Si Dios quiere (I)
Cuando finalicé el último curso en el instituto con inmejorables notas, mi padre que era un agricultor tosco y prácticamente analfabeto, aunque inteligente y muy sabio previó con demasiada antelación mi futuro: “hijo, algún día serás alguien importante. Tendrás dinero y serás respetado por todos. Sólo espero que sigas siendo buena persona como hasta ahora y que no te olvides de tus orígenes”. Sus palabras fueron premonición y sus esperanzas se vieron en gran parte cumplidas años después. Por supuesto no seré yo quien juzgue mi bondad como persona ni quien cuantifique el respeto del que soy merecedor.
Pocos meses después de licenciarme en la facultad mi padre murió sin que le pudiera demostrar el orgullo que sentía -y sigo sintiendo- por haber crecido ligado al campo y a las gentes que en él habitan. Después de esparcir sus cenizas por los viñedos que llevaba años cultivando, decidí no alejarme nunca de aquellas tierras.
Utilicé mis conocimientos técnicos para convertir el vino rudo y áspero que manaba de aquellas cepas, en otro nuevo que de aquel tan sólo conservaba el nombre. Comencé a comercializarlo en la región y pocos años después conseguí introducirlo en los más selectos restaurantes de todo el mundo. Sumilleres de todas las nacionalidades admiraban y alababan los resultados. Cientos de trabajadores me agradecían sus salarios y miles de personas tenían una vida mejor gracias al vino que producíamos y al trabajo que generábamos.
Después de años de esfuerzos, llegó el día en el que gracias a mi saneada economía, pude permitirme delegar responsabilidades en gente más preparada y motivada puesto que yo ya había perdido la ilusión por el trabajo técnico, aunque aun conservaba la atracción por la agricultura en general y la enología en particular. A pesar de este interés, decidí dedicarme a otra de mis pasiones: el estudio de la historia, la geografía y las culturas e idiomas del mundo.
Mandé construir una biblioteca privada en la que recogerme y zambullirme en antiguas y carísimas obras y traducciones de afamados autores clásicos, que hasta el momento había guardado en mi bucólica mansión, esperando pacientemente el momento de soplar el polvo que ya recogían sus lomos. Sin embargo a los pocos días de dar por finalizadas las obras de mi lugar de retiro, tuve que abrir la biblioteca al público ante el irrefrenable deseo de mis trabajadores y vecinos por acceder a las obras allí recogidas. Contraté a una joven bibliotecaria y comencé a prestar libros, reservándome un pequeño despacho muy bien iluminado donde poder estudiar sin ser molestado.
Hasta que un día descubrí un libro que recordaba haber comprado, pero del que no podía recordar su lugar de procedencia. Quizá fue un souvenir de alguno de mis viajes por tierras lejanas.
El libro era una excepcional copia del Corán, escrito en árabe clásico y al que le faltaban algunas azoras, aunque esto no lo sabría hasta mucho tiempo después. Impulsado por mi curiosidad busqué entre mi amplia colección de volúmenes dedicados al islam una copia en castellano del libro sagrado, sin conseguir encontrarla hasta semanas después, en que acudí a la ciudad para ocuparme de unos asuntos -aunque realmente estas tareas no fueran más que una excusa para acercarme a la mayor librería de los alrededores-. Compré el libro más caro, adornado con lo que me pareció un exceso de filigranas, y pasé parte de la tarde y la noche entera leyendo, hasta que me sorprendió el rugir de mi estómago reclamando alimento y bebida. Comencé involuntaria e inconscientemente mi primer ramadán.
Aquellos escritos sagrados me impactaron y tal fue mi interés por seguir estudiándolos que al día siguiente hice llamar a uno de mis empleados.
- Hola Mohammed, siéntate por favor -le pedí con cierta dulzura y lo que justo después de hacerlo me pareció un gesto exagerado de admiración.
- Si señor. Dígame que desea.
- ¿De dónde eres Mohammed?
- De Líbano señor -me miró sorprendidísimo y un tanto asustado- pero le puedo jurar por Alá que tengo todos los papeles en regla.
Una sonrisa atravesó mi gesto de inmediato y me imaginé mi cara iluminada en ese momento, a pesar de las ojeras provocadas por las noches en vela debidas al intenso estudio.
- Te creo. No hace falta que pongas a tu dios como testigo.
Se sonrojó casi al instante y me miró a los ojos implorando una explicación para todo aquello.
- No te preocupes. No estás aquí para nada malo. Me gustaría pedirte algo.
- Lo que usted quiera señor. Intentaré ayudarle en todo lo que pueda, inshallah.
Una sonrisa volvió a asomarse irremediablemente a mi rostro.
- Quiero que me enseñes árabe.
Después de esto el que sonrió fue él.
- Si señor, lo que usted mande. Cuando acabe mis tareas en el campo le ayudaré a aprender mi idioma. Alhamdulillah, alabado sea Alá.
- No hace falta que vuelvas al campo, si te parece bien. Preferiría que fueras mi profesor a tiempo completo. Te subiré el sueldo.
- Me encantaría señor. Shúkran. Gracias.
- De nada Mohammed. Gracias a ti. Aséate y tómate el resto del día libre. Me gustaría comenzar mañana mismo a las diez de la mañana, si te parece bien.
- Lo que usted diga, señor -se le notaba lleno de alegría, a pesar de estar tan sucio como cualquiera que hubiera trabajado duro alguna vez en el campo embarrado.
- Hasta mañana entonces.
De este modo comenzó mi relación con Mohammed. Enseguida descubrí que era un gran profesor y empecé a conocerlo más a fondo. A pesar de que éramos extraordinariamente diferentes, congeniamos al instante.
Poco tiempo después de empezar con mi nuevo aprendizaje, supe de su boca que mi maestro había huído de Líbano por problemas con la justicia. Estaba acusado por deserción en su país ya que se había negado a cumplir con su deber en el momento de realizar el servicio militar obligatorio. Como constataría tiempo después, no abandonó sus obligaciones de forma gratuita. Su forma de ser le impedía empuñar un arma y sus ideales le guiaron hasta España, donde gracias a diversos contactos que su familia tenía en la embajada, había recibido asilo político.
Antes de contratar a Mohammed ya conocía parte de su historia, pero al serme revelados todos los detalles de esta, sentí un enorme gozo por haberle abierto las puertas de mi casa, proporcionado un trabajo e instituido como guía personal a través del aprendizaje de una nueva y hasta ese momento para mí desconocida lengua.
Las clases se prolongaban en ocasiones hasta altas horas de la madrugada, sin que ninguno de los dos fuésemos capaces de interrumpirlas por puro apasionamiento. Tantas horas en mutua compañía fueron las responsables de que no tardáramos demasiado en hacernos buenos amigos, amigos de verdad. Metíamos nuestros problemas personales al aula de una forma inquietantemente natural, tal era la confianza que nos teníamos el uno al otro. Yo le hablaba de mujeres, él me hablaba de su país. Yo le hablaba de la crisis económica, él me hablaba de la guerra y del terrorismo. Nos apoyábamos mutuamente.
Gracias a todo esto y a pesar de que ambos admitimos desde el principio que yo no soy demasiado buen alumno, en unos pocos meses me descubrí hablando árabe de una forma limitada pero resuelta.
Aun no había escrito ni una sola palabra.
Supe que Mohammed había nacido ocho años antes que yo y que tampoco estaba casado. Tenía una maravillosa madurez que a los cuarenta y ocho años podría parecer lo obligado. Pero la sabiduría que portaban sus palabras convertían su raciocinio en algo que superaba a la experiencia. Era un sabio joven.
Sus ojos eran tan negros como el té que me trajo como ofrenda en nuestra primera clase y que poco tardó en acabarse, tras lo cual me sentí responsable de que siempre hubiera una buena reserva de hojas negras en un pequeño estante que coloqué en el despachito de la biblioteca, con el único fin de albergar ese producto. Además conseguí una tetera y un par de tazas que tenía perdidas y sin estrenar por casa. Debido a todo esto y a una pequeña cocinita que también instalé en el despacho, abandoné el café por muchos años.
A pesar de no ser un buen alumno -sobre todo por culpa de mi gran inteligencia y la poca humildad que mostraba ante mis profesores- siempre fui muy buen estudiante y dedicaba un incontable número de horas a la semana al estudio de diferentes temáticas. Dicho estudio acababa irremediable y diariamente en animadas conversaciones con Mohammed en un árabe cada vez más correcto. Él si era un gran profesor. Siempre aparecía en el despacho a la misma hora, las diez de la mañana, pero ninguno de los dos sabía a que hora se iría de allí. Se presentaba siempre con una vestimenta muy similar: zapatos negros, con calcetines y cordones del mismo color; unos pantalones verdes y una chaqueta marrón sobre una camisa a cuadros azules o rojos o verdes.
Su postura era siempre la misma, aunque estuviéramos horas sentados charlando y riendo, nunca se cansaba de mantener su pierna izquierda sobre su rodilla derecha, de una forma un tanto afeminada. Apoyaba el codo izquierdo sobre la rodilla que quedaba libre, lo que le servía de base para expresar con sus brazos todo aquello que no quería explicar con palabras.
- Salaam a’ Laykum señor -me seguía llamando señor a pesar de nuestra ya profunda amistad, posiblemente porque yo nunca le pedí que dejara de tratarme de tal modo.
- Alaykum salaam Mohammed -le respondí mirandole de soslayo, como notando algo- ¿Qué sucede habibi? -le pregunté con cariño, esperando que calmara mis pensamientos más pesimistas.
- He de irme señor, no puedo seguir siendo su maestro.
- Pero ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? -pregunté de manera atropellada, asustado.
- Me reclaman en mi país. He de volver a Líbano. Mi familia… -Estuvo a punto de comenzar a llorar. Sentí una punzada paralizante en mitad del pecho. No quería perder al que ya se había convertido en mi mejor amigo.
- ¿Qué le pasa a tu familia? ¿Puedo ayudar? Podría ir contigo si tú quisieras.
- No señor, no puedo permitirlo. He de ir yo solo -y yo no insistí, no por falta de ganas, sino por el gran respeto que me provocaban las decisiones de Mohammed.
- ¿Volverás?
- Eso espero, inshalla.
Pasaría mucho tiempo hasta que volviéramos a encontrarnos y sería en una situación radicalmente opuesta a aquella en la que se fraguó nuestra amistad.
Sigue en: Faysal (II)
Hérincë dijo:
28 Febrero 2009 a 7:33 pm
“A pesar de este interés, decidí dedicarme a otra de mis pasiones: el estudio de la historia, la geografía y las culturas e idiomas del mundo.”
esper0 p0der visitar esa bibLi0teka…
…y ke ésta sea la primera parte de muchas =)
fanou dijo:
6 Marzo 2009 a 10:58 am
Y la segunda parte?
HaSiRo dijo:
6 Marzo 2009 a 2:09 pm
Pronto
Gaitanowski dijo:
6 Marzo 2009 a 2:55 pm
Muy buena, queridísimo Hasiro, te hace mantener el interés, lo cual no es poco en nuestra hiperactiva era global.
Percibo influencias de diversas fuentas… De botellón te las diré, tengo que consultarlas
Felicidades, espero la segunda en breve.