo en una zona exclusiva, en pleno centro. Me entraron ganas de ver ese sitio por dentro.

– ¿Te interesaría comprar alguna? Ahora regalamos una videoconsola que…

– Pero ¿qué coño estás diciendo mamón? ¿Qué hostias te voy a comprar yo nada a tí? -seguía con la sonrisita en la boca y ya estaba empezando a hartarme.

– También es verdad ¿para que querrías tú una enciclopedia? Ni siquiera sabrías usarla -le contesté muy bajito.

– ¿Qué acabas de decir cabronazo? ¿Me acabas de llamar tonto en mi propia casa? ¡Te voy a partir la cara!

Levantó el brazo con intención de agredirme. Yo como pude le golpeé en el estómago con el tomo de muestra, el que va de FRE a INF. Mil doscientas veintidós páginas de información actualizada, impresas a todo color en papel de máxima calidad, le hicieron doblarse sobre sí mismo. El tomo también le golpeó en la nuca acto seguido, dejándolo inconsciente. Le até las manos con unas bridas y lo inmovilicé como pude en una lujosa silla, uno de los únicos muebles -otro era una solitaria cama que no conseguía llenar el dormitorio que se veía al final del pasillo- que había en la casa. Debía estar mudándose o simplemente usaría aquel sitio de picadero, eso explicaría que estuviera tan lejos de su domicilio habitual y por consiguiente, de su esposa. Tardó bastante en despertarse.

– ¡Hijoputa! ¿Qué me has hecho? ¡Suéltame ahora mismo!

– Cállate Villafaña.

– ¡Te voy a partir la cara!

– Eso ya lo dijiste antes y creo que no cumpliste, machote.

– ¡En cuanto me sueltes voy a llamar a la Policía y a tus jefes! ¡Haré que te despidan!

No sabía muy bien que hacer, pero ese ricachón hijo de puta tenía toda la razón. No podía permitir que se chivara a mis jefes. Necesitaba ese trabajo así que, sin perder la calma -han pasado ya más de treinta días y aun no sé como conseguí estar tan tranquilo- intenté urdir un plan para salir indemne.

¿Robarle y tratar de tirar un tiempo con el botín? No, allí no había nada que pudiera vender.

¿Salir huyendo y confiar en que todo se solucionara? No funcionaría, la había cagado demasiado.

¿Quizás conseguir un producto que le provocara una pequeña amnesia? ¿A lo mejor emborracharlo para que no se acordara de lo sucedido? Todo era bastante absurdo.

Mientras yo maquinaba mi plan y sin saber muy bien cómo lo consiguió, Villafaña se deshizo de las bridas y avanzaba hacia mí embargado por la furia. En un movimiento rápido le esquivé y le empujé por la espalda. Tropezó y cayó hacia adelante golpeándose contra la esquina de un mueble de madera de ébano. Quedó noqueado,medio inconsciente, así que volví a atarlo ahora más concienzudamente que antes. No se me ocurría ningún plan decente y el cabrón de Villafaña ya se había despertado y no dejaba de insultarme.

Fue entonces cuando me acordé de mis tardes con Hitchcock y en un rápido movimiento me desenredé la corbata del cuello y la coloqué en torno al de mi antiguo compañero de trabajo. Le abordé por detrás y cuando lo tuve bien sujeto apreté fuertemente hasta que dejó de patalear y gemir. Le tomé el pulso: estaba muerto. Antes de irme rompí algunas cosas y me llevé un marco de oro con la foto de una señora que no era su mujer. Parecía lo más caro de toda la casa, pero no sé si lo era lo suficiente como para que pasara por un robo violento. Posiblemente me pillarían tarde o temprano. Desaté el nudo de la corbata y la guardé en el bolsillo del pantalón. Cuando llegué a mi casa la quemé en un arrebato pseudo neurótico. Era conveniente destruir todas las pruebas.

Ha pasado ya más de un mes de eso y hoy cumplo sesenta días en mi trabajo. Nadie me ha preguntado por el cadáver y en el marco que robé he puesto una foto de Angelina Jolie. El trabajo va cada vez mejor, los incentivos no dejan de crecer y ya no gasto todo lo que gano en pagar facturas. Incluso creo que me van a ascender y al fin voy a conseguir un alto cargo, eso si en otra ciudad. Me viene bien cambiar de aires.

Además no me arrepiento de haber echado a perder aquella corbata. Al día siguiente tuve que ir a comprar otra. Es de un color azul apagado y la estoy usando en este mismo momento para atar las muñecas de una preciosa pelirroja a la cabecera de su cama.

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