Los usos de una corbata
Por suerte conseguí resistir hasta los treinta y cinco sin ponerme un traje, una corbata y unos zapatos. La posibilidad de vestir a mi antojo fue una de las pocas cosas que siempre agradecí de mi trabajo, además del sueldo que cobraba. Hablo en pasado porque no hace más de dos meses me pusieron de patitas en la calle por un supuesto acoso sexual a una compañera. Fue algo así de ridículo:
- Marina, hoy estás muy guapa.
- Gracias, tu siempre lo estás ¿te gustaría salir a tomar hoy algo?
- Pues quizá otro día, hoy estoy muy cansado.
- Venga hombre, que es viernes.
- En serio, no puedo…
- Vale, entiendo. Pero te vas a enterar.
Quince días después estaba en la oficina del paro a las nueve de la mañana. Sinceramente, creo que estaban buscando una excusa para largarme. Y siguiendo con la sinceridad, creo que podrían haberse buscado otra un poco mejor. Por lo menos esa misma semana acabé sudando con Marina en su sofá de piel blanca, mientras su marido sudaba de otra manera poniéndose en forma en un gimnasio frecuentado, según las malas lenguas, por conocidos homosexuales de la ciudad. Fueron dos semanas muy raras.
Se me había acabado el chollo; adiós al buen sueldo por no hacer nada. Fue un triste suceso, pero tardé poco en superarlo ya que mi querida amiga la hipoteca del piso, me ayudó a ponerme en marcha rápidamente y mi soltería, a veces forzada pero casi siempre elegida, hizo el resto. Con tantos gastos y un paro raquítico tendría que buscar un empleo. Si por lo menos hubiera tenido una mujer buena y trabajadora que pagara las facturas mientras yo buscaba algo digno, me habría dado el lujo de elegir. Como no era así, cogí lo primero que encontré:
“Se busca comercial para importante empresa editorial. Entre 25 y 35 años. Se exige buena presencia y don de gentes. 1000€ netos al mes más incentivos. Gran oportunidad.”
Contaba con casi todos los requisitos, así que me corté el pelo, me afeite y llamé para solicitar el puesto. Me pidieron el currículum y a la semana y media estaba en Zara comprando un traje; al día siguiente empecé a trabajar. Vendedor de enciclopedias, un trabajo absurdo hoy en día. ¿Quién compra actualmente enciclopedias habiendo Internet? Aun así hice el gasto. Un traje bonito, serio y no demasiado caro. Una camisa y una corbata a juego. Dos camisas, que sudo mucho. Unos zapatos clásicos pero cómodos. ¿Una corbata o dos? De momento una, veamos qué tal se venden las enciclopedias en pleno siglo XXI.
El primer día no vendí nada, aunque un par de marujas se me insinuaron, por lo que mi ego aumentó y la salud de mi autoestima resistió lo suficiente como para intentarlo de nuevo al día siguiente.
El segundo día no estuvo mal del todo. Vendí una enciclopedia a un nuevo rico que tenía correteando alrededor de sus pies a dos mocosos, a los que por lo visto quería quitarse de encima:
- ¡Cómprala papá! ¡Queremos la consola!
- ¡Si! ¡Queremos la consola! ¡Nuestros amigos tienen una igual!
- De acuerdo, de acuerdo. Pero dejad de tocarme los cojones.
- ¡Bieeeeeeeeeen!
No estaba mal, había vendido una videoconsola por veinticinco cómodos plazos de treinta y seis euros. Esa hazaña me dio fuerzas para resistir el resto de la semana. Otros tres días horribles en los que no fui capaz de vender nada, aunque estuve a punto de conseguirlo un par de veces. Creo que sólo en esa semana recorrí la mitad de la ciudad. Llegó el viernes y yo estaba exhausto. Me acosté a las nueve de la noche y desperté a las cuatro de la tarde del domingo. Empezaría la semana repleto de fuerzas y con una nueva idea: me convertiría en vendedor de videoconsolas con una enciclopedia de regalo.
El lunes me puse el traje y la corbata y comencé a poner en práctica mi estrategia, que funcionó a las mil maravillas. Lo importante seguía siendo la enciclopedia, pero los argumentos se centraban en los videojuegos, en la salud emocional de los hijos, en los ratos de ocio y otras gilipolleces que se me ocurrían sobre la marcha. Hice cuatro ventas en una semana. Mi jefe alucinaba y me miraba con los ojos muy abiertos. Fui invitado a dar una charla remunerada a mis compañeros, con el fin de motivarlos y enseñarles mis estrategias. Los dos o tres que llevaban más tiempo que yo en el mundo de las ventas me miraron recelosos durante el discurso, los otros diez o doce eran incluso más novatos que yo mismo.
Todo marchaba bien. Me gustaba mi trabajo. Lo tenía todo: me sentía realizado, cobraba unos incentivos bastante altos, practicaba bastante habitualmente buen sexo sin compromiso … Hasta que un día sucedió.
Me abrió la puerta Villafaña, el tío más cabrón de mi ya ex oficina.
- Hombre Pereira ¿qué coño estás haciendo así vestido? ¡Jajaja! -le oyeron reirse en toda la escalera- Estás ridículo.
- Pues ya ves Villafaña, me echaron y ahora vendo enciclopedias.
- ¡Jajaja! Siempre fuiste un pringao, no me extraña en absoluto -y siguió riendo. Hay que reconocer que se lo había montado bastante bien, un piso nuevo en una zona exclusiva, en pleno centro. Me entraron ganas de ver ese sitio por dentro.
- ¿Te interesaría comprar alguna? Ahora regalamos una videoconsola que…
- Pero ¿qué coño estás diciendo mamón? ¿Qué hostias te voy a comprar yo nada a tí? -seguía con la sonrisita en la boca y ya estaba empezando a hartarme.
- También es verdad ¿para que querrías tú una enciclopedia? Ni siquiera sabrías usarla -le contesté muy bajito.
- ¿Qué acabas de decir cabronazo? ¿Me acabas de llamar tonto en mi propia casa? ¡Te voy a partir la cara!
Levantó el brazo con intención de agredirme. Yo como pude le golpeé en el estómago con el tomo de muestra, el que va de FRE a INF. Mil doscientas veintidós páginas de información actualizada, impresas a todo color en papel de máxima calidad, le hicieron doblarse sobre sí mismo. El tomo también le golpeó en la nuca acto seguido, dejándolo inconsciente. Le até las manos con unas bridas y lo inmovilicé como pude en una lujosa silla, uno de los únicos muebles -otro era una solitaria cama que no conseguía llenar el dormitorio que se veía al final del pasillo- que había en la casa. Debía estar mudándose o simplemente usaría aquel sitio de picadero, eso explicaría que estuviera tan lejos de su domicilio habitual y por consiguiente, de su esposa. Tardó bastante en despertarse.
- ¡Hijoputa! ¿Qué me has hecho? ¡Suéltame ahora mismo!
- Cállate Villafaña.
- ¡Te voy a partir la cara!
- Eso ya lo dijiste antes y creo que no cumpliste, machote.
- ¡En cuanto me sueltes voy a llamar a la Policía y a tus jefes! ¡Haré que te despidan!
No sabía muy bien que hacer, pero ese ricachón hijo de puta tenía toda la razón. No podía permitir que se chivara a mis jefes. Necesitaba ese trabajo así que, sin perder la calma -han pasado ya más de treinta días y aun no sé como conseguí estar tan tranquilo- intenté urdir un plan para salir indemne.
¿Robarle y tratar de tirar un tiempo con el botín? No, allí no había nada que pudiera vender.
¿Salir huyendo y confiar en que todo se solucionara? No funcionaría, la había cagado demasiado.
¿Quizás conseguir un producto que le provocara una pequeña amnesia? ¿A lo mejor emborracharlo para que no se acordara de lo sucedido? Todo era bastante absurdo.
Mientras yo maquinaba mi plan y sin saber muy bien cómo lo consiguió, Villafaña se deshizo de las bridas y avanzaba hacia mí embargado por la furia. En un movimiento rápido le esquivé y le empujé por la espalda. Tropezó y cayó hacia adelante golpeándose contra la esquina de un mueble de madera de ébano. Quedó noqueado,medio inconsciente, así que volví a atarlo ahora más concienzudamente que antes. No se me ocurría ningún plan decente y el cabrón de Villafaña ya se había despertado y no dejaba de insultarme.
Fue entonces cuando me acordé de mis tardes con Hitchcock y en un rápido movimiento me desenredé la corbata del cuello y la coloqué en torno al de mi antiguo compañero de trabajo. Le abordé por detrás y cuando lo tuve bien sujeto apreté fuertemente hasta que dejó de patalear y gemir. Le tomé el pulso: estaba muerto. Antes de irme rompí algunas cosas y me llevé un marco de oro con la foto de una señora que no era su mujer. Parecía lo más caro de toda la casa, pero no sé si lo era lo suficiente como para que pasara por un robo violento. Posiblemente me pillarían tarde o temprano. Desaté el nudo de la corbata y la guardé en el bolsillo del pantalón. Cuando llegué a mi casa la quemé en un arrebato pseudo neurótico. Era conveniente destruir todas las pruebas.
Ha pasado ya más de un mes de eso y hoy cumplo sesenta días en mi trabajo. Nadie me ha preguntado por el cadáver y en el marco que robé he puesto una foto de Angelina Jolie. El trabajo va cada vez mejor, los incentivos no dejan de crecer y ya no gasto todo lo que gano en pagar facturas. Incluso creo que me van a ascender y al fin voy a conseguir un alto cargo, eso si en otra ciudad. Me viene bien cambiar de aires.
Además no me arrepiento de haber echado a perder aquella corbata. Al día siguiente tuve que ir a comprar otra. Es de un color azul apagado y la estoy usando en este mismo momento para atar las muñecas de una preciosa pelirroja a la cabecera de su cama.
Los besos telefónicos
- Bájese un poco el pantalón -fue lo primero que le dije.
- ¿Así?
- Si, perfecto -le contesté distraída mientras clavaba la aguja.
- ¡Ay!
- Ya está, mantenga ahí el algodón si quiere.
- Bueno, no ha dolido demasiado.
- Hago bien mi trabajó -señalé mientras le miraba de refilón- nunca he tenido quejas y eso que llevo muchos años como enfermera.
- Habrá visto muchos culos feos y gordos como el mío entonces -contestó sonriendo.
- No se crea, el suyo no es de los peores.
Rió con estruendo y a la media hora pasó a recogerme por la consulta. Me acompañó a casa bajo la lluvia y yo le hice esperar en el portal. A los cinco minutos se alejaba por la acera luchando para que el viento no se llevara el paraguas que le acababa de prestar. Volví a fijarme en su culo con mucha curiosidad y acabé por convencerme de que realmente no era de los peores sitios donde clavar una jeringuilla. Cuando me di cuenta estaba preparando la comida con una gran sonrisa en la cara y una rara sensación en el estómago.
- Dígame.
- ¿Espe?
- Si, soy yo ¿quién es? -pregunté sabiendo perfectamente la respuesta y maravillándome por el grave tono que se oía al otro lado del auricular.
- Soy yo, Pedro.
- ¡Ah Pedro! ¿Qué tal estás? ¿Te mojaste mucho?
- Perfectamente ¿y tú?
- Un poco ocupada…
Y la conversación, cuyo primer objetivo era concretar fecha y hora para que aquel paraguas negro regresara a casa de su legítima dueña, acabó dos horas después con un beso telefónico y una cita para cenar al día siguiente.
Y como al día siguiente no llovió, Pedro se olvidó de nuevo del paraguas. También se olvidó al día siguiente y al siguiente. Y pasó el tiempo y llegó la sequía y mi paraguas seguía en casa de Pedro. Y lo que al principio parecía una excusa para quedar y vernos poco a poco se convirtió en un recuerdo. Y las conversaciones fueron cada vez más y más largas. Y me compré un móvil y aprendí a enviar mensajes de texto. Y muchas cosas más.
Ahora recuerdo con melancolía todas esas horas colgados al teléfono, riendo y mandándonos besos como si en aquella sórdida consulta hubiéramos rejuvenecido hasta los diecinueve años. Pero ya no hay besos por teléfono. Ya no hay citas. Ya no hay tensiones, ni ¿qué me pongo? Ahora hay compras en el hipermercado los sábados por la mañana, arreglo de persianas, limpiezas generales…
Y yo ya no quiero todo esto, quiero volver a los besos telefónicos y a los mensajes de texto. A la excitación. Al vernos de vez en cuando. Me gustaría no haber tenido prisa. Querría no haberlo acelerado todo. Me hubiera gustado haberlo conocido a los diecinueve y no a los cuarenta y cinco y tener todo el tiempo y todos los besos del mundo. Quisiera haber saboreado cada momento, cada etapa, cada paso, cada llamada telefónica, incluso aquellas que, antaño, ni siquiera hubiera podido pagar. Habría dado cualquier cosa, lo que fuera, por no haber tenido que jugar contrarreloj y saber que realmente lo que se acaban no son los besos, sino el tiempo.
- ¡Espe! ¿Puedes sacar tú hoy al perro?
- ¿Y si vamos los dos juntos dando un paseo?
- ¿Estás loca? Mira como llueve…
- Tienes razón.
Fue justo en el momento en el que nuestro gigantesco sanbernardo se sacudía sin miramientos a mi lado cuando noté ese abrazo a traición que tanto me gustó.
- Te he traído el paraguas, que ese chubasquero te queda muy mal… -me susurro al oído- te dije que no te lo compraras.
Me dio un pequeño mordisco en la oreja y yo me giré. Estuvimos allí un rato besándonos de nuevo bajo la lluvia, como nos hubiera gustado hacer el primer día y tantas veces hicimos durante los años posteriores.
Entonces lo comprendí: decidí olvidarme de lo anterior y no pensar en lo futuro.
Desde ese momento voy saltando de alegría al hipermercado los sábados por la mañana y cuando hacemos limpieza general, canto a voz en grito.
Los cementerios están llenos de valientes
- ¿Qué es cobarde abuelo?
- Un cobarde es una persona que huye de sus miedos, de sus problemas o de sus responsabilidades.
- Pero huir puede ser una solución…
- Huir no vale de nada, al final aquello de lo que escapas acaba encontrándote y haciéndote daño.
- ¿El que huye de la muerte también es un cobarde?
- Hijo -me miró- a veces hay cosas más importantes que la vida de uno.
- ¿Cómo puede ser eso? La vida es lo máximo que tiene una persona. Nos lo han dicho en el colegio.
- Y es verdad, pero a veces no es la propia vida la más importante, sino la vida de otros. Ahora mismo yo daría mi vida por salvar la tuya si fuera necesario.
Con diez años descubrí que era un cobarde y fue mi abuelo quien me lo confirmó. Esa es una situación que no se puede compatibilizar con una vida normal. Aun así seguí huyendo de casi todo lo que no me gustaba y hasta hace poco no me había ido mal. De lo que nunca pude escapar fue de la obsesión con mi cobardía,
que me perseguía día y noche y resonaba en mi interior, cada vez más y más fuerte. Aunque consiguiera ocultar a los demás mi pusilánime condición, siempre había algo que me recordaba mi falta de valor. Yo haría todo lo posible por conservar la vida, correría si fuera necesario para que no me enterraran antes de lo debido. Y no miraría atrás. Hoy sigo pensando lo mismo, los cementerios están llenos de valientes.
Poco después llegué a la conclusión de que, como todo, la cobardía es relativa. El concepto depende sobre todo de la edad. Un niño cobarde es un niño normal, todo le da miedo y los demás deben estar continuamente alentándolo para que supere sus temores. Habitualmente cuando sus padres deciden que es lo suficientemente mayor como para no tener que seguir protegiéndolo, ese niño se convierte en un joven valiente. Si no lo consigue se convierte en un joven cobarde. El joven cobarde simplemente pasa inadvertido, nadie le reclama nada y él nada da. Incluso se le suele considerar como el más maduro y sensato entre los de su edad. Los cobardes adultos ya no pasamos inadvertidos, aunque lo intentamos. Llegado este punto ya no hay vuelta atrás, serás cobarde hasta tu muerte y esta puede sobrevenir antes y acabar con una vida de pavor y sobresaltos, o no llegar hasta que seas viejo. Todo el mundo te conoce a ti y a tus miedos, por lo que no puedes esconderte jamás. Los viejos son los peores cobardes y sólo hay una palabra que los defina en su totalidad: patetismo. Ellos lo saben y viven con su triste atributo, pero jamás llegan a asumirlo o controlarlo. Se sientan a ver pasar la vida, sin poder ser siquiera los protagonistas de su propia historia.
El último y único acto que podría redimirme de esta obsesión rondaba mis pensamientos desde hacía ya bastante tiempo, sólo como una idea lejana, como una forma rápida y dolorosa de liberarme de mis penas y alcanzar una paz absoluta. La única forma de coger los mandos, controlar mi vida y al contrario que el piloto que trata de evitar un aterrizaje mortal, precipitarme hacia la dura pista como si fuera la única meta alcanzable.
Empujado por la convicción de que había elegido el único camino redentor para un cobarde de mi altura, me dirigí al
puente que había sido escenario de mis ensoñaciones durante los últimos días. Alto y poco concurrido era el lugar perfecto.
Antes de llegar traté de envalentonarme con un par de tragos, que acabaron convirtiéndose en un par de decenas. Cuando llegué, allí estaba él.
Hablaba perfectamente el castellano. Elegía las palabras con precisión y pronunciaba de una manera clara y segura. Me dijo que era suizo cuando salté la barandilla y ambos estábamos sentados ya en el borde del puente, mirando hacia el abismo que se extendía bajo nuestros pies y con las mismas ideas suicidas.
- Me dejó y nunca podré recuperarla -yo asentí pensando en lo poco que se le notaba que fuera extranjero.
- Si una mujer se va, no vuelve. Fuiste un ingenuo al pensar que podrías recuperarla.
- Tienes razón -me dijo mientras se desprendía del precioso reloj de oro que adornaba su muñeca izquierda.
- Lo único sano que se puede hacer con ellas es olvidarlas.
- Quizá, pero eso ya no tiene importancia -me dio su reloj y saltó al vacío.
- Ahí va un hombre con suerte -pensé.
Cada vez que recuerdo la escena imagino a aquel suizo precipitándose desde las alturas con una sonrisa en su boca. Hay que tener agallas para hacer lo que él hizo, aunque siempre será más fácil el suicidio que superar el adiós de una mujer.
Yo por el contrario, no tengo valor para ninguna de las dos cosas. Abandoné el borde del puente saltando la barandilla en dirección a la carretera. Con los pies sobre el asfalto volví a sentirme seguro, pero mucho más desgraciado que antes. Ruin, cobarde, triste y un poco desorientado, no porque no supiera dónde estaba, sino más bien porque no sabía hacia dónde ir. Ni siquiera me había planteado la posibilidad de un camino de vuelta.
Espero que ese suizo escribiera una nota, porque sino sería sospechoso que yo anduviera por ahí con su lujoso reloj, mientras el criaba malvas. Por si acaso decidí no avisar a la policía. Un cobarde como yo huye sobre todo de dos cosas, la muerte -como acababa de comprobar- y la cárcel. Ambas cosas deben de tener mucho en común. Espero no comprobar esas semejanzas en mucho tiempo.
Aquel pobre desgraciado me hizo comprender una cosa: pronto seré un viejo cobarde, a no ser que alguna enfermedad lo remedie.
Como envidio a ese suizo.