La importancia del sueño

8 Septiembre 2007 at 11:48 am (Cuentos, Relatos)

Quiero declarar desde aquí que para mí, dormir es importantísimo. Además es un placer y como tal trato de disfrutarlo. Duermo, como mínimo, diez horas al día y la siesta es imprescindible.

Por este motivo he tenido más de un encontronazo con algún insomne tocapelotas, que ha querido presumir ante mí de su dudosa capacidad para mantenerse vivo con tan sólo tres o cuatro horas de sueño al día. Me parece muy bien que a la gente no le guste dormir, no quiera hacerlo o simplemente prefiera malgastar su tiempo en otros menesteres. Sólo espero que entiendan que yo lo necesito y que respeten mi sueño.

Por suerte, nadie ha vuelto a molestarme con este tema desde que llegó a mis oídos una famosa frase que Unamuno le espetó al típico desvelado presuntuoso, cuando este le increpó por dormir mucho: Es cierto que duermo mucho, pero cuando estoy despierto, estoy mucho más despierto que usted. Esa frase ha zanjado muchas discusiones acerca de cual es la media de horas que necesita un hombre hecho y derecho para poder sobrevivir. Ya nadie me echa en cara mis diez horas diarias.

Normalmente se me hace necesario dormir mucho y bien. Pero un buen sueño reparador se hace imprescindible si al día siguiente tengo algún asunto importante que resolver, algo que requiera estar despierto, atento y dispuesto a responder ante cualquier situación. Pero hay veces en las que uno, por mucho que quiera, no puede conseguir el ambiente propicio para alcanzar ese descansado objetivo. Hace cuatro años aproximadamente tuve que enfrentarme a una de estas situaciones.

Una importante multinacional quería entrevistarme al día siguiente, con el fin de comprobar que yo era la persona adecuada para un puesto de gran importancia en el organigrama de su compañía. No era, ni mucho menos, mi primera entrevista de trabajo, ya que durante mis años de experimentada labor en el campo del análisis estadístico de datos comerciales y económicos, cosechaba una amplia lista de éxitos en diversas compañías. Ahora pretendía dar el salto definitivo y conseguir al fin un puesto relevante en una empresa de fama mundial.

Era consciente, por lo tanto, de la importancia que tiene un buen descanso nocturno, para poder cumplir los requisitos que todo profesional de los recursos humanos busca en un aspirante. Así que esa noche dejé todo preparado antes de acostarme, con el fin de no olvidarme de nada a la mañana siguiente. Ropa, zapatos, llaves de la casa y del coche, billetero, monedero y maletín con la documentación necesaria. Me tomé un vaso de leche caliente, le di un beso a mi mujer y me acosté en la pequeña a la par que cómoda cama del cuarto de invitados, buscando la máxima tranquilidad que únicamente la soledad podría proporcionarme, por mucho aprecio que le tenga a mi señora y a sus divinos ronquidos.

Me cubrí con las mantas hasta el cuello y mientras acariciaba desde el interior de mi cálida madriguera las finas sábanas que la vestían, me invadió un enorme sopor, ante el que sucumbí sin oponer resistencia.

Pero situado en ese momento en el que no estás despierto, pero piensas que todavía no te has dormido, un mosquito pasó en vuelo rasante al lado de mi oreja derecha, haciendo más ruido que un trasatlántico con todos sus motores en marcha.

Me desperté un tanto sobresaltado, pero estando ya adormecido y con la esperanza de que el desalmado bicho no volviera a molestarme y se dedicara, como yo esperaba hacer, a los placeres del sueño nocturno, no le di mucha importancia y me volví a quedar dormido.

Al poco rato se volvió a repetir la misma situación. Pero esta vez, ya cabreado y temiendo pasar una noche en vela encendí la luz para tratar de localizar al fastidioso insecto. Sin embargo, bastaba con activar el interruptor para que el dichoso mosquito cesara su vuelo, volviéndose así invisible ante mis ya legañosos ojos. Y así, oteando mi habitación en busca del más mínimo rastro de movimiento, me volví a quedar dormido, esta vez con las bombillas de la lámpara dirigiendo su luz directamente a mis ojos.

Comenzó en ese momento un sueño tortuoso, aderezado con las más insólitas pesadillas, protagonizadas por enormes mosquitos que esclavizaban a la humanidad y prohibían el sueño como práctica habitual. Me encontraba sufriendo en ese mundo onírico, cuando de pronto volvió a suceder. De nuevo pude oír al molesto bicho revoloteando alrededor de mi cabeza. Abrí los ojos sin mover el resto del cuerpo y cuando mi vista se adaptó un poco pude verlo ahí, ante mí, mirándome desafiante. Me incorporé con el fin de darle caza y siguiendo su vuelo con la mirada, vi como se posaba en una de las paredes del dormitorio. Sin bajar la vista cogí del suelo una de mis alpargatas, la cargué -metafóricamente- y ataqué al mosquito con la vana esperanza de manchar el gotelet con sangre de insecto. Ni que decir tiene que el maldito bicharraco se alejó volando burlón. Ni siquiera lo había rozado.

De nuevo intenté ignorarlo y otra vez me quedé dormido. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana. Debía levantarme a las siete y había dormido apenas una hora entre pesadillas. Mañana sería un día duro, pero resignado y tratando de tranquilizarme, me tapé hasta arriba con las sábanas intentando aislarme del espacio aéreo del mosquito, ahora dueño de la habitación.

Entré después en un sueño más plácido y relajado que el anterior y la pesadilla se convirtió en un alegato en contra del verano, que viene trayendo consigo miles de insectos que pueblan nuestras casas y turban nuestros sueños. Con dichas declaraciones conseguía grandes éxitos en mi sueño, hasta que llegó un momento en el que tuve que finalizar mi discurso, para ir al baño. Me desperté malhumorado, me calcé y me dirigí al aseo del pasillo con el fin de aliviarme. Con mucha astucia para esas horas intempestivas, se me ocurrió dejar una lámpara del pasillo encendida y la puerta de mi dormitorio abierta, con la esperanza de que el bicho, atraído por la luz y el calor de la bombilla, abandonara mi cuarto y me dejara descansar en paz y a gusto. Creo que era un buen trato.

Espere durante cinco minutos y no volví a oír el molesto sonido de las diminutas alas transparentes, batiendo alrededor de mi cabeza. Y volví a quedarme dormido, aun podría descansar una hora.

Pero no habían pasado ni diez minutos, cuando el dichoso ruidito volvió a despertarme. Me quedé atento y en silencio, intentando ver algo alumbrado por la tenue luz de la lámpara del pasillo. Así oí el vuelo más claro que nunca, me imaginé la trayectoria del insecto y asistí pasmado a como este aterrizaba en mi almohada, justo al lado de mi oreja derecha. Era mi oportunidad, no podía ponerme nervioso, al fin iba a ganar.

Con un movimiento rápido y certero golpeé la almohada con la mano y entre ambas, noté un bulto que intentaba escapar. Mientras apreté más fuerte para espachurrar a mi víctima, me di cuenta de que aquel bulto era de un tamaño exageradamente grande para el cuerpo de un mosquito escuchimizado, como lo era aquel que osó trastornar mi sueño. Pero me dio igual, decidí disfrutar del momento y no seguir conjeturando. Apreté un poco más fuerte y fue justo en ese momento cuando lo noté. Un pinchazo agudo, seguido de un dolor casi insoportable. Retiré la mano y anonadado comprobé como lo que yo pensé que era un mosquito, era en realidad una abeja gorda y fea.

Miré el picotazo y cuando conseguí extraer el aguijón, mi amigo el mosquito se posó en la palma de mi mano. En su vuelo y en la manera de acercarse a la herida, podía comprobarse un sentimiento de culpa casi humano. Creo que incluso me miró con compasión. El sólo quería jugar conmigo y ahora, pese a haber ganado la batalla, no se sentía satisfecho y pretendía pedirme perdón de alguna manera. He de reconocer que cuando se acercó al bulto que se estaba formando alrededor del picotazo, me sentí un poco aliviado. No obstante, también me sentí iracundo, así que giré la mano y en un movimiento rápido estampé al mosquito contra el colchón y no dejé de apretar hasta asegurarme de que estaba muerto.

En ese momento sonó el despertador. Lo apagué malhumorado y me dirigí a la cocina en busca de un desayuno más merecido que nunca. Luego una ducha y directamente al coche para la entrevista de trabajo. Tenía cita a las ocho y media, hora punta. Llegué por los pelos, pero después de desahogarme con un par de ineptos conductores en el atasco de la autopista, me encontraba mucho más relajado. Sin embargo la mano me dolía horrores y la tenía desmesuradamente inflamada. Notaba en ella y más concretamente en la zona de la picadura, como mi corazón latía a gran velocidad.

Intentando ocultar mi dolor, esperaba a la puerta del despacho del director de recursos humanos de aquella gran compañía, donde se me había tratado con gran amabilidad y respeto durante los cinco minutos que llevaba en su sede. Me encontraba a gusto allí, estaba como en mi casa. Sólo que este lugar no estaba plagado de insectos. Me relajé bastante viendo como trabajaba la gente a mi alrededor, de manera rápida y efectiva. Justamente como a mí me gusta. Se me olvidó incluso el dolor de la mano.

Cuando mejor estaba, me llamaron. Iba a empezar la entrevista.

Enseguida hice buenas migas con el director de recursos humanos. Ambos teníamos aproximadamente la misma edad y la entrevista fue sobre ruedas. Fui imaginativo, ingenioso, profesional y responsable. Eso si, traté de esconder mi mano herida durante la poco más de media hora que duró la entrevista.

Al hombre que iba a decidir mi futuro se le notaba encantado con mi candidatura, sin duda iba a elegirme y se iba a colmar de gloria al conseguir un fichaje como el mío. Soy un buen profesional y ambos lo sabíamos y no tratábamos de ocultarlo, al contrario de lo que pasaba con mi mano, que seguía escondiéndose bajo el escritorio de madera de roble de aquel directivo.

Al finalizar la entrevista ambos nos pusimos en pie para despedirnos, como es habitual. En ese momento, la confesión de mi ya nuevo compañero de trabajo, me ilusionó sobremanera. Me dijo que no me preocupara, que yo era el último candidato y con creces el mejor. El puesto era mío, pero tendría que esperar un par de días para que la noticia se hiciera oficial. Era un puesto de alto rango y mi nombramiento debía seguir los cauces establecidos. Debía ser discreto y no desvelar la noticia. Pero a ambos se nos notaba en la cara el halo de satisfacción que se genera tras el trabajo bien hecho.

Aquel hombre entusiasmado y feliz hizo en ese momento lo único que no debería haber hecho ese día. Con toda su buena intención rodeó el enorme escritorio, se acercó a mí y me agarró la mano inflamada y dolorida, apretándola enérgicamente, como muestra de su alegría. Mientras él sonreía y agitaba exageradamente mi mano derecha arriba y abajo, yo acumulé toda la rabia contenida desde esa misma noche en la izquierda y con ella le propiné un sonoro puñetazo en la cara. Cayó como un plomo y se golpeó la cabeza contra la mesa.

Las miles de disculpas verbales y escritas hacia su persona, no fueron suficientes y al final el puesto fue ofrecido a otro candidato, menos profesional y menos experto que yo, pero que posiblemente tolera mejor una noche sin dormir.

Hoy en día, me niego a concederle el último round a ese maléfico mosquito, ya que tras fracasar en la entrevista y curar mi mano de la picadura de abeja, decidí hacerme apicultor. Gracias a la observación que durante meses hice de las abejas de mis panales y gracias también a mis modestos conocimientos de ingeniería, conseguí diseñar un aparato similar a un ordeñador de vacas, pero que en este caso extrae la miel de los panales, aprovechando el producto al máximo y con el mínimo esfuerzo posible.

Ahora, cuatro años después, soy inmensamente rico y vivo feliz rodeado de insectos.

Dormir sigue siendo un placer para mí, pero ahora comprendo que la importancia de un sueño largo y reparador para que las cosas salgan bien es, como pasa con todo, muy relativa.

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Un buen cambio de vida

5 Septiembre 2007 at 12:51 pm (Cuentos, Relatos)

Cuando me levanté ya casi no sentía el dolor. Lo que ayer a la misma hora era sensación de ahogo, ardor en el pecho y un nudo en el estómago, hoy era tranquilidad, paz y bienestar. El mismo rayo de sol que hace menos de veinticuatro horas me molestaba, me despertaba ahora con una roce cálido y brillante. Ya no quería oscurecer el Sol, ni mandarlo a otra galaxia de una patada. Tampoco me molestaba ya el contacto con las frías baldosas al levantarme de la cama, ni tener que ir hasta la cocina para calmar una sed más seca de lo habitual, que me acuchillaba la garganta. Parece que en mi caso, la felicidad se basa únicamente en el contraste. De no haber estado ayer al límite, hoy no disfrutaría todas estas cursilerías.

Duró poco la sensación de bienestar. La alegría se esfumó con el timbre del teléfono. No esperaba llamadas, no las quería tampoco. Con mucho miedo y mano temblorosa, descolgué el auricular.

- Dígame.

- Hola buenas tardes -sonó una voz femenina- ¿necesita un seguro de vida?

- No me interesa ninguno de sus productos. Gracias. -y colgué.

Me sentí mucho mejor tras colgar. De vez en cuando cortar por iniciativa propia una conversación telefónica, puede convertirse en una catarsis muy relajante. Sin lugar a dudas es un sensación muy distinta a la que me recorre cuando soy yo el abandonado. Me giré y me alejé del aparato, pero dos segundos después volví a donde estaba instalado y lo arranqué con furia de la pared. Acto seguido lo lancé por la ventana. Me asomé para asegurarme de no haber matado a nadie con un telefonazo y después me senté en mi sillón preferido y lancé un suspiro liberador. Me sentía bien. Estaba a gusto.

Empezaba una nueva vida.

Recordé el dolor y realicé un par de gestos, forzando la musculatura del pecho, con el fin de encontrar algún resquicio de daño. No había nada. Respiré profundamente convencido de que me asaltaría la tos mañanera habitual, de mis últimos diez años de fumador eternamente estresado. Pero tampoco sucedió nada. Estaba en perfecto estado físico y mental. Tenía que aprovecharlo, pero no sabía cómo hacerlo. Por el contrario, lo que comprendía perfectamente, era el modo en que lo había conseguido.

Recuperado de mis heridas, pude recordar con detalle como me las había producido.

El de ayer fue un día duro. Enfrentarme de nuevo a un trabajo que, aunque bien remunerado, estaba matándome por dentro y no poco a poco, precisamente. Me levanté irascible, como de costumbre. Tosiendo, como era habitual. Con ganas de mandarlo todo a la mierda y volver a esconderme entre las mantas, hasta que algo me salvara de mi tormentosa vida. Encendí un cigarrillo, después de enjuagarme la boca con agua servida en un vaso de coñac. Hoy era día de trabajo, por lo que no desayuné. No podría volver a hacerlo hasta dentro de unas semanas, quizá meses. Me senté en el váter, me encendí otro cigarrillo y apreté. Después me metí en la ducha, rodeado de vapor y con un vaso de coñac en la mano, esta vez lleno de whisky, sólo y caliente. La copa de rigor antes de un trabajo. Es lo único que me da fuerzas. Me vestí y salí en busca de mi destino y del de algún otro pobre infeliz. Eran las siete de la mañana y debía estar allí antes de las ocho. La función empezaba a las nueve.

Me encendí otro pitillo mientras conducía hacia mi destino, tratando de olvidarme de todo lo que iba a pasar de ahí en adelante. Me fue imposible.

Media hora después llegué a la cárcel donde se llevaría a cabo la ejecución. Nadie me saludó, no habría contestado. Me dirigí al cuarto que tenía reservado en aquel presidio y comencé con los preparativos. Sogas, funda negra, guantes. Todo estaba listo. Me cambié. Traje negro para un alma negra. De todos modos, me encanta el negro.

A las nueve menos cinco me encontré cara a cara con el condenado. Uno más que me miró con cara de inocente, estoy seguro de que lo era. Un joven de veinticuatro años, raza negra, muy corpulento y de ojos tristes. Había pedido que no le sedaran y estaba allí, frente a mí, mirándome con sus inocentes y despiertos ojos negros. Yo debería haber sido juez, pero entonces no hubiera adquirido la fastidiosa habilidad de distinguir a los culpables del resto del mundo.

Le até las manos a la espalda con una soga áspera e inhumana. Hice lo propio con los pies. Lo situé en el centro del cadalso y me puse de nuevo, cara a cara con él. Rodeé su cuello con otra soga, esta vez más gruesa y tétrica. Apreté el nudo. Teníamos más o menos la misma estatura, por lo que nuestras caras quedaron enfrentadas. En ese momento me escupió con furia en un ojo. Me limpié y le estampé mi puño en la cara. Cuando los alguaciles lo levantaron me sonrió, le había roto un par de dientes, pero lejos de preocuparse lo vi divertido. Los dientes no eran ninguna pérdida, no los volvería a necesitar.

En ese momento oí unas voces bruscas. El padre del muchacho, un enorme gigante negro y la madre, de las mismas características, me lanzaban improperios y amenazas de muerte desde el suelo. O al menos eso fue lo que me imaginé, ya que después de tantos años de experiencias similares, siempre acudía a las ejecuciones con los oídos bien taponados, no oía nada. Ni gritos de clemencia, ni lloros lastimeros, ni rezos, ni insultos.

Los familiares, furiosos, intentaban acceder al patíbulo, pero la policía por fortuna se lo impidió. Seguí con mi trabajo, pronto acabaría todo.

Cubrí la cabeza del condenado con una bolsa de terciopelo negro. Me alejé y después de tensar la cuerda, activé la palanca. El negro cayó entre los maderos como un pelele. Fue muy rápido, ni siquiera pataleó. Un áspero nudo de soga se formó ahora en mi estómago, como ya era costumbre tras una ejecución. Los alguaciles recogieron el cadáver y el médico certificó la defunción allí mismo. Bajé del tablado y todo pasó muy rápido.

El gigante progenitor se acercó a mí con la intención de mostrarme la ira desatada de sus puños. No me defendí. Me tiró al suelo y me propinó un doloroso puntapié en el pecho, antes de que los policías lo redujeran a porrazos. Quedé inconsciente sin saber muy bien por qué y cuando me desperté fui directo a presentar mi dimisión.

Hoy es el primer día de mi nueva vida y me siento perfecto. He dormido estupendamente y he podido desayunar. Respiro bien y no estoy nervioso. Incluso han desaparecido milagrosamente las secuelas de la paliza que recibí ayer por parte de aquel airado mastodonte, ni rastro de las heridas y el dolor en el pecho.

Estoy feliz. No he necesitado el whisky. No tengo ganas de fumar.

Mañana, Dios dirá.

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