Un buen cambio de vida

5 Septiembre 2007 at 12:51 pm (Cuentos, Relatos)

Cuando me levanté ya casi no sentía el dolor. Lo que ayer a la misma hora era sensación de ahogo, ardor en el pecho y un nudo en el estómago, hoy era tranquilidad, paz y bienestar. El mismo rayo de sol que hace menos de veinticuatro horas me molestaba, me despertaba ahora con una roce cálido y brillante. Ya no quería oscurecer el Sol, ni mandarlo a otra galaxia de una patada. Tampoco me molestaba ya el contacto con las frías baldosas al levantarme de la cama, ni tener que ir hasta la cocina para calmar una sed más seca de lo habitual, que me acuchillaba la garganta. Parece que en mi caso, la felicidad se basa únicamente en el contraste. De no haber estado ayer al límite, hoy no disfrutaría todas estas cursilerías.

Duró poco la sensación de bienestar. La alegría se esfumó con el timbre del teléfono. No esperaba llamadas, no las quería tampoco. Con mucho miedo y mano temblorosa, descolgué el auricular.

- Dígame.

- Hola buenas tardes -sonó una voz femenina- ¿necesita un seguro de vida?

- No me interesa ninguno de sus productos. Gracias. -y colgué.

Me sentí mucho mejor tras colgar. De vez en cuando cortar por iniciativa propia una conversación telefónica, puede convertirse en una catarsis muy relajante. Sin lugar a dudas es un sensación muy distinta a la que me recorre cuando soy yo el abandonado. Me giré y me alejé del aparato, pero dos segundos después volví a donde estaba instalado y lo arranqué con furia de la pared. Acto seguido lo lancé por la ventana. Me asomé para asegurarme de no haber matado a nadie con un telefonazo y después me senté en mi sillón preferido y lancé un suspiro liberador. Me sentía bien. Estaba a gusto.

Empezaba una nueva vida.

Recordé el dolor y realicé un par de gestos, forzando la musculatura del pecho, con el fin de encontrar algún resquicio de daño. No había nada. Respiré profundamente convencido de que me asaltaría la tos mañanera habitual, de mis últimos diez años de fumador eternamente estresado. Pero tampoco sucedió nada. Estaba en perfecto estado físico y mental. Tenía que aprovecharlo, pero no sabía cómo hacerlo. Por el contrario, lo que comprendía perfectamente, era el modo en que lo había conseguido.

Recuperado de mis heridas, pude recordar con detalle como me las había producido.

El de ayer fue un día duro. Enfrentarme de nuevo a un trabajo que, aunque bien remunerado, estaba matándome por dentro y no poco a poco, precisamente. Me levanté irascible, como de costumbre. Tosiendo, como era habitual. Con ganas de mandarlo todo a la mierda y volver a esconderme entre las mantas, hasta que algo me salvara de mi tormentosa vida. Encendí un cigarrillo, después de enjuagarme la boca con agua servida en un vaso de coñac. Hoy era día de trabajo, por lo que no desayuné. No podría volver a hacerlo hasta dentro de unas semanas, quizá meses. Me senté en el váter, me encendí otro cigarrillo y apreté. Después me metí en la ducha, rodeado de vapor y con un vaso de coñac en la mano, esta vez lleno de whisky, sólo y caliente. La copa de rigor antes de un trabajo. Es lo único que me da fuerzas. Me vestí y salí en busca de mi destino y del de algún otro pobre infeliz. Eran las siete de la mañana y debía estar allí antes de las ocho. La función empezaba a las nueve.

Me encendí otro pitillo mientras conducía hacia mi destino, tratando de olvidarme de todo lo que iba a pasar de ahí en adelante. Me fue imposible.

Media hora después llegué a la cárcel donde se llevaría a cabo la ejecución. Nadie me saludó, no habría contestado. Me dirigí al cuarto que tenía reservado en aquel presidio y comencé con los preparativos. Sogas, funda negra, guantes. Todo estaba listo. Me cambié. Traje negro para un alma negra. De todos modos, me encanta el negro.

A las nueve menos cinco me encontré cara a cara con el condenado. Uno más que me miró con cara de inocente, estoy seguro de que lo era. Un joven de veinticuatro años, raza negra, muy corpulento y de ojos tristes. Había pedido que no le sedaran y estaba allí, frente a mí, mirándome con sus inocentes y despiertos ojos negros. Yo debería haber sido juez, pero entonces no hubiera adquirido la fastidiosa habilidad de distinguir a los culpables del resto del mundo.

Le até las manos a la espalda con una soga áspera e inhumana. Hice lo propio con los pies. Lo situé en el centro del cadalso y me puse de nuevo, cara a cara con él. Rodeé su cuello con otra soga, esta vez más gruesa y tétrica. Apreté el nudo. Teníamos más o menos la misma estatura, por lo que nuestras caras quedaron enfrentadas. En ese momento me escupió con furia en un ojo. Me limpié y le estampé mi puño en la cara. Cuando los alguaciles lo levantaron me sonrió, le había roto un par de dientes, pero lejos de preocuparse lo vi divertido. Los dientes no eran ninguna pérdida, no los volvería a necesitar.

En ese momento oí unas voces bruscas. El padre del muchacho, un enorme gigante negro y la madre, de las mismas características, me lanzaban improperios y amenazas de muerte desde el suelo. O al menos eso fue lo que me imaginé, ya que después de tantos años de experiencias similares, siempre acudía a las ejecuciones con los oídos bien taponados, no oía nada. Ni gritos de clemencia, ni lloros lastimeros, ni rezos, ni insultos.

Los familiares, furiosos, intentaban acceder al patíbulo, pero la policía por fortuna se lo impidió. Seguí con mi trabajo, pronto acabaría todo.

Cubrí la cabeza del condenado con una bolsa de terciopelo negro. Me alejé y después de tensar la cuerda, activé la palanca. El negro cayó entre los maderos como un pelele. Fue muy rápido, ni siquiera pataleó. Un áspero nudo de soga se formó ahora en mi estómago, como ya era costumbre tras una ejecución. Los alguaciles recogieron el cadáver y el médico certificó la defunción allí mismo. Bajé del tablado y todo pasó muy rápido.

El gigante progenitor se acercó a mí con la intención de mostrarme la ira desatada de sus puños. No me defendí. Me tiró al suelo y me propinó un doloroso puntapié en el pecho, antes de que los policías lo redujeran a porrazos. Quedé inconsciente sin saber muy bien por qué y cuando me desperté fui directo a presentar mi dimisión.

Hoy es el primer día de mi nueva vida y me siento perfecto. He dormido estupendamente y he podido desayunar. Respiro bien y no estoy nervioso. Incluso han desaparecido milagrosamente las secuelas de la paliza que recibí ayer por parte de aquel airado mastodonte, ni rastro de las heridas y el dolor en el pecho.

Estoy feliz. No he necesitado el whisky. No tengo ganas de fumar.

Mañana, Dios dirá.

6 comentarios

  1. cris dijo:

    Ehm…básicamente mi comentario es q no tengo comentarios…me acabo de enterar de esta nueva faceta tuya… , (vamos q lo nuevo en realidad es q yo me acabo de enterar)…jeje.

    Pos nada,me has dejado un poco sin palabras (y mira q eso es difícil…jeje) pero q está muy bien tío, q mejor q decirte q hoy q tengo un rato me voy a leer unos pocos…q me ha molado, así q sigue explotando esta ( para mí desconocida) faceta tuya… . BESOSSSSS

  2. Hérincë dijo:

    tema interesante, no está mal. aunke la verdadera sensación de ser verdugo debe de dar para más líneas y más intensas, supongo yo, aún no lo he experimentado.
    y eso de estar feliz por dimitir, kon los ke ya te habrías kargado… bueno, supongo ke es komo kolgar el teléfono, no aguantas más y zás, en el momento te supone un alivio… ejem, ejem.

    y estudia! =P

  3. murdoc dijo:

    Hola.
    Encontré tu relato de casualidad. Me gustó mucho el principio y el final, pero coincido con el comentario anterior: al nudo le falta descripción, una cuestión de poder trasladarse al cuento con sensaciones, sonidos, descripciones. Como si pudieras ver muy bien en tu interior pero no fuera.
    Quisiera seguir leyendo cosas tuyas.
    Saludos.

  4. Mangler dijo:

    Buenísimo, como siempre!!!

  5. tuak dijo:

    Y los fantasmas se evaporaron, porque los hechos en sí no pesaban ni la mitad que la decisión de perpetuar la cárcel personal de no ser consecuente consigo mismo… y los fantasmas se evaporaron con el amanecer, y los mojaste en la leche del desayuno, para soñar un nuevo amanecer que se insinuaba en los rebordes agudos de la taza de plástico del carrefour… jamás podrías disfrutar de ese momento si no hbuieras tenido el otro, tienes razón, y como dice Melville, si no pusieramos la calefacción en la habitación no valoraríamos de verdad el calor de las mantas…
    Enhorabuena, afortunado tú que disfrutas ahora de alivio, alivio que no conocerías si no le hbuieras partido los dientes… y demás.

  6. tuak dijo:

    Por cierto, siguiendo la línea de los comentarios anteriores, para ser un relato le haría falta un final más inesperado. Me gusta, though

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