El último eslabón de la cadena

25 Enero 2008 at 1:59 pm (Cuentos, Relatos)

Me llamo Sandra y nací hace casi veinticinco años aquí, en España. Sin embargo, mis extraños rasgos han conseguido confundir siempre a todo el mundo. Soy morena y con los ojos verdes, hasta ahí todo es bastante normal. Pero tengo una belleza mestiza que mezcla rasgos asiáticos, americanos y españoles.

Mi madre siempre me contaba la historia de como hace muchos siglos, una joven doncella iba a ser sacrificada como ofrenda a los dioses en un país de Centro América. La chica era una cría inocente y bellísima, motivo por el que había sido elegida para honrar a los seres superiores, con el objetivo de apaciguar sus iras tras una mala racha de hambrunas que ya duraba unos cuantos años. Llegó el día del sacrificio ritual y estando ya la chica en la pira y mientras las primeras llamas quemaban su cuerpo, un apuesto conquistador español llegó en su caballo para rescatarla de una muerte segura. Después de esto todo el poblado tomó a los conquistadores españoles por dioses, los habitantes del lugar se convirtieron al cristianismo y la joven doncella contrajo matrimonio con su salvador. Ambos viajaron de vuelta a España y desde entonces vivieron por varias ciudades de Europa de manera acomodada, gracias al prestigio y los tesoros que el conquistador había conseguido en las Américas. La doncella, que ya no lo era tanto, se convirtió según los comentarios del lugar en la esposa y amante más apasionada y sensual que nadie recordara y le dio al caballero una hija tan bella como podía serlo la mezcla de sus padres, con el cuerpo dorado y el pelo enredado. Un día la pequeña dejó también de ser niña y debido a su afán por conocer la tierra en la que había sido engendrada viajó sola a España pasando posteriormente a África, donde se le perdió la pista por un tiempo. Cuando volvió a aparecer era ya madre de una pequeña y preciosa mulata, hija de un importante jefe negro. Además había continuado con la fama de mujer candente que había comenzado y vinculado su madre a la familia.

Parece ser que yo soy el último eslabón de esa cadena familiar que me encantaría continuar engarzando, pero al contrario que mis antepasadas yo no soy capaz de encontrar un apuesto caballero o un importante rey que satisfaga mis necesidades.

Todos los varones que han pasado por mi vida me han dejado posos de desesperanza, desazón e insatisfacción en la mayoría de los aspectos. Sin embargo hubo algo que les atraía como un imán. Algo que heredé de mi madre y que por lo visto ella había adquirido de mi abuela, esta de mi bisabuela y aquella de mi tatarabuela. Algo con lo que contábamos todas las mujeres que habíamos conformado mi familia hasta ese momento. Poco a poco fui adquiriendo fama de mujer ardiente y pasional así como de buena amante. Era la mejor.

Tras mis primeras relaciones sexuales me enteré de que entre los hombres del lugar corría el rumor de que aquel que consiguiera satisfacerme en la cama podría contar con mis servicios maritales durante el resto de su vida, algo que a ninguno de ellos se le habría ocurrido rechazar. Quizá ese rumor tuviera más de verdad de lo que la gente podía imaginar, pero por su culpa o gracias a él, empecé a recibir en mi casa un montón de visitas de una gran cantidad de señores, jóvenes e incluso críos, que querían probar los placeres de mi alcoba. Ellos no entendían que la satisfacción sexual no era más que una casilla a cumplimentar en mi formulario, quizá la más importante si, pero inútil sin las demás también rellenas.

Mis ganas por encontrar a mi alma gemela, como habían conseguido hacerlo todas las mujeres de mi familia antes que yo y mi ansiedad por no haberlo conseguido aun, me obligaban a recibirlos a todos con una sonrisa de esperanza. Pero a casi ninguno lo despedía de la misma manera. La mayoría de ellos no podían resistir siquiera mi habilidad en el sutil arte de la felación, habilidad que no había adquirido, sino que había estado explícita desde la primera polla que chupé, como así me lo hizo saber el dueño de dicho atributo sexual, corriéndose en mis labios cuando yo le repasaba suavemente con la lengua mientras trataba de acabar el trabajo con la mano. Es así de simple, no se cómo lo hago. Es parecido al artista que esculpe un trozo de mármol sin saber muy bien cómo. Pero siempre consigo que se sientan como el paraíso incluso antes de comenzar yo a disfrutar y eso me encanta. O mejor dicho me encantaba, porque notar el caliente y viscoso líquido blanco recorrer mi cara ya no me satisface como antes, ahora necesito también que mi pareja se involucre, que se convierta en un compañero y deje de ser un cliente. Estoy un poco cansada de que pase siempre lo mismo.

-Hola, me han dicho que tú…

-Si pasa, pasa…

O incluso.

-¿Follas?

-Si guapo, cómo no -y luego no aguanta casi ni que le baje la bragueta.

Pero hace unos días un rayo de esperanza volvió a iluminar mi vida. Como casi siempre estaba chupándosela a un señor ya maduro en mi dormitorio, cuando llamaron a la puerta. La abrí un tanto sorprendida, un chico atractivo aunque no demasiado guapo esperaba al otro lado.

-¿Y tú quién eres?

-Me llamo Álvaro. Me han dado tu dirección y me preguntaba si estabas disponible.

Vi como mientras hablaba dudaba en echar un vistazo entre mi generoso escote. Al final se decidió y cuando vi comenzar a dibujarse una sonrisa entre sus labios decidí cortar sus pensamientos, no quería que este también acabara antes de empezar.

-De acuerdo, pasa y siéntate monada, ahora mismo vuelvo.

Lo dejé allí sentado, en el pequeño sofá del recibidor. Volví corriendo al cuarto y acabé rápidamente con aquel tipo gordo, calvo y con bigote que había llegado unos minutos antes. Me esmeré como nunca, por lo que el pobre hombre se corrió por litros en mi lengua, que rebosó enseguida haciendo así que manchara el resto de mi cara. Casi me ahogo, pero me gustó volver a sentirme buena. La mejor. Escupí en el lavabo, me enjuague y me lavé la cara mientras él se vestía y lo eché de mi casa para ir a buscar a Álvaro. Bonito nombre.

Pero cuando llegué a la puerta y conseguí deshacerme del calvo extasiado, tuve que buscarlo por el recibidor. Se había escondido detrás del sofá sin motivo aparente.

-¿Pero qué haces ahí hombre?

-¿Cómo se llamaba ese señor?

-No lo sé, ¿qué más da?

-Creo que era el padre de mi prometida.

¡Jajaja! -no pude contener la risa- Es muy posible. Pero mira, lo he largado antes de empezar porque creo que no puede satisfacerme como puedes hacerlo tú, me pareces mucho más atractivo, aunque físicamente no eres gran cosa. Tienes algo especial. Sólo hay una norma, tienes que intentar esforzarte al máximo en aquel dormitorio -señalé el dormitorio-. Si lo consigues, seré tuya para siempre y créeme, tu también querrás ser mío. Si no lo consigues, serán doscientos cincuenta euros. Aunque todos suelen pagar más. ¿Lo has entendido? -Y es cierto, el que acababa de salir me había dado cuatro mil euros, dijo que fue la mejor experiencia sexual de su vida y que además había conseguido casar recientemente a su hija con un chico, aunque por la forma de decirlo no pareció que su futuro yerno le gustara demasiado y quería celebrarlo. En ese momento lo entendí todo, aunque no le di demasiada importancia.

-Perfectamente. No hay problema.

-De acuerdo, entonces todo claro.

Una vez en mi dormitorio comencé con mi habitual ritual. Era más bien una criba en la que descartaba a los machos poco eficaces en la cama. Comencé a juguetear con la lengua y como vi que el chico disfrutaba como no había visto hacerlo antes a nadie, seguí un poco más aun con el riesgo que corría de acabar la función antes de lo debido. Sin embargo eso no ocurrió y tras un buen rato de cabalgada me corrí como no lo había hecho desde hacía años. Justo cuando acabé, Álvaro -ya pensaba hasta en su nombre- me giró poniéndome de espaldas en la cama y comenzó a darme unas suaves sacudidas que ganaron en ímpetu poco a poco, volviendo a disminuir su fuerza un tiempo después. En ese momento hice algo que también era extraño en mí. Abrí los ojos y le miré directamente a los suyos. Eran verdes como los míos y muy profundos. Ahí comenzó todo. Seguí mirando su cara y su gesto de concentración me excitó sobremanera, tanto que no pude evitar volver a correrme. Noté que él también había terminado y jadeaba exhausto. Nos tumbamos en la cama y le rocé la mano. Se me pusieron los pelos de punta, esa si que fue una nueva sensación. Sin embargo le noté nervioso y su respiración denotaba rasgos de culpabilidad. En ese momento no me importó, estaba demasiado pendiente de todas esas sensaciones nuevas, disfrutándolas y tratando de recordarlas para siempre, que no reparé en otra cosa. Estaba segura de que era él, aunque objetivamente no había sido el mejor, ni el más guapo, ni el más completo. Era él y ese sentimiento era irrefutable, no me confundía. Supongo que fue lo mismo que sintió mi madre con mi padre o mi abuela con mi abuelo. Estaba orgullosa.

Cuando conseguí salir de esta maraña de pensamientos y sensaciones volví a mirarlo a los ojos pero esta vez no me gustó lo que vi. Culpabilidad. Sin duda no estaba sólo. Tenía prometida como me había dicho. No había mentido. No podía ser todo tan perfecto. Decidí mentir.

-Lo siento, creo que estabas un poco nervioso. Tienes que dejarte llevar más.

-Pero…

-Si, me has hecho disfrutar. Mucho. Por eso aunque no voy a quedarme contigo, quizá te dé otra oportunidad en el futuro. Eso sólo lo hago en ocasiones especiales y espero que me guardes el secreto, porque sino vete olvidándote. Y compréndelo, es por mi propia seguridad. Sino tendría permanentemente pegados a mi puerta a todos esos pésimos folladores.

-¿Me estás diciendo la verdad?

-Confía en mí. Has sido especial. Y para demostrártelo no voy a cobrarte nada. Lo hago por gusto. Y muchas gracias, hacía mucho tiempo que no me corría así. Procura practicar, quizá la próxima vez lo consigas.

Y era completamente cierto, esperaba que lo consiguiera.

Se fue de mi piso y corrí a la ventana para verlo abandonar el edificio. Sentí una punzada en el estómago, si hubiera sido otro día estaría segura de que eran agujetas. Pero esta vez no. Además sentí otra más dolorosa aun cuando lo vi entrar en una lujosa joyería. Lo que imaginaba, se sentía culpable. Tendría que dejarlo escapar.

¿O quizá era el momento para dejar de esperar a señores en mi piso y salir directamente en su busca?

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Toma anda, límpiate

22 Enero 2008 at 12:35 pm (Cuentos, Relatos)

-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.

-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.

Todo se torció definitivamente hace unas cuantas horas, cuando me vi obligado a ir a la iglesia a confesarme con el padre Miguel.

La familia de Ana es cristiana, católica, apostólica, romana, practicante, beata y no se cuántas cosas más, por lo que sus padres querían que nos casáramos en su parroquia de toda la vida, como debía ser.

No me importaba hacer todo eso. Siempre había sido bastante calzonazos y un poco feo por lo que Ana, que era una auténtica monada con su belleza virginal -auténtica- su carita de porcelana y su toque morboso, era más de lo que yo podía esperar conseguir. Ni siquiera me interesaba el dinero de su acomodada familia. Me gustaba Ana, la quería y eso era suficiente. No había más que hablar.

Yo ni siquiera había tomado la primera comunión, por lo que accedí -no sin reparos- a llevar a cabo todo el procedimiento canónico estipulado para poder contraer matrimonio, todo eso en poco más de un mes. Y en poco más de un mes tuve que ir a catequesis, a un retiro espiritual con mi futura mujer -durmiendo en habitaciones separadas- y confesarme con el padre Miguel, antes de recibir el Cuerpo de Cristo. Aunque esto último no pude hacerlo.

-Hijo ¿te masturbas? -me preguntó en el mismo confesionario.

-Padre, no creo que eso sea de su incumbencia.

-No de la mía hijo, pero si de la de Dios -esa afirmación me asustó bastante y contesté titubeando.

-Si padre, me masturbo.

-¿Y como lo haces?

-¿Eso también le interesa a Dios, Padre Miguel? -más bien creo que le interesaba a él. Podía decírmelo, sin reparos. Incluso si nos hiciera un pequeño descuento en la factura de la boda podría hacerme unas fotos durante el proceso que tanto le interesaba y dárselas, no me importaba.

-Jovencito, es usted un descarado y un maleducado. No sólo comete actos impuros con su propio cuerpo, sino que también peca de vanidad y lujuria. Es usted un depravado y carne de infierno.

Yo no entendía nada ¿Tan malo es hacerse una paja de vez en cuando? Y más cuando tu novia desde hace cinco años y futura mujer, no accede a tener ningún tipo de relación carnal contigo. Por supuesto yo estaba más salido que el balcón de mi casa y esa era una realidad que trataba de ocultar tras un onanismo exagerado. ¿Qué problema había por desahogarse de vez en cuando? Sigo sin darle una explicación. Si alguna vez fundo una religión, dar y recibir placer sexual será uno de sus más importantes preceptos. Creo que si no me tocara tan habitualmente no podría resistir la presión a la que la familia de Ana y ella misma me someten. No podría resistir estar con ella sin violarla o a matarla de pura rabia. De hecho, creo que la masturbación me convierte en una buena persona, o al menos en una persona normal. Lo que no puede pretender el Padre Miguel, es que encima de no follar y no poder masturbarme, sea una buena persona. Creo que es mejor hacerse una paja que matar a alguien, así que no le hice mucho caso al cura y entre estos pensamientos me descubrí tomando la primera de esa noche de viernes, en un bar bastante lúgubre, pero en el que me sentía cómodo no obstante.

Seguía dándole vueltas a la cuestión, por lo visto de una forma tan vehemente en mi debate interior que hasta el camarero se percató de mis tribulaciones.

-¿Qué te pasa amigo? Te veo nervioso -no me conocía de nada y creo que comenzó la conversación para sondearme un poco y comprobar si como él pensaba, estaba completamente chalado.

Yo por el contrario no corroboré sus cavilaciones y le espeté un argumentado discurso, contándole lo que aquella tarde me había pasado en la parroquia.

-Te entiendo amigo. Mucha mojigatería y poco sexo. Eso es lo que les pasa a los católicos. Sin embargo… -y se acercó bastante a mí para acabar la frase- Si quieres tener una experiencia como nunca en tu vida, puedo recomendarte a una diosa del sexo. Una profesional.

-¿Una puta? -pregunté escandalizado, mientras retiraba el taburete de la barra, con los ojos como platos.

-Esa es una descripción muy burda amigo. Es una diosa. Lo que hace es indescriptible, al menos con palabras. Sólo el que la prueba puede saber de lo que hablo. Aunque por supuesto, te cobra. De algo tiene que vivir.

Nunca me lo había planteado, aunque Ana fuera una estrecha y yo viera como cada día estaba más cerca de explotar. Sin embargo era muy tentador lo que aquel desconocido me proponía. Y cuanto más hablaba más me animaba a probarlo. Hacía más de cinco años que no tenía relaciones sexuales con otra persona y me daba igual las capacidades que tuviera mi pareja en esa tarea. Cualquier cosa me serviría. Pero según aquel camarero, que llevaba diez minutos salivando mientras trataba de convencerme de que lo probara, Sandra me llevaría al paraíso de los orgasmos.

-¿Y por qué quieres convencerme a mí? Tíratela tú si tan buena es.

-Lo haría. Pero Sandra no lo hace dos veces con el mismo hombre. Como te he dicho es una diosa y como tal nos utiliza. Ningún hombre la satisface y por lo tanto nunca repite y se dedica a buscar nuevos candidatos. Si tu consigues satisfacerla, podrías llegar a ser el hombre más envidiado del mundo.

Entre lo que a mi me parecieron desvaríos, fui capaz de entresacarle una dirección a aquel camarero grasiento. Desde luego Sandra no debía ser mala en su trabajo, ya que su piso se encontraba en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Vivía rodeada de políticos y famosetes, por lo que no debía faltarle trabajo cerca de casa.

Me daba un poco de miedo picar en su portal. Yo nunca había sido demasiado bueno en el sexo, más bien normalito. Y sin haber practicado durante tanto tiempo seguido, debía haber perdido mis pocas dotes como amante. Además no creo que pudiera satisfacer a una hembra tan hambrienta en tan sólo veinte o treinta segundos, que es más o menos lo que duraría. Así que antes de decidirme a seguir adelante, fui al baño de un bar cercano y me masturbé pensando en Ana.

Acto seguido subí hasta la puerta de la casa sin avisar antes por el telefonillo, ya que un vecino salía justo cuando yo entraba. Me abrió una morena increíble, con unos ojos verdes gigantes, alta y muy bien proporcionada. Pude observar, mirando de soslayo un amplio escote, que era el portal a un torso estilizado, encumbrado por dos preciosos pechos esféricos enfundados en una piel tersa y perfectamente bronceada. Me pareció que habían pasado siglos, sin embargo no debieron pasar más de unos segundos.

-¿Y tú quién eres?

-Me llamo Álvaro. Me han dado tu dirección y me preguntaba si estabas disponible -me sorprendí contestando con soltura y educación al mismo tiempo, quizá en esto del puterío si que fuera un alumno de sobresaliente.

-De acuerdo, pasa y siéntate monada, ahora mismo vuelvo.

Y efectivamente, volvió enseguida. Empujaba a un gordo alto, calvo y con bigote, intentando echarlo de su casa mediante violentos empellones. Él no hacía más que mirarla arriba y abajo, pero no dijo ni palabra. Cuando estuvo fuera, Sandra tuvo que buscarme un rato por el gigantesco recibidor donde se suponía que debía esperarla. Me encontró escondido tras un sofá.

-¿Pero qué haces ahí hombre?

-¿Cómo se llamaba ese señor?

-No lo sé, ¿qué más da?

-Creo que era el padre de mi prometida.

-¡Jajaja! -rió con estruendo- Es muy posible. Pero mira, lo he largado antes de empezar porque creo que no puede satisfacerme como puedes hacerlo tú, me pareces mucho más atractivo, aunque físicamente no eres gran cosa. Tienes algo especial. Sólo hay una norma, tienes que intentar esforzarte al máximo en aquel dormitorio -señaló el dormitorio-. Si lo consigues, seré tuya para siempre y créeme, tu también querrás ser mío. Si no lo consigues, serán doscientos cincuenta euros. Aunque todos suelen pagar más. ¿Lo has entendido?

-Perfectamente. No hay problema.

Tenía ese dinero y más, ya que suponiendo que mi aventura saldría mucho más cara, había visitado varios cajeros automáticos antes de subir.

-De acuerdo, entonces todo claro.

Me besó y en ese instante comprendí que lo que aquel camarero me había dicho se quedaría corto. Fue un beso increíble, llevado a cabo con mucha técnica y una materia prima envidiable. Los labios eran carnosos y suaves e incluso mientras besaban dejaban al descubierto un color bermellón de lo más sensual. La ejecución fue perfecta, con el grado justo de movimiento y humedad. Algo maravilloso, pero no era suficiente.

Pasamos al dormitorio y me tendí sobre la cama. Como en un chasquido, me desnudó y yo la desnudé a ella. La cosa no iba nada mal y ni siquiera recuerdo el momento en el que mi pene entró en erección. Sin pensar en otra cosa empezamos. Comenzó haciéndome cosquillas con la lengua por todo el cuerpo y más tarde se centró en una sola parte de este. Los niveles de excitación que llegué a alcanzar son indescriptibles, como dijo aquel gordo grasiento en el bar.

Aquella sensación de estar a punto de entrar a examinarme cuando Sandra me explicaba las reglas del juego, había desaparecido. Desde luego aquello no era una prueba, y si lo era, no tenía nada que ver con examen alguno de los que había hecho en mi vida. Y eso que un licenciado como yo había hecho muchos exámenes.

Dejó la boca unos instantes más sobre mi polla y luego volvió a besarme. No me importó. Después comenzó a cabalgarme. Lo hacía con tanta gracilidad que más bien parecía estar dándome un masaje. Sin embargo yo quería mostrarme más activo y habiendo recuperado la fe en mis dotes amatorias, gracias en parte a que ella misma me hacía mejor amante, decidí cambiar de posición en el aire. Con un movimiento certero, rápido y vigoroso le di la vuelta a la tortilla y ahora era yo el que cabalgaba. Marcando los tiempos, alternando suavidad con fuerza y lentitud con rapidez. Seguí penetrándola un rato hasta que no pude más y terminé. Sin embargo noté que mientras yo acababa ella también se corría con cierta intensidad.

Se dio la vuelta y me besó. Un beso que supo salado. Había lágrimas pero no supe de quien eran hasta que me acercó un pañuelo de seda.

-Toma límpiate -le hice caso mientras la miraba, tenía una espléndida cara de satisfacción. Creo que cumplí bastante bien.

-Me parece que deberías limpiarte tú también -le dije apuntando a sus piernas, mientras las miraba por última vez.

Me siguió sonriendo con cara de felicidad, algo que me llenó de orgullo. Pero aun así no me atreví a hacer la pregunta que me daría aquella respuesta que tanto me impacientaba. Siguió hablando.

-Ahora iré a ducharme, no te preocupes. Supongo que estarás esperando un veredicto.

-Si -asentí mirando ansioso.

-Lo siento, creo que estabas un poco nervioso. Tienes que dejarte llevar más.

-Pero…

-Si, me has hecho disfrutar. Mucho. Por eso aunque no voy a quedarme contigo, quizá te dé otra oportunidad en el futuro. Eso sólo lo hago en ocasiones especiales y espero que me guardes el secreto, porque sino vete olvidándote. Y compréndelo, es por mi propia seguridad. Sino tendría permanentemente pegados a mi puerta a todos esos pésimos folladores.

-¿Me estás diciendo la verdad?

-Confía en mí. Has sido especial. Y para demostrártelo no voy a cobrarte nada. Lo hago por gusto. Y muchas gracias, hacía mucho tiempo que no me corría así. Procura practicar, quizá la próxima vez lo consigas.

Me fui de allí con una sonrisa de oreja a oreja. Creí que se me iban a rasgar los labios por las comisuras. Tenía unas ganas tremendas de ir a aquel bar y darle un beso de tornillo al camarero que cambió mi vida. Sin embargo, con el dinero que me había ahorrado con Sandra, fui a una joyería y le compré una gargantilla a Ana.

Cuando llegué a casa se la di. Me dio las gracias y apartó el regalo.

-Me ha llamado el padre Miguel. Te has portado mal con él.

-Mira cariño, lo siento. Pero no sé si deberíamos seguir con esto.

-¿Pero por qué? -Se le notaba contrariada.

-Lo siento, pero creo que no llegaría a funcionar del todo.

Rompió a llorar.

-Toma anda, límpiate -le dije mientras le acercaba un pañuelo de papel.

-No puedo creer que me digas esto ahora. Ya estaba todo preparado. -Se limpió las lágrimas y llenó el clínex de mocos.

-Lo siento Ana, pero me he dado cuenta de que no puedo comulgar con tanta mojigatería. Lo siento mucho, pero soy un hombre y tengo necesidades.

Un rayo de luz pareció iluminar su cara. Parece que la esperanza volvió a invadirla y yo sólo podía pensar en aquella tarde con Sandra. Sin embargo la situación dio un giro inesperado. Ana me dio el segundo beso salado de la tarde y húmedo, muy húmedo. Más que nunca. Al instante se agacho mientras desabrochaba los botones de mi pantalón y comenzó a chupármela. Extasiado de placer no supe como reaccionar y me corrí en su cara a los pocos segundos, manchando su rostro de porcelana.

Cogí otro pañuelo y se lo ofrecí.

-Toma anda, límpiate -le dije aun jadeando.

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