De vidas y muertes
- Veo unos ojos negros. De mujer.
- Ajá -asentí. Meneé la cabeza arriba y abajo invitando a la bruja a continuar.
- También veo… -se detuvo súbitamente y me miró frunciendo ligeramente el ceño.
- ¿Qué más ve?
- Creo que no puedo decírtelo -volvió a bajar la vista hacia las cartas del Tarot.
- ¿Qué más ve? -repetí ahora con un alarido brusco y un poco nervioso. No estaba pagando a precio de puta para que esa gitana viera mi futuro y no me lo contara.
- Déjame tu mano -pidió con ansiedad. Le tendí la izquierda y me pidió la derecha, evidenciando mi poca experiencia en el sector de la futurología y las ciencias esotéricas. Una vez tuvo cerca de sí mi mano derecha, la giró violentamente para verme la palma.
- Lo que imaginaba -dijo con voz temblorosa.
- ¿Qué hostias pasa? ¡Conteste! -empezaba a estar realmente nervioso y la cara de preocupación de la vidente me informaba de un vaticinio poco esperanzador.
- No puedo decírtelo.
- Más vale que lo haga.
- No.
- Pero, dígame al menos ¿por dónde van los tiros? -me miró, tragó saliva, pestañeó tres veces y me contestó.
- Directamente a tu cabeza.
Salí espantado de aquel tugurio. Ni siquiera pagué y ella no me reclamó nada. Eso fue lo que más me asustó.
Entré en el primer bar que vi. Estaba lleno de rumanos borrachos. Pedí un whisky solo. Me lo bebí de un trago y pedí otro. Este lo saboreé mientras me daba cuenta de que todos los rumanos se habían alejado de mí y me observaban desde un rincón oscuro en el punto más alejado del taburete donde me sentaba. Me dio un poco de miedo, pero a partir de la sexta copa, me olvidé de ellos, de la gitana y de sus augurios.
Al día siguiente tuve una resaca extraordinaria y no me acordé de lo que había pasado hasta muy entrada la noche. Volví a salir en busca de un bar, con el fin de desatar el nudo que se había formado en mi estómago. Seguí así durante un tiempo hasta que conseguí calmarme un poco.
Semanas después ya no le daba importancia a la profecía. Y fue entonces cuando la conocí. Unos ojos negros, hipnóticos, profundos y mágicos. Al principio me asusté y me alejé de ella. Pero después decidí confiar en mi mala suerte y lo que tuviera que pasar, pasaría.
Fue muy interesante conocerla y lo mejor de todo fue hacer planes con ella, convencidos ambos de que nuestras vidas no iban a tardar mucho en acabarse.
Con ella lo gasté todo. Mis bienes, mis ahorros y mi salud, se fueron consumiendo como un cigarro expuesto a un viento huracanado o más bien, a una lluvia torrencial.
Me contó sus miedos y uno a uno fui consiguiendo que se deshiciese de ellos. Fue muy fácil, pero muy caro.
Tenía miedo a las arañas y la llevé a orillas del Amazonas. Allí acampamos dos semanas. Volvió presumiendo, con una tarántula en el hombro.
Los tiburones la aterraban y acabamos nadando con ellos en una playa del Caribe, durante nuestro viaje a Cuba.
Le daban miedo las agujas, hasta que conseguí que un faquir indio la hiciera tumbarse en una cama de pinchos. Además desapareció también su miedo a las serpientes, porque el mismo indio nos enseñó muy amablemente a hipnotizarlas con sonidos de flauta, en Nueva Deli.
Su claustrofobia desapareció durmiendo una noche en un “hotel cápsula” de Tokio.
Lo único que no conseguí borrar de su lista de miedos, fue el reparo al compromiso que desde el primer momento me había dejado claro.
Un día desapareció con un noruego, que siguió alejándola de todos sus males y de todos sus miedos. Hasta que ayer, el avión en el que ambos viajaban en dirección a Nueva York, se estrelló en mitad del Océano. No hubo supervivientes. La línea de su mano derecha llegó al fin de su camino.
A mí, por otro lado, no me ha costado mucho encontrar una pistola que funcione. Con dinero todo se consigue hoy en día y muy rápido si en vez de dinero, es MUCHO dinero. La línea de mi mano también se ha acabado.
Apunto a mi cabeza.
¡PAM!
CURRICULUM VITAE
Desde muy pequeño supe que quería ser escritor. Era la mejor vida que podía imaginar, sin madrugar, sin jefes, haciendo el vago todo el día y de vez en cuando escribiendo, algo que no me desagradó nunca. Pero por aquellos entonces el sino del perdedor ya había arraigado en mí e incluso mostraba ya sus primeras flores. Me quedaba una vida por delante y seguí escribiendo.
Cuando quise darme cuenta tenía que decidir el camino profesional que seguiría a partir de ese momento. Con dieciocho años seguía envidiando la vida relajada, casi contemplativa, del escritor. Pero convencido por mis padres, me decidí a estudiar una carrera. Algunos años después era un nuevo licenciado en Psicología, un nuevo parado. Y como tenía bastante tiempo libre, empecé a pasarlo bebiendo.
Poco a poco fueron surgiendo algunos trabajillos: repartidor, camarero, fotógrafo, mozo de almacén, cartero, oficinista. Me acababan despidiendo de todos, algo que nunca me importó -y sigue sin importarme-. Mientras tanto seguía bebiendo, escribiendo y mandado relatos y poesías a diferentes revistas. Sólo me publicaron gratis. El fracaso me seguía sonriendo y el tiempo seguía pasando.
Cuando cumplí veintinueve años, llevaba dos viviendo de alquiler y casi uno sin pagarle a mi casero, por lo que una noche decidió dejar de patrocinar mi vida pendenciera proporcionándome alojamiento gratis y me puso las maletas -poca cosa- en la puerta. Me refugié en un bar y allí mismo conocí a una chica de dieciocho. Se había escapado de casa y no tenía ningún sitio donde vivir. Ahora era la casualidad la que me sonreía.
- Mañana me voy a Extremadura -me dijo esto después de contarme que viajaba por todo el país, de comuna en comuna. La miré interesado.
- ¿A una de esas casas okupas?
- Si. Vente conmigo, podemos ser felices -y me besó.
Al día siguiente salimos para un pueblo perdido del sur. Ahora mismo no sabría llegar hasta allí, ni tan siquiera me acuerdo de su nombre.
El lugar estaba lleno de hippies y punkys. Yo no tenía pendientes, ni rastas, ni perro, ni flauta. Pero me llevaba bien con todo el mundo y me convertí, en poco tiempo, en un respetado hortelano. Cuidaba de mi huerto y proporcionaba a la comunidad un montón de tomates muy gordos al año.
Allí pasé momentos realmente buenos y no dejé de escribir. Tomé nuevas costumbres y dejé algunas otras. Por ejemplo, los hippies no usaban papel higiénico por lo que yo, en mi afán por integrarme, también lo abandoné. Allí tras ir al baño, se limpiaban el ojete con agua, así que empecé a probar. Fue una nueva y refrescante sensación, de modo que acabé adoptando tan sana costumbre, que además de respetar el medio ambiente, acabó radicalmente con mis problemas de hemorroides. No he vuelto a comprar un rollo de papel del culo.
La gente de aquel lugar consumía drogas a diario. A mi nunca me gustaron los estupefacientes, siempre fui más de alcohol y por eso allí cuando me bebía algo más fuerte que una cerveza, los hippies me miraban un poco mal. Nunca llegué a comprenderlo del todo, pero creo que para ellos el alcohol era algo impuro y poco natural. Sin embargo a los derivados anfetamínicos no les hacían ascos.
Mi chica, que se llamaba Clara, era la encargada de un par de vacas que abastecían a todo el pueblo con su leche y yo a veces la ayudaba. Me encantaba aquella leche recién extraída y como normalmente ordeñábamos las vacas entre los dos, éramos siempre los primeros en probarla, antes de repartirla por el resto del poblado. Un día una de esas vacas murió y tras una semana de luto, nos fuimos a la ciudad a intentar conseguir algo de dinero para comprar otra. Cada uno hacía un malabar distinto. Diábolos volando, naranjas dando vueltas, palos prendidos de fuego. Yo quería seguir bebiendo leche recién ordeñada cada mañana, así que me dediqué a escribir poesías y venderlas. Vendí dos, a un euro cada una. Fue mi primer escrito remunerado y me pareció un buen salario, aunque también hay que tener en cuenta que hacía meses que no veía una moneda, ni un billete.
Un día, Clara y yo cambiamos de poblado y nos fuimos a vivir a Asturias. Nada más llegar, las cosas comenzaron a ir un poco mal con ella. Allí se llevaba eso del amor libre, que a mí nunca me hizo mucha gracia, sin llegar tampoco a enfadarme. Después de un mes Clara se cambió el nombre, ahora era Lluvia Clara Mañanera y se tiraba a cuatro tíos de nuestra nueva comunidad. Esperaba que se le pasara pronto, pero tras dos meses sin practicar ningún tipo de sexo con ninguna otra persona que no fuera yo mismo, me cansé un poco de la situación. Rompí con ella en una bonita playa nudista asturiana, mientras ella se lo montaba con los cuatro tipos a la vez entre las rocas. A mí nunca me había mostrado así la flexibilidad de sus extremidades, así que entre jadeos se despidió, yo me di la vuelta y me marché caminando por la playa, en busca de mis pantalones. Fue entonces cuando apareció Carla. Era productora porno y se quedó asombrada con mis atributos.
- Madre mía, ¿todo eso es tuyo?
- Si, me parece bastante evidente, está unido a mi cuerpo.
- ¡Jaja! -le hice gracia- Eres justo lo que necesitamos.
Se la veía ilusionada, así que no pude resistirme cuando me ofreció un gran contrato como actor porno. La única condición que puse, fue tener tiempo para seguir escribiendo. Aceptó enseguida y comenzó a contarme como el “boom” de algo nuevo llamado Internet, iba a revolucionar el mundo del porno. Así que me fui con ella a Barcelona. Yo no sabía lo que era Internet y la verdad es que había visto muy poco porno a lo largo de mi vida. Cuando me lo explicó detenidamente, pensé que no sería mala idea publicar mis escritos en la red. La misma productora me diseñó una página web y comencé a hacerlo. Pero enseguida me di cuenta de que escribiendo en Internet, nadie se hace famoso de verdad. Sólo lo consiguen los tipos muy raros o aquellos que ya tenían cierta fama. O los actores porno.
Resulté ser un hacha follando delante de las cámaras y según decían no era sólo por el tamaño de mi miembro, al cual yo sigo viendo bastante menudo y cada vez más escuchimizado. Poco a poco me convertí en una estrella mundial y mi página web tenía cada vez más adeptos. Tantos que comencé a publicar una columna en El País. Justo el día en que mi página llegó a los diez millones de visitas, la sombra de la impotencia comenzó a planear sobre mi colleja. Como era de esperar, tras un mes sin una sola erección, recibí la carta de despido y un generoso finiquito. Otro bofetón más.
Con treinta y tres años estaba ya más seco que una naranja recién exprimida, pero era más rico que nunca -sin ser algo exagerado-. Así que pensando en aprovechar el tirón de mi fama decidí mientras iba camino a mi casa, seguir escribiendo. Cuando llegué al portal, encontré en el buzón la carta de una admiradora. Una que me admiraba por mi literatura, ni siquiera sabía que yo había trabajado en la industria del cine para adultos.
Le devolví la carta y tras dos meses de relación epistolar, vino a verme a Barcelona. A la semana y media ya estábamos viviendo juntos. Le conté mi pasado y no le importó. Se llama María, es médico y una mujer seria pero a la vez apasionada. Creo que me he enamorado y creo que ella lo había hecho desde mucho antes de acostarse conmigo, lo cual me tranquiliza bastante.
Ahora está empeñada en cambiarme. Dice que mis relatos tienen que ser más serios, menos groseros y explícitos, así vendería más. Los más calientes puedo seguir escribiéndolos, pero sólo ella puede leerlos. No me gusta la idea.
- Voy a conseguir cambiarte.
- Si tú lo dices…
- Vas a ser un escritor madurito interesante, ya lo verás.
- No me quejaré entonces -siempre comenzaba con esta conversación en la cama, en un momento de máxima excitación, así que yo me limitaba a darle la razón ¿qué quería que le contestara? En ese momento yo sólo quería lo mío.
Actualmente sigo con María y ella sigue centrada en su reto de cambiarme. No me queda más remedio que escribir un resumen de mi vida para demostrarle, que aunque a ella no se lo parezca, jamás he parado de cambiar.