Toma anda, límpiate
-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.
-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.
Todo se torció definitivamente hace unas cuantas horas, cuando me vi obligado a ir a la iglesia a confesarme con el padre Miguel.
La familia de Ana es cristiana, católica, apostólica, romana, practicante, beata y no se cuántas cosas más, por lo que sus padres querían que nos casáramos en su parroquia de toda la vida, como debía ser.
No me importaba hacer todo eso. Siempre había sido bastante calzonazos y un poco feo por lo que Ana, que era una auténtica monada con su belleza virginal -auténtica- su carita de porcelana y su toque morboso, era más de lo que yo podía esperar conseguir. Ni siquiera me interesaba el dinero de su acomodada familia. Me gustaba Ana, la quería y eso era suficiente. No había más que hablar.
Yo ni siquiera había tomado la primera comunión, por lo que accedí -no sin reparos- a llevar a cabo todo el procedimiento canónico estipulado para poder contraer matrimonio, todo eso en poco más de un mes. Y en poco más de un mes tuve que ir a catequesis, a un retiro espiritual con mi futura mujer -durmiendo en habitaciones separadas- y confesarme con el padre Miguel, antes de recibir el Cuerpo de Cristo. Aunque esto último no pude hacerlo.
-Hijo ¿te masturbas? -me preguntó en el mismo confesionario.
-Padre, no creo que eso sea de su incumbencia.
-No de la mía hijo, pero si de la de Dios -esa afirmación me asustó bastante y contesté titubeando.
-Si padre, me masturbo.
-¿Y como lo haces?
-¿Eso también le interesa a Dios, Padre Miguel? -más bien creo que le interesaba a él. Podía decírmelo, sin reparos. Incluso si nos hiciera un pequeño descuento en la factura de la boda podría hacerme unas fotos durante el proceso que tanto le interesaba y dárselas, no me importaba.
-Jovencito, es usted un descarado y un maleducado. No sólo comete actos impuros con su propio cuerpo, sino que también peca de vanidad y lujuria. Es usted un depravado y carne de infierno.
Yo no entendía nada ¿Tan malo es hacerse una paja de vez en cuando? Y más cuando tu novia desde hace cinco años y futura mujer, no accede a tener ningún tipo de relación carnal contigo. Por supuesto yo estaba más salido que el balcón de mi casa y esa era una realidad que trataba de ocultar tras un onanismo exagerado. ¿Qué problema había por desahogarse de vez en cuando? Sigo sin darle una explicación. Si alguna vez fundo una religión, dar y recibir placer sexual será uno de sus más importantes preceptos. Creo que si no me tocara tan habitualmente no podría resistir la presión a la que la familia de Ana y ella misma me someten. No podría resistir estar con ella sin violarla o a matarla de pura rabia. De hecho, creo que la masturbación me convierte en una buena persona, o al menos en una persona normal. Lo que no puede pretender el Padre Miguel, es que encima de no follar y no poder masturbarme, sea una buena persona. Creo que es mejor hacerse una paja que matar a alguien, así que no le hice mucho caso al cura y entre estos pensamientos me descubrí tomando la primera de esa noche de viernes, en un bar bastante lúgubre, pero en el que me sentía cómodo no obstante.
Seguía dándole vueltas a la cuestión, por lo visto de una forma tan vehemente en mi debate interior que hasta el camarero se percató de mis tribulaciones.
-¿Qué te pasa amigo? Te veo nervioso -no me conocía de nada y creo que comenzó la conversación para sondearme un poco y comprobar si como él pensaba, estaba completamente chalado.
Yo por el contrario no corroboré sus cavilaciones y le espeté un argumentado discurso, contándole lo que aquella tarde me había pasado en la parroquia.
-Te entiendo amigo. Mucha mojigatería y poco sexo. Eso es lo que les pasa a los católicos. Sin embargo… -y se acercó bastante a mí para acabar la frase- Si quieres tener una experiencia como nunca en tu vida, puedo recomendarte a una diosa del sexo. Una profesional.
-¿Una puta? -pregunté escandalizado, mientras retiraba el taburete de la barra, con los ojos como platos.
-Esa es una descripción muy burda amigo. Es una diosa. Lo que hace es indescriptible, al menos con palabras. Sólo el que la prueba puede saber de lo que hablo. Aunque por supuesto, te cobra. De algo tiene que vivir.
Nunca me lo había planteado, aunque Ana fuera una estrecha y yo viera como cada día estaba más cerca de explotar. Sin embargo era muy tentador lo que aquel desconocido me proponía. Y cuanto más hablaba más me animaba a probarlo. Hacía más de cinco años que no tenía relaciones sexuales con otra persona y me daba igual las capacidades que tuviera mi pareja en esa tarea. Cualquier cosa me serviría. Pero según aquel camarero, que llevaba diez minutos salivando mientras trataba de convencerme de que lo probara, Sandra me llevaría al paraíso de los orgasmos.
-¿Y por qué quieres convencerme a mí? Tíratela tú si tan buena es.
-Lo haría. Pero Sandra no lo hace dos veces con el mismo hombre. Como te he dicho es una diosa y como tal nos utiliza. Ningún hombre la satisface y por lo tanto nunca repite y se dedica a buscar nuevos candidatos. Si tu consigues satisfacerla, podrías llegar a ser el hombre más envidiado del mundo.
Entre lo que a mi me parecieron desvaríos, fui capaz de entresacarle una dirección a aquel camarero grasiento. Desde luego Sandra no debía ser mala en su trabajo, ya que su piso se encontraba en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Vivía rodeada de políticos y famosetes, por lo que no debía faltarle trabajo cerca de casa.
Me daba un poco de miedo picar en su portal. Yo nunca había sido demasiado bueno en el sexo, más bien normalito. Y sin haber practicado durante tanto tiempo seguido, debía haber perdido mis pocas dotes como amante. Además no creo que pudiera satisfacer a una hembra tan hambrienta en tan sólo veinte o treinta segundos, que es más o menos lo que duraría. Así que antes de decidirme a seguir adelante, fui al baño de un bar cercano y me masturbé pensando en Ana.
Acto seguido subí hasta la puerta de la casa sin avisar antes por el telefonillo, ya que un vecino salía justo cuando yo entraba. Me abrió una morena increíble, con unos ojos verdes gigantes, alta y muy bien proporcionada. Pude observar, mirando de soslayo un amplio escote, que era el portal a un torso estilizado, encumbrado por dos preciosos pechos esféricos enfundados en una piel tersa y perfectamente bronceada. Me pareció que habían pasado siglos, sin embargo no debieron pasar más de unos segundos.
-¿Y tú quién eres?
-Me llamo Álvaro. Me han dado tu dirección y me preguntaba si estabas disponible -me sorprendí contestando con soltura y educación al mismo tiempo, quizá en esto del puterío si que fuera un alumno de sobresaliente.
-De acuerdo, pasa y siéntate monada, ahora mismo vuelvo.
Y efectivamente, volvió enseguida. Empujaba a un gordo alto, calvo y con bigote, intentando echarlo de su casa mediante violentos empellones. Él no hacía más que mirarla arriba y abajo, pero no dijo ni palabra. Cuando estuvo fuera, Sandra tuvo que buscarme un rato por el gigantesco recibidor donde se suponía que debía esperarla. Me encontró escondido tras un sofá.
-¿Pero qué haces ahí hombre?
-¿Cómo se llamaba ese señor?
-No lo sé, ¿qué más da?
-Creo que era el padre de mi prometida.
-¡Jajaja! -rió con estruendo- Es muy posible. Pero mira, lo he largado antes de empezar porque creo que no puede satisfacerme como puedes hacerlo tú, me pareces mucho más atractivo, aunque físicamente no eres gran cosa. Tienes algo especial. Sólo hay una norma, tienes que intentar esforzarte al máximo en aquel dormitorio -señaló el dormitorio-. Si lo consigues, seré tuya para siempre y créeme, tu también querrás ser mío. Si no lo consigues, serán doscientos cincuenta euros. Aunque todos suelen pagar más. ¿Lo has entendido?
-Perfectamente. No hay problema.
Tenía ese dinero y más, ya que suponiendo que mi aventura saldría mucho más cara, había visitado varios cajeros automáticos antes de subir.
-De acuerdo, entonces todo claro.
Me besó y en ese instante comprendí que lo que aquel camarero me había dicho se quedaría corto. Fue un beso increíble, llevado a cabo con mucha técnica y una materia prima envidiable. Los labios eran carnosos y suaves e incluso mientras besaban dejaban al descubierto un color bermellón de lo más sensual. La ejecución fue perfecta, con el grado justo de movimiento y humedad. Algo maravilloso, pero no era suficiente.
Pasamos al dormitorio y me tendí sobre la cama. Como en un chasquido, me desnudó y yo la desnudé a ella. La cosa no iba nada mal y ni siquiera recuerdo el momento en el que mi pene entró en erección. Sin pensar en otra cosa empezamos. Comenzó haciéndome cosquillas con la lengua por todo el cuerpo y más tarde se centró en una sola parte de este. Los niveles de excitación que llegué a alcanzar son indescriptibles, como dijo aquel gordo grasiento en el bar.
Aquella sensación de estar a punto de entrar a examinarme cuando Sandra me explicaba las reglas del juego, había desaparecido. Desde luego aquello no era una prueba, y si lo era, no tenía nada que ver con examen alguno de los que había hecho en mi vida. Y eso que un licenciado como yo había hecho muchos exámenes.
Dejó la boca unos instantes más sobre mi polla y luego volvió a besarme. No me importó. Después comenzó a cabalgarme. Lo hacía con tanta gracilidad que más bien parecía estar dándome un masaje. Sin embargo yo quería mostrarme más activo y habiendo recuperado la fe en mis dotes amatorias, gracias en parte a que ella misma me hacía mejor amante, decidí cambiar de posición en el aire. Con un movimiento certero, rápido y vigoroso le di la vuelta a la tortilla y ahora era yo el que cabalgaba. Marcando los tiempos, alternando suavidad con fuerza y lentitud con rapidez. Seguí penetrándola un rato hasta que no pude más y terminé. Sin embargo noté que mientras yo acababa ella también se corría con cierta intensidad.
Se dio la vuelta y me besó. Un beso que supo salado. Había lágrimas pero no supe de quien eran hasta que me acercó un pañuelo de seda.
-Toma límpiate -le hice caso mientras la miraba, tenía una espléndida cara de satisfacción. Creo que cumplí bastante bien.
-Me parece que deberías limpiarte tú también -le dije apuntando a sus piernas, mientras las miraba por última vez.
Me siguió sonriendo con cara de felicidad, algo que me llenó de orgullo. Pero aun así no me atreví a hacer la pregunta que me daría aquella respuesta que tanto me impacientaba. Siguió hablando.
-Ahora iré a ducharme, no te preocupes. Supongo que estarás esperando un veredicto.
-Si -asentí mirando ansioso.
-Lo siento, creo que estabas un poco nervioso. Tienes que dejarte llevar más.
-Pero…
-Si, me has hecho disfrutar. Mucho. Por eso aunque no voy a quedarme contigo, quizá te dé otra oportunidad en el futuro. Eso sólo lo hago en ocasiones especiales y espero que me guardes el secreto, porque sino vete olvidándote. Y compréndelo, es por mi propia seguridad. Sino tendría permanentemente pegados a mi puerta a todos esos pésimos folladores.
-¿Me estás diciendo la verdad?
-Confía en mí. Has sido especial. Y para demostrártelo no voy a cobrarte nada. Lo hago por gusto. Y muchas gracias, hacía mucho tiempo que no me corría así. Procura practicar, quizá la próxima vez lo consigas.
Me fui de allí con una sonrisa de oreja a oreja. Creí que se me iban a rasgar los labios por las comisuras. Tenía unas ganas tremendas de ir a aquel bar y darle un beso de tornillo al camarero que cambió mi vida. Sin embargo, con el dinero que me había ahorrado con Sandra, fui a una joyería y le compré una gargantilla a Ana.
Cuando llegué a casa se la di. Me dio las gracias y apartó el regalo.
-Me ha llamado el padre Miguel. Te has portado mal con él.
-Mira cariño, lo siento. Pero no sé si deberíamos seguir con esto.
-¿Pero por qué? -Se le notaba contrariada.
-Lo siento, pero creo que no llegaría a funcionar del todo.
Rompió a llorar.
-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.
-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.
-Lo siento Ana, pero me he dado cuenta de que no puedo comulgar con tanta mojigatería. Lo siento mucho, pero soy un hombre y tengo necesidades.
Un rayo de luz pareció iluminar su cara. Parece que la esperanza volvió a invadirla y yo sólo podía pensar en aquella tarde con Sandra. Sin embargo la situación dio un giro inesperado. Ana me dio el segundo beso salado de la tarde y húmedo, muy húmedo. Más que nunca. Al instante se agacho mientras desabrochaba los botones de mi pantalón y comenzó a chupármela. Extasiado de placer no supe como reaccionar y me corrí en su cara a los pocos segundos, manchando su rostro de porcelana.
Cogí otro pañuelo y se lo ofrecí.
-Toma anda, límpiate -le dije aun jadeando.
Hérincë dijo:
22 Enero 2008 a 1:33 pm
bendit0s pañuel0s… xD
me enkanta =)
per0 me keda la duda de si álvar0 necesitó repetir k0n sandra…
pUS dijo:
22 Enero 2008 a 1:35 pm
Corrector ortográfico al habla..
jajaja, mira que soy pesada…
Es genial (bueno, ya te lo he dicho)
Oye, dile a tu personaje que se han celebrado las Olimpiadas del Onanismo en Dinamarca (¿Dinamarca?, bueno, dá igual.. en un país de por ahí..) Es en serio..xD
Belones
HaSiRo dijo:
22 Enero 2008 a 1:38 pm
Jajaja, gracias correctora
Si, era en Dinamarca eso creo, ayer lo estuvimos comentando. Lástima que nosotros somos sólo unos aficionados, sino se podría ir… xD
Muacksss
paco burns dijo:
22 Enero 2008 a 1:55 pm
mmm…q maja sandra…
y donde dices q vive?
Miri dijo:
23 Enero 2008 a 2:29 pm
bueno, me ha ecantado, pero no nos puedes dejar así,…sigue sigue