Un par de coincidencias temporales

19 Febrero 2008 at 1:00 pm (Cuentos, Relatos)

Una extraña sensación me recorrió de arriba a abajo al despedirme de mis padres en la puerta del hospital. La situación era muy rara, estábamos allí los cuatro: mi padre, mi madre, María -mi mujer- y yo, ante la puerta de aquel excelso edificio, que se agitaba en lo que a mi me pareció un siniestro bullicio. En ese punto se separaban los caminos de las dos parejas que formábamos entre los cuatro. María y yo nos dirigimos al ala Oeste del hospital mientras que mis padres, entre toses, tomaron rumbo a la Este, justo en la otra punta.

Serpenteamos por el laberinto de pasillos, despachos y consultas, hasta llegar a una sala de espera gris por su mala iluminación, pero aun así resplandeciente por la alegría que se desprendía de las sonrisas de los que allí aguardaban su turno. “Lo más seguro es que esta sea la única sala de espera de todo el edificio en la que pueda haber algo de alegría” pensé, y al instante me acordé de mis padres. Estarían esperando en un lugar similar a aquel, triste y oscuro, sin ninguna sonrisa de esperanza que iluminara aquella parte del edificio y a su vez a todos los que allí estaban. Se me formó un nudo en el estómago y me agaché un poco para intentar mitigar el dolor. No podía respirar.

-¿Qué te pasa?

-Tranquila, sólo son nervios.

Me agarró fuerte sin apartar la mirada de la puerta de la consulta médica. Sin prestarme atención adivinó la situación de mi mano. Esa confianza me proporcionó un agradable sosiego y respiré un poco más tranquilo. Estiré las piernas y me relajé un poco más. Al fin nos llamaron.

-¿María González?

Entre la puerta abierta vi al médico hojeando desinteresadamente un informe, con la seguridad que da la experiencia. La ansiedad me volvió a atacar, pero esta vez en otro punto y me llevé la mano al pecho sin ser siquiera capaz de disimular. María me miró y me sonrió. Nos sentamos.

-Hola María.

-Hola.

-Bueno, pues ya tenemos los resultados. Enhorabuena, estás embarazada.

Sin darme cuenta empecé a sonreír y vi como los ojos de María se llenaban de lágrimas. Nos abrazamos y nos besamos. Fue todo bastante sentimental y a pesar de que a ninguno nos gusta expresar nuestros sentimientos en público, ambos coincidimos en aceptar la importancia de la situación y en dar rienda suelta a nuestra alegría. Es lo que llevábamos buscando años y al fin lo habíamos conseguido. Me sentía pleno como persona y absolutamente feliz. Nada podría ir mal a partir de ese momento.

-Estás de tres meses. Así que si todo va bien, dentro de seis serás mamá.

Estaba inmerso en mi felicidad pero cuando vi los ojos ilusionados y radiantes de María, me di cuenta de que todo lo que se agitaba en mi interior no era nada en comparación a como se debía sentir ella, albergando una nueva vida en su vientre. Estaba incluso más guapa que de costumbre.

Disfruté ese momento como no lo había hecho en ningún otro y sólo quería volver a encontrarme con mis padres para contárselo. Quería decírselo a todo el mundo. Que todos supieran que al fin iba a ser padre. Y que María iba a ser madre.

Los vi a lo lejos, esperando en el mismo sitio donde nos habían dejado hacía una hora. Me acerqué a ellos contento de poder alegrar sus caras serias con las buenas nuevas que traía.

-¡Estamos embarazados! -grité.

Enseguida comenzaron los besos y los abrazos. La alegría inmensa. Empezaron los planes y las preguntas.

-¿Qué te parece Alba? Vas a ser abuela.

Mi madre sólo pudo contestar con tos, nos miró llorando y sonriendo a la vez y nos abrazó. Su alegría por nosotros era mucho mayor que la que pudiera tener por cualquier otro motivo y se le notaba. Siempre me pareció muy meritorio el como mi madre, pasara lo que pasara, siempre se preocupaba más de mí o incluso de María, que de ella misma. Mis alegrías eran las de ella e igualmente compartía mis tristezas, aliviándolas de este modo. A partir de ese día comprendería un poco mejor la magnitud de su amor, aunque no lo supe hasta un tiempo después.

Ya en casa, mientras mi madre y María charlaban, hacían planes y curioseaban un libro de nombres para bebés, yo hablaba con mi padre.

-Bueno ¿y que os dijo el médico?

-Pues… -se calló durante demasiado tiempo, con la mirada perdida.

-No me asustes papá… -sus ojos me lo dijeron todo, pero no reaccioné hasta que no tuve su confirmación verbal.

-Tu madre se muere hijo. Cáncer de pulmón. Le han dado seis meses de vida.

Esa noche no conseguía dormir, así que después de intentarlo en balde me levanté y estuve llorando en el salón para no molestar a María. Ahora me sentía tremendamente culpable por no haber acompañado a mis padres al médico y me prometí que no me separaría de mi madre en sus últimos días de vida.

Seis meses después volvimos juntos al hospital. La tos de mi madre y sus ahogados lamentos encubrieron de una forma triste y desoladora los dolores del parto de mi esposa, que comprendiendo la situación no quiso acaparar el protagonismo que toda parturienta debería tener. Le cedió a mi madre la ambulancia que habíamos pedido para ella y para mi hijo y yo la acompañé en coche hasta el hospital.

-Lo siento María, pero creo que debo ir a despedirme de mi madre.

-Ve, yo estoy bien cuidada -me guiñó un ojo y me sonrió, ocultando los dolores que sufría en ese momento sólo para hacerme sentir un poco mejor. Entonces comprendí de nuevo y vi, que a pesar de que aun no había dado a luz a nuestro hijo, ya actuaba como una madre, como una buena madre. Preocupándose por mí igual que aquella que ahora agonizaba a tan sólo unos metros de allí.

Salí llorando de la habitación de mi mujer y antes de entrar en la de mi madre me limpié las lágrimas.

-¿Qué tal María? -me preguntó entre toses.

-Bien mamá, se ha quedado con sus padres.

-Vete con ella hijo, te necesita.

-No te preocupes, ahora me quedo contigo.

Unas horas después murió entre delirios. Elegí despedirme de mi madre antes que darle la bienvenida al mundo a mi hijo. Y no me arrepiento, tenía toda la vida por delante y jamás le faltaría su padre, aunque si su abuela y con ella una parte de mí que nunca volvería. María lo entendía y él, tomara el nombre que tomara, también lo entendería en el futuro.

No quería separarme del cadáver de mi madre, no volvería a verla.

-Vete a ver a tu hijo, por favor.

-No quiero papá. No puedo.

-Tú hazme caso, vete a verlo.

Nos miramos a los ojos y sin comprender muy bien todo aquello, obedecí a mi padre. Salí de la habitación llorando y me volví a limpiar antes de entrar en la de mi hijo y su madre.

Cuando entré ella estaba más guapa que nunca, con nuestro pequeño en brazos.

-Me hubiera gustado que mi madre lo hubiera conocido.

-A mi también.

Le di un beso a María y de nuevo comprendí. Comprendí a mi madre y a mi padre. Los comprendí en el mismo momento en que miré los ojos aun cerrados de mi hijo.

-¿Cómo lo vamos a llamar al final? -pregunté.

-Podemos llamarlo Álvaro, es lo más parecido a Alba que se me ocurre.

-Me gusta mucho la idea. Gracias.

Sonreí y seguí comprendiendo.

Podría volver a ser feliz.

Todo lo que acababa de perder ese día había vuelto a mí por otra vía y transformado en lo opuesto. Ahora yo era el que tenía la oportunidad de amar a alguien incondicionalmente. De quererlo y preocuparme por él hasta la muerte.

Nunca olvidaré esos meses y tampoco aquel día. Un diecinueve de febrero de hace ya muchos años. Posiblemente muchos se han dado cuenta de lo mismo antes que yo. Seguramente comprendí todas esas cosas gracias a un par de coincidencias temporales. Quizá no sea una historia original y genuina. Pero es mi historia.

Y la de mi hijo.

Permalink 5 comentarios