Los besos telefónicos
- Bájese un poco el pantalón -fue lo primero que le dije.
- ¿Así?
- Si, perfecto -le contesté distraída mientras clavaba la aguja.
- ¡Ay!
- Ya está, mantenga ahí el algodón si quiere.
- Bueno, no ha dolido demasiado.
- Hago bien mi trabajó -señalé mientras le miraba de refilón- nunca he tenido quejas y eso que llevo muchos años como enfermera.
- Habrá visto muchos culos feos y gordos como el mío entonces -contestó sonriendo.
- No se crea, el suyo no es de los peores.
Rió con estruendo y a la media hora pasó a recogerme por la consulta. Me acompañó a casa bajo la lluvia y yo le hice esperar en el portal. A los cinco minutos se alejaba por la acera luchando para que el viento no se llevara el paraguas que le acababa de prestar. Volví a fijarme en su culo con mucha curiosidad y acabé por convencerme de que realmente no era de los peores sitios donde clavar una jeringuilla. Cuando me di cuenta estaba preparando la comida con una gran sonrisa en la cara y una rara sensación en el estómago.
- Dígame.
- ¿Espe?
- Si, soy yo ¿quién es? -pregunté sabiendo perfectamente la respuesta y maravillándome por el grave tono que se oía al otro lado del auricular.
- Soy yo, Pedro.
- ¡Ah Pedro! ¿Qué tal estás? ¿Te mojaste mucho?
- Perfectamente ¿y tú?
- Un poco ocupada…
Y la conversación, cuyo primer objetivo era concretar fecha y hora para que aquel paraguas negro regresara a casa de su legítima dueña, acabó dos horas después con un beso telefónico y una cita para cenar al día siguiente.
Y como al día siguiente no llovió, Pedro se olvidó de nuevo del paraguas. También se olvidó al día siguiente y al siguiente. Y pasó el tiempo y llegó la sequía y mi paraguas seguía en casa de Pedro. Y lo que al principio parecía una excusa para quedar y vernos poco a poco se convirtió en un recuerdo. Y las conversaciones fueron cada vez más y más largas. Y me compré un móvil y aprendí a enviar mensajes de texto. Y muchas cosas más.
Ahora recuerdo con melancolía todas esas horas colgados al teléfono, riendo y mandándonos besos como si en aquella sórdida consulta hubiéramos rejuvenecido hasta los diecinueve años. Pero ya no hay besos por teléfono. Ya no hay citas. Ya no hay tensiones, ni ¿qué me pongo? Ahora hay compras en el hipermercado los sábados por la mañana, arreglo de persianas, limpiezas generales…
Y yo ya no quiero todo esto, quiero volver a los besos telefónicos y a los mensajes de texto. A la excitación. Al vernos de vez en cuando. Me gustaría no haber tenido prisa. Querría no haberlo acelerado todo. Me hubiera gustado haberlo conocido a los diecinueve y no a los cuarenta y cinco y tener todo el tiempo y todos los besos del mundo. Quisiera haber saboreado cada momento, cada etapa, cada paso, cada llamada telefónica, incluso aquellas que, antaño, ni siquiera hubiera podido pagar. Habría dado cualquier cosa, lo que fuera, por no haber tenido que jugar contrarreloj y saber que realmente lo que se acaban no son los besos, sino el tiempo.
- ¡Espe! ¿Puedes sacar tú hoy al perro?
- ¿Y si vamos los dos juntos dando un paseo?
- ¿Estás loca? Mira como llueve…
- Tienes razón.
Fue justo en el momento en el que nuestro gigantesco sanbernardo se sacudía sin miramientos a mi lado cuando noté ese abrazo a traición que tanto me gustó.
- Te he traído el paraguas, que ese chubasquero te queda muy mal… -me susurro al oído- te dije que no te lo compraras.
Me dio un pequeño mordisco en la oreja y yo me giré. Estuvimos allí un rato besándonos de nuevo bajo la lluvia, como nos hubiera gustado hacer el primer día y tantas veces hicimos durante los años posteriores.
Entonces lo comprendí: decidí olvidarme de lo anterior y no pensar en lo futuro.
Desde ese momento voy saltando de alegría al hipermercado los sábados por la mañana y cuando hacemos limpieza general, canto a voz en grito.
Hérincë dijo:
10 Abril 2008 a 6:38 pm
=)
pUS dijo:
13 Abril 2008 a 4:09 pm
Me gUSta muuuuchooooo!!!!!!!!!!
xDDDDDDD
plasplasplas dijo:
3 Mayo 2008 a 12:36 pm
mmmmmmmmmmmmmm las prisas en ocasiones aceleran la llegada de la monotonía… no darse prisa en ocasiones no nos permite llegar a disfrutar de ningún beso bajo la lluvia