Con o sin besos
Era un día bastante normal. Una noche tranquila.
Ya me había hecho con mi sitio preferido en la barra, una esquina oscura desde donde podía observar casi todo el bar sin ser visto y a donde no llegaba casi ni el humo.
Pero ella siempre sabía dónde buscarme. Cuando llegó yo estaba acabando mi quinta cerveza y ya afloraban los primeros sentimientos depresivos.
Se sentó en un taburete, justo a mi lado y empezó a susurrarme algo al oído. Intenté comprender lo que me decía, pero no pude. Aun así me excitó bastante y tuve que dar un largo trago a mi sexta cerveza para no ponerla encima de la barra y arrancarle la camisa en ese mismo momento -y sin darle un solo beso, eso si-. Pedí la séptima para mí y un whisky solo para ella. No le gusta demasiado la cerveza.
Fue entonces cuando empezó la función. Se alejó un poco de mi esquina y buscó un taburete con más luz. Uno que estaba justo debajo de una lámpara.
Desde allí empezó a ofrecer su sonrisa a todo el que la miraba. Eran bastantes.
Sin pudor sonreía a todos los lados, izquierda y derecha. Arriba e incluso abajo.
Empezaron a llegar las copas gratis, whisky y más whisky. Como no bebía mucho, algunas copas las devolvía -ante todo era honrada- y otras me las pasaba a mí disimuladamente -ante todo era complaciente-.
En mi duodécima cerveza vi como un tipo enorme, con el pelo corto y barba de tres días se sentaba junto a ella, en un taburete gastado, al que se le veía la gomaespuma del asiento entre las aberturas hechas a navaja. No era capaz de oír su conversación, pero él la hacía reír y aunque ella me daba la espalda y sólo veía su preciosa melena, podía imaginar como le enseñaba sus dientes cada vez más y más. El mastodonte comenzó a excitarse, lo tenía hecho. Yo volvería a casa sólo, volvería a la masturbación y volvería a quedarme sin un montón de copas gratis.
Pero justo en ese momento todo dio un giro imprevisto. El bruto se levantó irritado, con un botellín de cerveza en la mano, amenazándola. Pero lo más inesperado surgió después, cuando ella se dio la vuelta y vino hacia mi en busca de protección.
Yo siempre había sido muy pacífico y bastante cobarde también. Entre una cosa y la otra me levanté del taburete para defenderla mientras me daba cuenta de que estaba demasiado borracho hasta para respirar, me caí al suelo y guardé mis últimas fuerzas para levantar la cabeza y ver el final del espectáculo desde allí.
El mulo levantó su enorme mano , con sus cinco gigantescos dedos para golpearla. Pero estando esa brutal zarpa en lo más alto, ella aprovechó para propinarle un puñetazo en el costado que le hizo retroceder, tropezando conmigo.
Se le notaba contrariado, supongo que porque su cerebro simiesco no podía procesar la situación y su ego varonil le impedía agredir a una chica tan menuda. Supongo también que por eso se fijó en mí. Por eso y para calmar su ira me levantó como si fuera una pluma y me puso contra la pared. En ese momento me daba igual recibir una paliza, pero temía la resaca amoratada del día siguiente.
Fue en el momento en el que me iba a estampar su puño en la mandíbula cuando ella vino al rescate. Le partió un par de botellas en la cabeza, un par de vasos y algún cenicero que encontró por allí, hasta que me dejó caer, se tambaleó y besó el suelo con un espeluznante ruido de dientes partiéndose.
Parece ser que de los dos, ella seguía siendo la fuerte.
Ella provocó la movida y ella misma la finalizó.
Es una chica bastante chunga. Será que vive en un barrio malo.
Pero aun así me gusta.
Un tipo sucio
Ya estábamos los dos frente a la puerta. Era un portón enorme y la madera estaba corroída. Se notaba como cerraba a duras penas. Los bajos estaban podridos y las cucarachas entraban y salían del apartamento a su antojo, aunque por debajo de esa puerta bien pudiera haber entrado un gato.
Tardamos muy poco en llegar. Estábamos cerca del lugar y fuimos los primeros en aparecer por allí. El aviso era preocupante. Cuando sonó la radio mi compañera y yo nos miramos, iba a haber problemas. Encendimos la sirena y dejamos el coche cruzado en mitad de la calzada. No creo que pasaran muchos coches por ese barrio a esas horas, de todos modos nos preocupaba bastante poco que nos pusieran una multa.
Cuando llegamos, todo parecía bastante tranquilo, pero si habían enviado allí todas las unidades disponibles, era por algo. Nos apostamos en la puerta, proporcionándonos cobertura mutua. Luego dimos un par de avisos a través de la entrada, para tantear la situación, pero no parecía haber nadie al otro lado. Todo estaba tranquilo y eso era muy raro. Rebeca empujó el portón y este cedió un poco. Empezó a oírse alboroto desde dentro. Mi compañera me miró, me guiñó un ojo, sonrió y sin esperar mi confirmación pateó la puerta decidida. Siempre había tenido unos enormes cojones ficticios esta chica y aunque sólo llevaba tres días trabajando conmigo, ya se había convertido en la valiente de la pareja. Yo era el cobarde por supuesto y me sentía muy cómodo en ese rol.
La madera crujió, la puerta se abrió con estruendo con Rebeca al fondo e inmediatamente después John, de asuntos internos disparó tres veces desde dentro del apartamento, atravesando el precioso pecho de mi compañera. Yo a su vez, vacié el cargador de mi arma reglamentaria sobre el que había atacado a mi compañera, sin reparar en su identidad.
Días después me enteré de que John estaba infiltrado en ese piso de narcotraficantes. Curiosamente desde asuntos internos nadie avisó y eso que en antivicio estábamos ansiosos por coger a esos cabrones. Cuando subíamos por las escaleras hasta el apartamento de aquellos narcos, nos avisaron por radio de que allí ya sólo quedaba John. También nos dijeron que tuviéramos cuidado y no sé qué cojones de un brote psicótico. Lógicamente no lo oímos. Lástima haber llegado tan pronto al lugar, unos minutos más y todo hubiera quedado en una anécdota bastante escalofriante.
En definitiva, ese trabajo de topo volvió loco a aquel pobre diablo y ahora yo estaba a solas con dos cadáveres recién fabricados. Avisé a la ambulancia pero ambos estaban más que muertos. Al menos yo me había asegurado, con grandes cantidades de plomo, de que uno de ellos lo estuviera.
Me senté a fumar un cigarrillo mientras esperaba los refuerzos. Y allí vi ese magnífico cuerpo inerte. Acababa de perder una compañera que estaba realmente buena. Lástima aquel pecho perforado y sangrante. Sin embargo tenía un buen par de piernas y un culo perfecto. Pensé en echar un vistazo entre la cremallera y que me cuelguen de los huevos si no se le hubiera ocurrido lo mismo a todos y cada uno de los tíos de la comisaría. Éramos todos unos tipos bastante sucios.
Por desgracia -o por suerte- no había tenido tiempo ni a desabrochar el primer botón, cuando oí llegar las ambulancias. Apagué la colilla y bajé cagando hostias a la calle. Mejor alejarse de la tentación.
Aquella noche no pude dormir. No es que echara de menos a Rebeca, pero creo que si echaría de menos trabajar con un bombón. Ahora me volverían a poner con Charlie, el tío más feo que ha parido madre.
Me levanté a beber un poco de agua y aprovechando el viaje, fui al baño y me masturbé pensando en lo que había pasado horas antes.
En cuanto volví a la cama me quedé dormido
Echaré de menos a Rebeca.
Soledad y diminutivos en el valle
La vida en el pueblo era difícil últimamente. La cosecha no había sido lo suficientemente buena y Pedrito se veía obligado a trabajar en el matadero durante catorce horas diarias. Recibía un sueldo mísero, pero sus padres ya no podían trabajar y todos sus hermanos se habían casado y ahora vivían en la ciudad. Era la desgracia de ser agricultor en un pueblo de ganaderos. Pedrito, con treinta y tres años era el único soltero del valle y por esa razón, su nombre seguía conservando el diminutivo. Su padre, el señor Pedro tenía ya sesenta y séis años. Su madre, la señora Berta, sesenta y tres.
Nunca le gustó a Pedrito su diminutivo, pero la costumbre del valle le condenaba a una niñez nominal hasta que no contrajera matrimonio. Pero le resultaba muy difícil encontrar pareja, y por muchos motivos. Ya no quedaban mozas en el lugar y él nunca fue muy agraciado físicamente. Así que, si un golpe de suerte no lo remediaba, tendría que acostumbrarse a la pequeñez de su nombre, hasta el día de su muerte.
Esto le atormentaba por épocas y aunque nunca quiso reconocerlo, todo el pueblo era conocedor de su aflicción. Y aun así mantenían el diminutivo. No actuaban con maldad, pero si se recreaban en el sufrimiento de su vecino, desde la seguridad que le otorgaban sus nombres maduros. No pensaban en el dolor que le causaban y si lo pensaban, no les importaba.
El joven se torturaba continuamente. Cuando en su trabajo manipulaba los cerdos que después consumiría toda la región y que habían dado su fama al valle, no dejaba de repetir: “Pedro, Pedro, Pedro, Pedro, Pedro…” Nadie le oía, trabajaba sólo y día tras día, al final de la jornada, se descubría gritando su nombre desconsoladamente, mientras colgaba y preparaba los gorrinos para su despiece. Cuando llegaba a casa y repasaba el día mientras se quedaba dormido, no podía evitar mostrar una sonrisa cansada y benévola consigo mismo. Al fin y al cabo, era un tonto padecimiento.
Llegó la primavera y tras el verano la vuelta a la escuela de los niños que seguían criándose en el valle. Y con el nuevo curso llegó Sonia. Nunca pensó Pedrito en una maestra ejerciendo en su pueblo, ni siquiera en la capital. Quizá en Francia sucediera muy de vez en cuando. El hecho le asustó y a la vez le fascinó. Estaba tan maravillado con la situación, que no dudo en entablar relación con la docente, que era tan sólo un año menor que él. Eran los dos únicos casaderos del pueblo y la fortuna hizo que sus sexos fueran opuestos.
La atracción entre ambos era tan evidente que ya había rumores de noviazgo. La relación continuó evolucionando y la maestra siguió enseñando. El pueblo se alegraba y no trataba de disimular su satisfacción, Pedrito se convertiría pronto en Pedro:
- ¡Pedrito!
- Hola Juan, ¿qué tal andamos?
- Muy bien, pero no tanto como tu… ¡Zorro!
La palmada en el hombro se acompañó con una carcajada simultánea. Los dos amigos eran felices, como todo el pueblo. Este nuevo año estaba siendo mucho más desahogado y generoso. Parecía que las penurias del anterior se habían esfumado con la llegada de Sonia. Nada de hambre, ni de soledad.
Hasta que finalizó el curso. Los niños celebraban las recién adquiridas vacaciones estivales y un Mercedes-Benz apareció en la entrada del pueblo levantando mucho polvo.
Era Antonio, un joven con el que Sonia había mantenido y finalizado un largo noviazgo antes de llegar al pueblo. Según se supo luego, su relación se arregló mediante carta y ahora el apuesto capitalino venía a recoger a su futura esposa. Cargaron el equipaje de la maestra en el maletero del coche negro y se marcharon entre otra polvareda, para no volver jamás.
Pedrito lo vio todo desde la loma. Cuando la silueta del automóvil era apenas perceptible, se giró dispuesto a finalizar sus labores. Pero alguien más había estado mirando la misma escena.
- Vaya, vaya Pedrito. Parece ser que te quedaste sin chica.
- Me llamo Pedro.
- Lo que tu digas Pedrito, pero seguirás siendo poca cosa para una maestra de la capital. No te preocupes, lo mismo viene otra universitaria- y acabó riendo.
Ese mismo otoño encontraron a Pedrito ahorcado, colgando de un olivo. A sus pies una nota: “Soy Pedro Sánchez Burón”.
La caligrafía era digna del mejor estudiante del más prestigioso colegio de la capital.