Una tarde en el centro comercial
Era mi día libre, así que decidí ir al hipermercado y hacer unas compras antes de que llegara la época navideña y todo se llenara de gente frenética y deseosa de llenar sus carritos. Precisamente eso era lo que más me gustaba de librar un martes: las tiendas, los bares, los cines y todo ese tipo de cosas estaban vacíos. Uno podía ir tranquilamente a dar un paseo por el centro comercial sin que una multitud lo empujara o le hiciera guardar cola frente a la caja por una hora.
Aun así siempre me encontraba con alguien conocido mientras compraba lo necesario para la semana: leche, pan de molde, aceitunas, vino, rosas, tuercas, anzuelos, tungsteno. Lo de siempre.
-¡Ramiro! -alguien me llamaba a mis espaldas. Frené en seco el carrito medio lleno y miré hacia atrás.
-Vaya Hugo, que sorpresa -dije mirando con recelo su compra.
-¿Qué tal estás, cómo va todo?
-Todo bien, gracias ¿Y tú? ¿Qué tal con Rebeca, sigues con ella?
-No, ya sabes… -me miró apenado.
-Por ese rollo de ser vampiresa ¿Verdad? -le corté con voz comprensiva.
-Eso mismo. Me tenía realmente harto. Pasaba todas las noches fuera de casa y cuando volvía antes del amanecer se posaba en el alféizar de la ventana de mi dormitorio y me daba unos sustos de muerte. Luego claro, follando hasta que amanecía, pero en cuanto aparecía el primer rayo de sol ¡zas! Se metía en su ataúd y hasta la noche siguiente. Me acabé hartando. Además siempre llegaba con la boca llena de sangre de vete tú a saber quién y no quiero coger ninguna enfermedad de esas que hay por ahí. ¿Y tú que tal, estás con alguien?
-Si estoy con una chica, es azul.
-¿Azul? ¿Cómo que azul?
-Joder, pues ya sabes. De color azul. Como eso -dije señalando un pantalón de chándal que colgaba de una percha.
-¡Coño! Menuda suerte, no se ven con frecuencia por aquí ese tipo de mujeres -dijo abriendo mucho los ojos- Y además están buenísimas.
-Lo sé, además me da mucha paz su tonalidad apagada. Me ayuda a dormir. Lo malo es que no podemos tener hijos, porque nos dijo el médico que saldrían violeta con una probabilidad del ochenta por ciento, más o menos.
-¡Uf! Un hijo violeta. Menuda desgracia. Mejor ni lo intentéis.
-Espero que no me deje por un dorado. Ella siempre quiso ser madre.
-Bueno tú no te deprimas, si quieres un día me llamas y nos tomamos una cerveza, que ahora tengo prisa y me tengo que ir.
Se dió la vuelta y me dejó allí solo, frente a mi carrito y mis compras recordando con un poco de miedo lo de mi incopatibilidad cromática, ya que nunca he querido estar solo. Espero que no encuentre uno dorado porque sino…
Seguí serpenteando entre las estanterías, buscando el azúcar. Este Hugo no sabe lo que es tener una novia azul. Come kilos y kilos de azúcar a la semana, alternando el azúcar moreno con la blanquilla, una semana de cada tipo. Nos gastamos un dineral, pero al menos no me pide diamantes.
De todos modos, siempre quise tener una novia verde. Son muy limpias y se alimentan exclusivamente de heno. Además son muy fogosas en la cama y podríamos tener hijos, pero el amor es lo que tiene, no se puede dirigir hacia un color específico del arco iris.
Los dorados se alimentan exclusivamente de aceite de oliva virgen extra, por cierto.
-¡Ramiro!
-Hombre Ginés ¿cómo te va?
-Genial. ¿Sabes que he empezado a salir hace poco con una chica?
-¿Ah si? ¿Y cómo se llama? ¿Cómo es? -vaya día.
-Se llama Paula y es buena.
-¡No jodas! Eso si que es raro -dije realmente sorprendido.
Estuve un buen rato hablando con Ginés. Me contó historias maravillosas sobre su nueva novia. Se le veía muy enamorado, espero que no la cague, porque Ginés se reproduce por esporulación y siempre tiene problemas con las mujeres en la cama, aunque supongo que a estas alturas ya habrá llevado a la práctica mis consejos y será un rey del cunnilingus.
Encontré el azúcar y llené el carro con paquetes. Esta semana toca blanquilla, es más barata.
Tuve que volver porque se me antojó un pulpo para el acuario y como no había gente en la pescadería decidí cometer una locura.
Pagué con tarjeta de crédito y llevé la compra al coche. Conduje hasta casa a toda velocidad -para que no se me muriera el pulpo- y justo cuando estaba entrando en el garaje se puso a llover. Algunos no pudieron resguardarse y comenzaron a derretirse por la calle y sumirse por las alcantarillas.
Tomate frito de brik
Estaba jodido porque acababa de perder unos trescientos euros jugando al póker. Yo era un mal jugador, -nuca supe mentir- pero aun así me gustaba la sensación de ser superior a los demás, aunque sólo fuera durante una mano. Esa noche tuve un par de buenas manos, y unas dieciséis malas. Así que me resigné con mi suerte y decidí salir a un bar a gastarme los treinta euros que reservé para bebida.
Entré en el primer bar que encontré. Sucio, oscurso. Si supiera quién escogió la música de aquel lugar, lo buscaría para asesinarlo. Me senté en la barra y descubrí que los taburetes eran bastante cómodos, a pesar de estar rajados y manchados de alcohol y vómito. El asiento incluso daba vueltas, como en los viejos tiempos. Un ron -cualquiera- con coca cola.
A la tercera copa me di cuenta de algo: a ese ritmo el dinero no iba a durarme lo suficiente. Así que empecé con la cerveza. Nunca le hice ascos a una buena cerveza, pero después del ron ya no me supo tan bien como de costumbre.
“¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?… Mujer fatal…”
Me empezaba a gustar la música, el sitio era agradable y no había demasiada gente. Me veía a mi mismo en un espejo justo encima de la caja, que descubrí al seguir con la mirada a la camarera cuando se disponía a cobrar. Culo perfecto, pelo rubio y demasiado escote para mi gusto.
-¿Me invitas a una cerveza? -se acercó una chica a la que ni siquiera había visto.
-¿Eres puta? -pregunté extrañado- Porque si es así, no tengo suficiente…
-¿Acaso no lo somos todas? Sólo quiero una cerveza.
Gran respuesta, así que nos bebimos un par de botellines antes de abandonar aquel tugurio. Me llevó a un sitio agradable: sofás, música tranquila y a un volumen aceptable. La conversación fue interesante, pero ya me había enamorado de ella mucho antes de que abriera la boca.
Los ojos negros llenaban su cara sin dejar a penas hueco para nada más. Abiertos, alerta. Su pelo no era demasiado largo, pero a pesar de ello se había hecho una coleta a la que no le vi ningún sentido. Sus orejas, graciosas y llenas de pendientes metálicos, sobresalían entre las mechas claras que adornaban su cabello. Su estatura: perfecta. De pie nos acoplábamos de una manera extraña y maravillosa, a pesar de que era más baja que yo. ¿Tumbados sería igual? No tardaría mucho en descubrirlo, aunque para mí fue una eternidad. Vaqueros y unas Chiruka. Gracioso, íbamos vestidos igual. Aunque ella era muchísimo más guapa que yo. Mirada penetrante y algunos granos en las mejillas. Iba calentándome poco a poco. Cazadora de cuero y el mejor abrazo que he recibido en mi vida. Sus labios eran duros y se podían notar algunas asperezas, supuse que debidas a la climatología dura del lugar -aunque ya estábamos cerca del verano-. A pesar de todo eso, mi saliva los reblandeció, los hizo manejables, suaves y blandos.
Cuando la dejé era de día.
Después nos comimos un helado y tras un tiempo pruedencial nos perdimos en algún lugar.
Las montañas, el mar. No vimos nada más que el cuarto de aquel hotel. Cama confortable, baño limpio y completo. Tenía cocina, así que salimos a comprar comida. Algo fácil de cocinar, que nos permitiera estar el mayor tiempo posible en aquella puta cama gigante -que por cierto, no estaba clavada al suelo-.
No recuerdo lo que comimos. Sólo me acuerdo del calor, el sudor, la piscina y una tormenta. Y una botella de ron. Desde luego aquel plato no llevaba tomate.
Bastante tiempo después descubrí un tetra brik de tomate frito en mi nevera. Alguien lo había abierto y metido allí, a pesar de que yo hubiera querido guardarlo para siempre. Hasta que se caducara y tuviera que tirarlo a la basura en una mudanza o algo así. No me sentía preparado para comérmelo, porque lo había comprado con ella en aquel lugar paradisíaco. Sin embargo allí estaba, en mi frigorífico, abierto y esperando a ser tragado.
Permaneció allí desde el lunes hasta el viernes. Llegué a casa borracho y con hambre. Saqué unas salchicas frankfurt del paquete, las metí en el microondas y cuando ya estaban calientes las bañé con todo aquel tomate frito de brik. Decidí olvidarla, comérmela. Engullir todos los recuerdos. Deglutirlos, digerirlos y cagarlos.
Buscaba una catarsis y lo que encontré fue una gastroenteritis -o algo igual de asqueroso-.
Estuve todo el sábado expulsando un vómito demasiado rojo, demadiado doloroso. Me ardían las entrañas y no podía controlar mis pensamientos. Febril, comencé a soñar que aun estaba con ella. Que me quería y me entendía. Que me hablaba y me contestaba cuando le preguntaba por qué.
Perdí dos kilos ese fin de semana. Sin sudarlos y sin dudarlo intenté llamarla. Apagado.
No volví a comer tomate frito en tetrabrik.
Hasta hoy. Siempre hay una segunda oportunidad para un hombre. Siempre la hay, si es capaz de tragarse lo que más asco le da en la vida, lo que más le duele.
Por suerte, el tomate siempre me gustó.
Todo el tiempo que nos fuera posible
-Sólo digo que yo nunca he visto a un niño de verdad, a un niño REAL que prefiera estar jugando en casa un sábado soleado por la mañana, que salir a la calle e intentar pasarlo bien…
-Pues ahora todos prefieren quedarse jugando con videojuegos.
-¿Todos los niños?
-Si.
-Quizá ahí esté el problema, que como nosotros fuimos niños hasta los catorce o los quince, pensamos que ellos tienen que hacerlo también. Pero ahora las cosas no son como antes. Los niños no son como antes tampoco. Y mucho menos los adolescente. A los doce ya no piensan en lo mismo que nosotros a esa edad… Nosotros fuimos unos afortunados…
-No sé que decirte…
-Gilipolleces -tuve que interrumpir- ya me hubiera a mí gustado perder la virginidad a los doce y no a los dieciséis.
-Puede ser… Pero sería lo único que cambiaría.
-Claro, sobre todo porque tú hasta los veintitrés no supiste a que sabía una jodida teta.
Nos gustaba tener estas conversaciones al aire libre, con una cerveza en la mano, o una copa, o lo que fuera. Montar nuestro Café Gijón ambulante, cada día en un sitio, huyendo de la policía que nos perseguía para quitarnos las bebidas y quién sabe si algo más. Hablando de tonterías, o de cosas serias. De lo que fuera con tal de no pensar.
Tres, cuatro, cinco, diez, doce, los que fuéramos. Dependía del día, del frío o directamente de la nieve o de la lluvia. Pero al final siempre acabábamos teniendo este tipo de conversaciones. Nos hacían sentir mejor, capaces de solucionar algo, de mirarlo todo desde fuera, a través de un telescopio, desde muy muy lejos. Desde un lugar mejor y -aunque luego supimos que ese lugar no existía realmente- eso era sin duda lo más ilusionante de toda la semana y muchas veces lo único.
Seguíamos discutiendo a voces por el camino, con un gracioso deje de ebriedad, mientras nos terminábamos las botellas y tirábamos los vasos en cualquier lugar, dirigiéndonos a los bares oscuros y llenos de ruido, a intentar ver un poco de carne entre el espeso humo y con un poco de suerte llegar a tocarla.
Y de vez en cuando alguno de nosotros lo lograba. Tocar, lamer, follar. La mayoría de las veces no importaba dónde ni con quién -aunque si el cómo-. Generalmente los bares estaban repletos de esas chicas que nos miraban por encima del hombro, creyéndose mejores. Habría que preguntarle a sus ex-maridos si ahora opinaban del mismo modo que ellas. De todas formas nos resultaban inalcanzables y no tuvimos oportunidades reales hasta que las que venían por debajo -que eran más golfas, más guapas y peores esposas- llenaron los mismos bares, en los que lo único que no cambiaba era nuestra presencia. Nos abrumaban con sus tangas y sus escotes, con su moral laxa y con su facilidad para abrir el envoltorio de un condón y ponerlo en diez segundos ayudándose tan sólo de dos dedos de una mano y una boca llena de lengua y saliva.
Así avanzaban las semanas, los meses y los años. Nosotros cambiábamos muy lentamente, pero parecía que lo hacíamos a un ritmo frenético, teniendo en cuenta que a nuestro alrededor no se movía absolutamente nada. Y nos pasábamos las tardes de los domingos preguntándonos cuándo terminaría todo eso, cómo lograríamos escapar de allí, de qué manera podríamos dar el gran salto. En medio de todas estas dudas, de vez en cuando alguno de los grandes -de los que llegaron lejos- venían desde fuera para abrirnos los ojos, para decirnos que había algo más a lo que aspirar, algún lugar más donde respirar. Alguna mierda más grande, donde sobrevivir sería más difícil y las oportunidades más abundantes. E incluso trataban de convencernos de que allí afuera quizá hubiera una chica para nosotros, las chicas de nuestros sueños, como las que ellos habían encontrado -habría que preguntarle ahora a esas chicas, si siguen dándole oportunidades a los tíos que algún día fueron como nosotros-, como aquellas a las que nunca conocimos. Pero a nosotros nos seguían gustando las nuestras, porque con ellas sabíamos lo que hacer y lo que no se nos estaba permitido.
Entonces nos envalentonábamos, nos proponíamos cosas, intentábamos salir, sin darnos cuenta de que realmente todo consiste en lo mismo: intentar semana tras semana, mes tras mes o año tras año no hundirse en la mierda. Distintas mierdas, pero ninguna mejor que otra. Aunque fueran mierdas lejanas y repletas de chicas, al final todas olían igual de mal.
Y nosotros sobrevivíamos, vagando de madrugada de portal en portal, de coche en coche o de parque en parque si era verano. Lo hicimos durante demasiado tiempo. Intentábamos pasar de una calle a otra, alejarnos de los sitios de siempre, pero cuando lo hacíamos aparecíamos siempre en los mismos lugares, que ni siquiera el tiempo conseguía transformar en el algo nuevo, en algo bueno.
A pesar de todo, nuestra vida tenía sentido, aunque ese sentido fuera mantenernos arriba todo el tiempo que nos fuera posible. Hasta que algunos comenzaron a perder el rumbo y para los demás todo se convirtió en orden y armonía.
A mí, por suerte, no me pasó ni una cosa ni la otra.
96
Sufro una noche más de insomio. Ese insomino doloroso, con motivo, que después de todo lo que has sufrido, de todo lo que has vivido es lo que más te daña. Lo demás pasa, la chica se va con otro y con ella tu locura, pero el insomnio se queda. Así que intentas prolongar el momento de meterte en la cama. Las dos mejor que la una y las cuatro mejor que las tres. Pero hay momentos en los que te puede el agotamiento y te tapas con las mantas, aunque sabes que no conseguirás dormir.
Por eso cojo un libro e intento olvidarme de todo lo que me impide descansar.
Un niño recuerda a su abuela. La quiere, se divierte con ella, juegan juntos, se ríen. Es todo precioso, pero muy aburrido. Y justo en el momento en el que me doy cuenta del coñazo que tengo entre las manos, se me ocurre comprobar las hojas que llevo leídas. Noventa y seis.
96.
Me recorre un escalofrío. Me deshago de las mantas y no aguanto mucho, porque me congelo. Me vuelvo a tapar y siento como el calor, que comienza por las puntas de mis pies, me va invadiendo poco a poco. Y me descubro de nuevo intentando no desesperar.
Página noventa y seis. Menudo número. El antagonista de su primo hermano. Es una cifra solitaria, o algo peor que eso, un número enfrentado consigo mismo.
Lejos del erotismo del sesenta y nueve, el noventa y seis se muestra apagado, triste, anormal. A pesar de la redondez de sus símbolos, es algo puntiagudo y casi ofensivo. Una espalda contra otra ignorándose, o peor aun, sabiendo que están condenados a pasar el resto de la eternidad sintiéndose ajenos, alejados el uno del otro. El nueve necesita al seis, y el seis al nueve. Ambos saben que sin el otro dejarían de ser lo que son, pero juntos demuestran el patetismo del ser y no ser al mismo tiempo. Unidos no son agradables, pero separados no existirían.
Son amantes conflictivos, irrespetuosos, odiosos. Pero amantes. Y el momento en que ambos piensan simultáneamente que podrían mirarse a la cara, merece la pena. A pesar de que son conscientes de que jamás verán del otro nada más que la espalda, o la lejanía autoimpuesta por inevitable.
Y muchas son las veces que necesitan un abrazo el uno del otro. Y muchas son también las veces que se convencen mutuamente de que eso sería perjudicial para ambos, ya que dejarían de ser lo que son. Aunque odian serlo. Aunque les encantaría cambiarlo y convertirse en el sesenta y nueve al que tanto envidian.
Es casi imposible conseguirlo, pero de algo están seguros: no lo añorarían tanto si no lo hubieran probado alguna vez. Por eso, desde aquí, y sin saber mucho de números, se puede asegurar sin miedo a equivocarse, que el número noventa y seis, algún día fue algo parecido al sesenta y nueve y ¿por qué no? Puede volver a serlo. Sólo es necesario que el seis y el nueve -no importa quien pruebe primero- intenten darle la vuelta a todo para que sus caras vuelvan a estar lo más cerca posible.
Puede parecer una historia de números, pero lo único que está claro, es que esto dista mucho de ser algo exacto.
El gilipollas que se enamoró -de una rubia que no conocía- en un sueño
Sabes que es rubia y con los ojos azules. Sabes que es GUAPA, demasiado guapa. La has visto un millón de veces pero sabes que NUNCA la verás, que NUNCA la olerás y lo peor de todo, que ella ni siquiera te MIRARÍA aunque la tuvieras a dos centímetros de la cara.
Sabes que existe, que está ahí, en los mismos sitios en los que tú alguna vez estuviste. Has pisado miles de veces por donde ELLA pisó. Pero NUNCA vais a coincidir en el mismo lugar, porque es PERFECTA, pero no tanto -o quizá demasiado-.
No es una actriz, ni una MODELO (de moda). Es real. Tan real que puedes imaginarte con ella. Pensar que quizá con un par de años menos… O un par de años más… A lo mejor tú y ella…
La vi y me gustó. Está ahí, tiene amigos, habla con ellos. Escribe un blog interesante, abrumador. Tú lo lees y te sientes cerca de ELLA. Pero no lo suficiente. Lo vuelves a leer y te sientes lejos. Demasiado… Demasiado seguro de que demasiadas VOCES entran en su CABEZA. Y de que algunas -por suerte- también salen.
Y luego, en la cama… Es un sueño recurrente. Aparece noche tras noche. Con esos ojos, ese pelo rubio. Azul, amarillo, azul, amarillo. Y eres tan gilipollas que te enamoras de un sueño. El mejor sueño. El sueño que hace que te sientas mierda cuando despiertas, que hace que pienses en todo lo que has perdido simplemente por haber abierto los ojos. El que hace que ESPERES que te CONTESTE a algo que ni siquiera ENTENDERÁ.
Es posible que se sentara en los mismos pupitres que tú. Es tan posible como que es la única que te hace sentir bien, aunque sea en sueños. Y sueñas, y sueñas, y sueñas… Y te despiertas y sigue ahí, tan distante como siempre. Ya no te da los besos que imaginas. Aunque te siguen quemando los labios. Ya no tiene la voz que le has adjudicado, porque no conoces la suya (sólo la conoces porque la has visto en mil fotos), aunque existe.
Y los ojos, y el pelo, y los ojos, y el pelo, y los ojos… y ESA CARA.
¿Obsesión? Seguro.
ELLA sólo busca un beso. SÓLO eso. Y no sabe lo afortunada que es. Realmente no lo sabe. Y ni siquera imagina que yo sería capaz de darle ESO y todo lo que me pidiera.
Pero sólo quiere un beso. Sólo NECESITA que la besen. Y me jode muchísimo, no sabe cuánto. Porque no sabe lo que se está perdiendo. Lo que nos ESTAMOS perdiendo.
Y me encanta conocerla sin que me conozca, porque es un SUEÑO. Es mi SUEÑO. Del que no sale. No podría aunque quisiera alejarse de mis noches, de mi cama. Puro, limpio, triste. Rubia, es rubia. Y con los ojos azules. Un gorro blanco, un vestido negro, unas gafas de sol. Una foto en blanco y negro. O lo que sea. Porque es mi SUEÑO.
Es guapa, es muy guapa. Y es rubia. MUY RUBIA.
Y ni siquiera sabe que existo.
Y si lo sabe… Dios me libre de intentarlo, porque ELLA SABE que lo conseguiría.
Demasiado rubia y demasiado distante.