Faysal (II)

10 Marzo 2009 at 12:15 am (Cuentos, Relatos)

Empieza en: Si Dios quiere (I)

Tres años después me encontré sobrevolando el aeropuerto de Khaldé, en mi camino a Beirut. Todo ese tiempo había transcurrido sin que viera a Mohammed, sin tener más noticias suyas que una carta escrita en español y plagada de faltas de ortografía, en la que me explicaba que su situación en Líbano era por el momento mejor de lo que esperaba antes de regresar. El país estaba tranquilo mientras me contaba aquella historia, en la que noté ciertas pinceladas de maquillaje. Lo atribuí, quizá por no perder la esperanza y la fe en las palabras de mi amigo,  al escaso dominio que Mohammed tenía de la escritura en castellano. A pesar de que lo hablaba y leía correctamente, siempre le costó plasmar eso mismo sobre papel. Era algo muy similar a lo que me sucedía a mi con el árabe, idioma que había llegado a hablar con cierta soltura, pero del que aun me quedaban muchas cosas que aprender.

A pesar de todo y cargado con mi burdo árabe, puse rumbo a Beirut con la esperanza de reencontrarme con mi amigo y ayudarle en lo que me fuera posible. Muchas noches de inusual preocupación eran las culpables, tanto de mi viaje como de la revelación que había experimentado tan sólo unos cuantos días atrás: Mohammed había sido -y sigue siendo- el único amigo que había tenido en mi vida y como tal le quería. Y como tal le debía mis esfuerzos hasta la extenuación.

A mi llegada no me sorprendió la suave temperatura de un Beirut veraniego del que lo había leído todo. Conocía sus calles, a sus gentes e incluso sus olores, que tantas veces había imaginado. Sin embargo sentí un desasosiego recorriéndome por dentro, posándose en mi estómago y obligándome a tomar una precipitada bocanada de aire. Me vi a mi mismo como un emigrante que vuelve a una ciudad a la que ya no pertenece y de la que quizá nunca debió marcharse.

Tras mis primeras palabras en la lengua de Naguib Mahfuz, me di cuenta de que el dominio del que presumía no era tal, aunque no pude quejarme de las clases de Mohammed, ya que a las pocas horas parecía un beirutí más, tanto por mi acento como por mi manera de atravesar las calles atestadas de un caótico y violento tráfico. Hacía mucho que no hablaba árabe, sólo necesitaba practicar.

Me instalé en uno de los mejores hoteles de la zona cristiana al Este, totalmente consciente de que si quería reencontrarme con mi amigo debería aventurarme en el Oeste de la ciudad, la zona musulmana. Pero eso sería al día siguiente.

Dormí demasiado bien y mientras desayunaba sin hambre, me sentí mal por ello. Ansioso miré mi reloj, ya adaptado a la hora local y luego busque por los alrededores girando sobre mi cintura. Tenía una cita en el bar de mi hotel con el que pasaba por ser el mejor detective privado de Beirut. Tuve el mismo pensamiento al citarme con aquel detective que al reservar habitación en el hotel en el que me encontraba: “Espero que merezca la pena pagar todo este dinero”. El hotel estaba muy por debajo de las expectativas que generaba su precio, confié en que el investigador se ganara sus emolumentos.

Faysal. Así se llamaba aquel hombre que tenía aspecto de profesor. Gafas con montura redonda de color plateado y cristales oscuros. Barba corta y muy negra, sobre una rolliza cara de color tostado y saludable. Mientras conversábamos, la extensa frente que mostraba unas generosas entradas, chorreaba de sudor, a pesar de que la temperatura estaba regulada por ruidosos climatizadores. El poco pelo que asomaba sobre las orejas y cubriendo las sienes era también negro y ralo y se adivinaba limpio a pesar del sudor que lo inundaba. Me sorprendió ver que vestía camisa blanca y desabrochada, chaqueta marrón a la que se le advertía un corte de calidad que me inspiró confianza. Un hombre vestido con gusto y calidad debe tener dinero, si tiene dinero es que se lo gana y si se lo gana, es que es bueno en lo que hace. Él debió ver lo mismo en mí, ya que mientras hablábamos en inglés primero y en árabe después, se notaba en su rostro un gesto continuo de alivio y tranquilidad. Sus pantalones eran igualmente marrones, de un material que no acertaría a definir, pero que parecía fresco y lo suficientemente flexible para no limitar los movimientos. Todos en el hotel lucían traje de corte occidental, algo totalmente diferente a lo que vería horas después en la calle.

Permalink 7 comentarios

Si Dios quiere (I)

28 Febrero 2009 at 3:26 am (Cuentos, Relatos)

Cuando finalicé el último curso en el instituto con inmejorables notas, mi padre que era un agricultor tosco y prácticamente analfabeto, aunque inteligente y muy sabio previó con demasiada antelación mi futuro: “hijo, algún día serás alguien importante. Tendrás dinero y serás respetado por todos. Sólo espero que sigas siendo buena persona como hasta ahora y que no te olvides de tus orígenes”. Sus palabras fueron premonición y sus esperanzas se vieron en gran parte cumplidas años después. Por supuesto no seré yo quien juzgue mi bondad como persona ni quien cuantifique el respeto del que soy merecedor.

Pocos meses después de licenciarme en la facultad mi padre murió sin que le pudiera demostrar el orgullo que sentía -y sigo sintiendo- por haber crecido ligado al campo y a las gentes que en él habitan. Después de esparcir sus cenizas por los viñedos que llevaba años cultivando, decidí no alejarme nunca de aquellas tierras.

Utilicé mis conocimientos técnicos para convertir el vino rudo y áspero que manaba de aquellas cepas, en otro nuevo que de aquel tan sólo conservaba el nombre. Comencé a comercializarlo en la región y pocos años después conseguí introducirlo en los más selectos restaurantes de todo el mundo. Sumilleres de todas las nacionalidades admiraban y alababan los resultados. Cientos de trabajadores me agradecían sus salarios y miles de personas tenían una vida mejor gracias al vino que producíamos y al trabajo que generábamos.

Después de años de esfuerzos, llegó el día en el que gracias a mi saneada economía, pude permitirme delegar responsabilidades en gente más preparada y motivada puesto que yo ya había perdido la ilusión por el trabajo técnico, aunque aun conservaba la atracción por la agricultura en general y la enología en particular. A pesar de este interés, decidí dedicarme a otra de mis pasiones: el estudio de la historia, la geografía y las culturas e idiomas del mundo.

Mandé construir una biblioteca privada en la que recogerme y zambullirme en antiguas y carísimas obras y traducciones de afamados autores clásicos, que hasta el momento había guardado en mi bucólica mansión, esperando pacientemente el momento de soplar el polvo que ya recogían sus lomos. Sin embargo a los pocos días de dar por finalizadas las obras de mi lugar de retiro, tuve que abrir la biblioteca al público ante el irrefrenable deseo de mis trabajadores y vecinos por acceder a las obras allí recogidas. Contraté a una joven bibliotecaria y comencé a prestar libros, reservándome un pequeño despacho muy bien iluminado donde poder estudiar sin ser molestado.

Hasta que un día descubrí un libro que recordaba haber comprado, pero del que no podía recordar su lugar de procedencia. Quizá fue un souvenir de alguno de mis viajes por tierras lejanas.

El libro era una excepcional copia del Corán, escrito en árabe clásico y al que le faltaban algunas azoras, aunque esto no lo sabría hasta mucho tiempo después. Impulsado por mi curiosidad busqué entre mi amplia colección de volúmenes dedicados al islam una copia en castellano del libro sagrado, sin conseguir encontrarla hasta semanas después, en que acudí a la ciudad para ocuparme de unos asuntos -aunque realmente estas tareas no fueran más que una excusa para acercarme a la mayor librería de los alrededores-. Compré el libro más caro, adornado con lo que me pareció un exceso de filigranas, y pasé parte de la tarde y la noche entera leyendo, hasta que me sorprendió el rugir de mi estómago reclamando alimento y bebida. Comencé involuntaria e inconscientemente mi primer ramadán.

Aquellos escritos sagrados me impactaron y tal fue mi interés por seguir estudiándolos que al día siguiente hice llamar a uno de mis empleados.

- Hola Mohammed, siéntate por favor -le pedí con cierta dulzura y lo que justo después de hacerlo me pareció un gesto exagerado de admiración.

- Si señor. Dígame que desea.

- ¿De dónde eres Mohammed?

- De Líbano señor -me miró sorprendidísimo y un tanto asustado- pero le puedo jurar por Alá que tengo todos los papeles en regla.

Una sonrisa atravesó mi gesto de inmediato y me imaginé mi cara iluminada en ese momento, a pesar de las ojeras provocadas por las noches en vela debidas al intenso estudio.

- Te creo. No hace falta que pongas a tu dios como testigo.

Se sonrojó casi al instante y me miró a los ojos implorando una explicación para todo aquello.

- No te preocupes. No estás aquí para nada malo. Me gustaría pedirte algo.

- Lo que usted quiera señor. Intentaré ayudarle en todo lo que pueda, inshallah.

Una sonrisa volvió a asomarse irremediablemente a mi rostro.

- Quiero que me enseñes árabe.

Después de esto el que sonrió fue él.

- Si señor, lo que usted mande. Cuando acabe mis tareas en el campo le ayudaré a aprender mi idioma. Alhamdulillah, alabado sea Alá.

- No hace falta que vuelvas al campo, si te parece bien. Preferiría que fueras mi profesor a tiempo completo. Te subiré el sueldo.

- Me encantaría señor. Shúkran. Gracias.

- De nada Mohammed. Gracias a ti. Aséate y tómate el resto del día libre. Me gustaría comenzar mañana mismo a las diez de la mañana, si te parece bien.

- Lo que usted diga, señor -se le notaba lleno de alegría, a pesar de estar tan sucio como cualquiera que hubiera trabajado duro alguna vez en el campo embarrado.

- Hasta mañana entonces.

De este modo comenzó mi relación con Mohammed. Enseguida descubrí que era un gran profesor y empecé a conocerlo más a fondo. A pesar de que éramos extraordinariamente diferentes, congeniamos al instante.

Poco tiempo después de empezar con mi nuevo aprendizaje, supe de su boca que mi maestro había huído de Líbano por problemas con la justicia. Estaba acusado por deserción en su país ya que se había negado a cumplir con su deber en el momento de realizar el servicio militar obligatorio. Como constataría tiempo después, no abandonó sus obligaciones de forma gratuita. Su forma de ser le impedía empuñar un arma y sus ideales le guiaron hasta España, donde gracias a diversos contactos que su familia tenía en la embajada, había recibido asilo político.

Antes de contratar a Mohammed ya conocía parte de su historia, pero al serme revelados todos los detalles de esta, sentí un enorme gozo por haberle abierto las puertas de mi casa, proporcionado un trabajo e instituido como guía personal a través del aprendizaje de una nueva y hasta ese momento para mí desconocida lengua.

Las clases se prolongaban en ocasiones hasta altas horas de la madrugada, sin que ninguno de los dos fuésemos capaces de interrumpirlas por puro apasionamiento. Tantas horas en mutua compañía fueron las responsables de que no tardáramos demasiado en hacernos buenos amigos, amigos de verdad. Metíamos nuestros problemas personales al aula de una forma inquietantemente natural, tal era la confianza que nos teníamos el uno al otro. Yo le hablaba de mujeres, él me hablaba de su país. Yo le hablaba de la crisis económica, él me hablaba de la guerra y del terrorismo. Nos apoyábamos mutuamente.

Gracias a todo esto y a pesar de que ambos admitimos desde el principio que yo no soy demasiado buen alumno, en unos pocos meses me descubrí hablando árabe de una forma limitada pero resuelta.

Aun no había escrito ni una sola palabra.

Supe que Mohammed había nacido ocho años antes que yo y que tampoco estaba casado. Tenía una maravillosa madurez que a los cuarenta y ocho años podría parecer lo obligado. Pero la sabiduría que portaban sus palabras convertían su raciocinio en algo que superaba a la experiencia. Era un sabio joven.

Sus ojos eran tan negros como el té que me trajo como ofrenda en nuestra primera clase y que poco tardó en acabarse, tras lo cual me sentí responsable de que siempre hubiera una buena reserva de hojas negras en un pequeño estante que coloqué en el despachito de la biblioteca, con el único fin de albergar ese producto. Además conseguí una tetera y un par de tazas que tenía perdidas y sin estrenar por casa. Debido a todo esto y a una pequeña cocinita que también instalé en el despacho, abandoné el café por muchos años.

A pesar de no ser un buen alumno -sobre todo por culpa de mi gran inteligencia y la poca humildad que mostraba ante mis profesores- siempre fui muy buen estudiante y dedicaba un incontable número de horas a la semana al estudio de diferentes temáticas. Dicho estudio acababa irremediable y diariamente en animadas conversaciones con Mohammed en un árabe cada vez más correcto. Él si era un gran profesor. Siempre aparecía en el despacho a la misma hora, las diez de la mañana, pero ninguno de los dos sabía a que hora se iría de allí. Se presentaba siempre con una vestimenta muy similar: zapatos negros, con calcetines y cordones del mismo color; unos pantalones verdes y una chaqueta marrón sobre una camisa a cuadros azules o rojos o verdes.

Su postura era siempre la misma, aunque estuviéramos horas sentados charlando y riendo, nunca se cansaba de mantener su pierna izquierda sobre su rodilla derecha, de una forma un tanto afeminada. Apoyaba el codo izquierdo sobre la rodilla que quedaba libre, lo que le servía de base para expresar con sus brazos todo aquello que no quería explicar con palabras.

- Salaam a’ Laykum señor -me seguía llamando señor a pesar de nuestra ya profunda amistad, posiblemente porque yo nunca le pedí que dejara de tratarme de tal modo.

- Alaykum salaam Mohammed -le respondí mirandole de soslayo, como notando algo- ¿Qué sucede habibi? -le pregunté con cariño, esperando que calmara mis pensamientos más pesimistas.

- He de irme señor, no puedo seguir siendo su maestro.

- Pero ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido? -pregunté de manera atropellada, asustado.

- Me reclaman en mi país. He de volver a Líbano. Mi familia… -Estuvo a punto de comenzar a llorar. Sentí una punzada paralizante en mitad del pecho. No quería perder al que ya se había convertido en mi mejor amigo.

- ¿Qué le pasa a tu familia? ¿Puedo ayudar? Podría ir contigo si tú quisieras.

- No señor, no puedo permitirlo. He de ir yo solo -y yo no insistí, no por falta de ganas, sino por el gran respeto que me provocaban las decisiones de Mohammed.

- ¿Volverás?

- Eso espero, inshalla.

Pasaría mucho tiempo hasta que volviéramos a encontrarnos y sería en una situación radicalmente opuesta a aquella en la que se fraguó nuestra amistad.

Sigue en: Faysal (II)

Permalink 4 comentarios

¿Yo escribo y tú dibujas?

25 Febrero 2009 at 1:35 am (Cuentos, Relatos)

No, no es insomnio. Es sólo miedo a la cama. A acostarme y quizá no dormirme porque tengo otras cosas más dolorosas que hacer. O quizá soñar y machacarme un poquito más por dentro. O recordar cosas que tuve y que perdí.

Pero yo creo que no es insomnio, así que no tengas en cuenta todo lo que te he dicho estos días, porque tengo la sensación de que si quisiera, podría dormir. Pero es que no quiero. No me da la gana. Que no me sale de los cojones, vamos.

Y menos mal que alguien me regaló un libro sabiendo que me iba a gustar. Ese alguien sabía que teniendo esas páginas en mi mesilla de noche ningún día iba a poder irme a dormir triste, o asustado, o nostálgico. Pero como todo, los libros se acaban y la melancolía vuelve a hacer de las suyas y no se va hasta que no encuentras la canción perfecta, la lectura adecuada o la escritura liberadora, que te permite pensar que mañana será otro día. Y que me hace recordar todas las veces que he pasado por esto antes. Y  ¡Bah! Por otra más no voy a morirme. Y es verdad, no voy a morirme por nada de esto, pero si alejara de mi ciertas cosas… Tú lo sabes, sería más feliz.

Al menos sé que andas por ahí, haciendo nosequé -algo increíble, seguro- y que al final siempre nos acabamos viendo, que no tocando.

Lo primero de lo que debería deshacerme es precisamente de esto. Estos pensamientos que me hacen chorrear por los ojos, pero no nos engañemos, no son pensamientos. Son cosas. Se tocan.

- ¡Mierda! -otra vez me había quedado dormido un lunes- ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Joder, siempre igual!

- ¿No desayunas?

- ¡No me da tiempo!

Las divagaciones, las lágrimas, el malestar, los pensamientos me hicieron quedar en vela hasta las tantas. No tengo ni puta idea de a que hora aproximada me dormí. Ni siquiera sé si llegué a dormirme. Ahora sólo puedo pensar en que llego tarde. Mejor dicho: no voy a llegar.

* * *

- ¿Has visto la peli esta del hombre que nace viejo y va haciéndose niño?

- Si, creo que sé cual dices.

- Es que se me ha ocurrido una idea para un relato, a ver qué te parece.

- Cuenta.

- Un hombre que nace negro y a medida que madura, se va haciendo blanco. Pero bien contado, no me vengas con lo de Michael Jackson. Podría denunciar el racismo hasta que el hombre se hace completamente blanco y consigue ser respetado. He pensado que al final podría contar como se olvida de todo lo que sufrió hasta su madurez como negro. ¿Qué te parece?

- Pues… -se puso a mirar por la ventana del autobús.

- Venga di.

- Puta mierda, la verdad. Me parece una gilipollez. No te ofendas.

- No me ofendo… -pero me ofendí. A mí no me parecía tan mala idea- pero no lo escribas.

Y no lo escribí, aunque me sigue pareciendo buena idea.

* * *

- Yo escribo y tú dibujas ¿te parece una buena idea?

- Si, pero no sé si sabré…

¿Por qué siempre el que dibuja tiene más miedo a fallar que el que escribe? Posiblemente porque su pintura no dejará paso tan fácilmente a la subjetividad, como un poema o un relato. Lo que se ve se juzga inmediatamente. Como tu boca. La primera vez que la vi lo supe, me gustaba.

Es más fácil escribir un relato como este.

Un texto de mierda.

Voy a escribir un cuento para ti, para que lo pintes como quieras. O lo dejes en blanco y negro, eso da igual. Pero quédatelo.

¿Yo escribo y tú dibujas?

Permalink 9 comentarios

Una tarde en el centro comercial

18 Noviembre 2008 at 1:42 am (Cuentos, Relatos)

Era mi día libre, así que decidí ir al hipermercado y hacer unas compras antes de que llegara la época navideña y todo se llenara de gente frenética y deseosa de llenar sus carritos. Precisamente eso era lo que más me gustaba de librar un martes: las tiendas, los bares, los cines y todo ese tipo de cosas estaban vacíos. Uno podía ir tranquilamente a dar un paseo por el centro comercial sin que una multitud lo empujara o le hiciera guardar cola frente a la caja por una hora.

Aun así siempre me encontraba con alguien conocido mientras compraba lo necesario para la semana: leche, pan de molde, aceitunas, vino, rosas, tuercas, anzuelos, tungsteno. Lo de siempre.

-¡Ramiro! -alguien me llamaba a mis espaldas. Frené en seco el carrito medio lleno y miré hacia atrás.

-Vaya Hugo, que sorpresa -dije mirando con recelo su compra.

-¿Qué tal estás, cómo va todo?

-Todo bien, gracias ¿Y tú? ¿Qué tal con Rebeca, sigues con ella?

-No, ya sabes… -me miró apenado.

-Por ese rollo de ser vampiresa ¿Verdad? -le corté con voz comprensiva.

-Eso mismo. Me tenía realmente harto. Pasaba todas las noches fuera de casa y cuando volvía antes del amanecer se posaba en el alféizar de la ventana de mi dormitorio y me daba unos sustos de muerte. Luego claro, follando hasta que amanecía, pero en cuanto aparecía el primer rayo de sol ¡zas! Se metía en su ataúd y hasta la noche siguiente. Me acabé hartando. Además siempre llegaba con la boca llena de sangre de vete tú a saber quién y no quiero coger ninguna enfermedad de esas que hay por ahí. ¿Y tú que tal, estás con alguien?

-Si estoy con una chica, es azul.

-¿Azul? ¿Cómo que azul?

-Joder, pues ya sabes. De color azul. Como eso -dije señalando un pantalón de chándal que colgaba de una percha.

-¡Coño! Menuda suerte, no se ven con frecuencia por aquí ese tipo de mujeres -dijo abriendo mucho los ojos- Y además están buenísimas.

-Lo sé, además me da mucha paz su tonalidad apagada. Me ayuda a dormir. Lo malo es que no podemos tener hijos, porque nos dijo el médico que saldrían violeta con una probabilidad del ochenta por ciento, más o menos.

-¡Uf! Un hijo violeta. Menuda desgracia. Mejor ni lo intentéis.

-Espero que no me deje por un dorado. Ella siempre quiso ser madre.

-Bueno tú no te deprimas, si quieres un día me llamas y nos tomamos una cerveza, que ahora tengo prisa y me tengo que ir.

Se dió la vuelta y me dejó allí solo, frente a mi carrito y mis compras recordando con un poco de miedo lo de mi incopatibilidad cromática, ya que nunca he querido estar solo. Espero que no encuentre uno dorado porque sino…

Seguí serpenteando entre las estanterías, buscando el azúcar. Este Hugo no sabe lo que es tener una novia azul. Come kilos y kilos de azúcar a la semana, alternando el azúcar moreno con la blanquilla, una semana de cada tipo. Nos gastamos un dineral, pero al menos no me pide diamantes.

De todos modos, siempre quise tener una novia verde. Son muy limpias y se alimentan exclusivamente de heno. Además son muy fogosas en la cama y podríamos tener hijos, pero el amor es lo que tiene, no se puede dirigir hacia un color específico del arco iris.

Los dorados se alimentan exclusivamente de aceite de oliva virgen extra, por cierto.

-¡Ramiro!

-Hombre Ginés ¿cómo te va?

-Genial. ¿Sabes que he empezado a salir hace poco con una chica?

-¿Ah si? ¿Y cómo se llama? ¿Cómo es? -vaya día.

-Se llama Paula y es buena.

-¡No jodas! Eso si que es raro -dije realmente sorprendido.

Estuve un buen rato hablando con Ginés. Me contó historias maravillosas sobre su nueva novia. Se le veía muy enamorado, espero que no la cague, porque Ginés se reproduce por esporulación y siempre tiene problemas con las mujeres en la cama, aunque supongo que a estas alturas ya habrá llevado a la práctica mis consejos y será un rey del cunnilingus.

Encontré el azúcar y llené el carro con paquetes. Esta semana toca blanquilla, es más barata.

Tuve que volver porque se me antojó un pulpo para el acuario y como no había gente en la pescadería decidí cometer una locura.

Pagué con tarjeta de crédito y llevé la compra al coche. Conduje hasta casa a toda velocidad -para que no se me muriera el pulpo- y justo cuando estaba entrando en el garaje se puso a llover. Algunos no pudieron resguardarse y comenzaron a derretirse por la calle y sumirse por las alcantarillas.

Permalink 3 comentarios

Tomate frito de brik

15 Noviembre 2008 at 6:23 am (Cuentos, Relatos)

Estaba jodido porque acababa de perder unos trescientos euros jugando al póker. Yo era un mal jugador, -nuca supe mentir- pero aun así me gustaba la sensación de ser superior a los demás, aunque sólo fuera durante una mano. Esa noche tuve un par de buenas manos, y unas dieciséis malas. Así que me resigné con mi suerte y decidí salir a un bar a gastarme los treinta euros que reservé para bebida.

Entré en el primer bar que encontré. Sucio, oscurso. Si supiera quién escogió la música de aquel lugar, lo buscaría para asesinarlo. Me senté en la barra y descubrí que los taburetes eran bastante cómodos, a pesar de estar rajados y manchados de alcohol y vómito. El asiento incluso daba vueltas, como en los viejos tiempos. Un ron -cualquiera- con coca cola.

A la tercera copa me di cuenta de algo: a ese ritmo el dinero no iba a durarme lo suficiente. Así que empecé con la cerveza. Nunca le hice ascos a una buena cerveza, pero después del ron ya no me supo tan bien como de costumbre.

“¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?… Mujer fatal…”

Me empezaba a gustar la música, el sitio era agradable y no había demasiada gente. Me veía a mi mismo en un espejo justo encima de la caja, que descubrí al seguir con la mirada a la camarera cuando se disponía a cobrar. Culo perfecto, pelo rubio y demasiado escote para mi gusto.

-¿Me invitas a una cerveza? -se acercó una chica a la que ni siquiera había visto.

-¿Eres puta? -pregunté extrañado- Porque si es así, no tengo suficiente…

-¿Acaso no lo somos todas? Sólo quiero una cerveza.

Gran respuesta, así que nos bebimos un par de botellines antes de abandonar aquel tugurio. Me llevó a un sitio agradable: sofás, música tranquila y a un volumen aceptable. La conversación fue interesante, pero ya me había enamorado de ella mucho antes de que abriera la boca.

Los ojos negros llenaban su cara sin dejar a penas hueco para nada más. Abiertos, alerta. Su pelo no era demasiado largo, pero a pesar de ello se había hecho una coleta a la que no le vi ningún sentido. Sus orejas, graciosas y llenas de pendientes metálicos, sobresalían entre las mechas claras que adornaban su cabello. Su estatura: perfecta. De pie nos acoplábamos de una manera extraña y maravillosa, a pesar de que era más baja que yo. ¿Tumbados sería igual? No tardaría mucho en descubrirlo, aunque para mí fue una eternidad. Vaqueros y unas Chiruka. Gracioso, íbamos vestidos igual. Aunque ella era muchísimo más guapa que yo. Mirada penetrante y algunos granos en las mejillas. Iba calentándome poco a poco. Cazadora de cuero y el mejor abrazo que he recibido en mi vida. Sus labios eran duros y se podían notar algunas asperezas, supuse que debidas a la climatología dura del lugar -aunque ya estábamos cerca del verano-. A pesar de todo eso, mi saliva los reblandeció, los hizo manejables, suaves y blandos.

Cuando la dejé era de día.

Después nos comimos un helado y tras un tiempo pruedencial nos perdimos en algún lugar.

Las montañas, el mar. No vimos nada más que el cuarto de aquel hotel. Cama confortable, baño limpio y completo. Tenía cocina, así que salimos a comprar comida. Algo fácil de cocinar, que nos permitiera estar el mayor tiempo posible en aquella puta cama gigante -que por cierto, no estaba clavada al suelo-.

No recuerdo lo que comimos. Sólo me acuerdo del calor, el sudor, la piscina y una tormenta. Y una botella de ron. Desde luego aquel plato no llevaba tomate.

Bastante tiempo después descubrí un tetra brik de tomate frito en mi nevera. Alguien lo había abierto y metido allí, a pesar de que yo hubiera querido guardarlo para siempre. Hasta que se caducara y tuviera que tirarlo a la basura en una mudanza o algo así. No me sentía preparado para comérmelo, porque lo había comprado con ella en aquel lugar paradisíaco. Sin embargo allí estaba, en mi frigorífico, abierto y esperando a ser tragado.

Permaneció allí desde el lunes hasta el viernes. Llegué a casa borracho y con hambre. Saqué unas salchicas frankfurt del paquete, las metí en el microondas y cuando ya estaban calientes las bañé con todo aquel tomate frito de brik. Decidí olvidarla, comérmela. Engullir todos los recuerdos. Deglutirlos, digerirlos y cagarlos.

Buscaba una catarsis y lo que encontré fue una gastroenteritis -o algo igual de asqueroso-.

Estuve todo el sábado expulsando un vómito demasiado rojo, demadiado doloroso. Me ardían las entrañas y no podía controlar mis pensamientos. Febril, comencé a soñar que aun estaba con ella. Que me quería y me entendía. Que me hablaba y me contestaba cuando le preguntaba por qué.

Perdí dos kilos ese fin de semana. Sin sudarlos y sin dudarlo intenté llamarla. Apagado.

No volví a comer tomate frito en tetrabrik.

Hasta hoy. Siempre hay una segunda oportunidad para un hombre. Siempre la hay, si es capaz de tragarse lo que más asco le da en la vida, lo que más le duele.

Por suerte, el tomate siempre me gustó.

Permalink 2 comentarios

Todo el tiempo que nos fuera posible

11 Noviembre 2008 at 2:27 am (Cuentos, Relatos)

-Sólo digo que yo nunca he visto a un niño de verdad, a un niño REAL que prefiera estar jugando en casa un sábado soleado por la mañana, que salir a la calle e intentar pasarlo bien…

-Pues ahora todos prefieren quedarse jugando con videojuegos.

-¿Todos los niños?

-Si.

-Quizá ahí esté el problema, que como nosotros fuimos niños hasta los catorce o los quince, pensamos que ellos tienen que hacerlo también. Pero ahora las cosas no son como antes. Los niños no son como antes tampoco. Y mucho menos los adolescente. A los doce ya no piensan en lo mismo que nosotros a esa edad… Nosotros fuimos unos afortunados…

-No sé que decirte…

-Gilipolleces -tuve que interrumpir- ya me hubiera a mí gustado perder la virginidad a los doce y no a los dieciséis.

-Puede ser… Pero sería lo único que cambiaría.

-Claro, sobre todo porque tú hasta los veintitrés no supiste a que sabía una jodida teta.

Nos gustaba tener estas conversaciones al aire libre, con una cerveza en la mano, o una copa, o lo que fuera. Montar nuestro Café Gijón ambulante, cada día en un sitio, huyendo de la policía que nos perseguía para quitarnos las bebidas y quién sabe si algo más. Hablando de tonterías, o de cosas serias. De lo que fuera con tal de no pensar.

Tres, cuatro, cinco, diez, doce, los que fuéramos. Dependía del día, del frío o directamente de la nieve o de la lluvia. Pero al final siempre acabábamos teniendo este tipo de conversaciones. Nos hacían sentir mejor, capaces de solucionar algo, de mirarlo todo desde fuera, a través de un telescopio, desde muy muy lejos. Desde un lugar mejor y -aunque luego supimos que ese lugar no existía realmente- eso era sin duda lo más ilusionante de toda la semana y muchas veces lo único.

Seguíamos discutiendo a voces por el camino, con un gracioso deje de ebriedad, mientras nos terminábamos las botellas y tirábamos los vasos en cualquier lugar, dirigiéndonos a los bares oscuros y llenos de ruido, a intentar ver un poco de carne entre el espeso humo y con un poco de suerte llegar a tocarla.

Y de vez en cuando alguno de nosotros lo lograba. Tocar, lamer, follar. La mayoría de las veces no importaba dónde ni con quién -aunque si el cómo-. Generalmente los bares estaban repletos de esas chicas que nos miraban por encima del hombro, creyéndose mejores. Habría que preguntarle a sus ex-maridos si ahora opinaban del mismo modo que ellas. De todas formas nos resultaban inalcanzables y no tuvimos oportunidades reales hasta que las que venían por debajo -que eran más golfas, más guapas y peores esposas- llenaron los mismos bares, en los que lo único que no cambiaba era nuestra presencia. Nos abrumaban con sus tangas y sus escotes, con su moral laxa y con su facilidad para abrir el envoltorio de un condón y ponerlo en diez segundos ayudándose tan sólo de dos dedos de una mano y una boca llena de lengua y saliva.

Así avanzaban las semanas, los meses y los años. Nosotros cambiábamos muy lentamente, pero parecía que lo hacíamos a un ritmo frenético, teniendo en cuenta que a nuestro alrededor no se movía absolutamente nada. Y nos pasábamos las tardes de los domingos preguntándonos cuándo terminaría todo eso, cómo lograríamos escapar de allí, de qué manera podríamos dar el gran salto. En medio de todas estas dudas, de vez en cuando alguno de los grandes -de los que llegaron lejos- venían desde fuera para abrirnos los ojos, para decirnos que había algo más a lo que aspirar, algún lugar más donde respirar. Alguna mierda más grande, donde sobrevivir sería más difícil y las oportunidades más abundantes. E incluso trataban de convencernos de que allí afuera quizá hubiera una chica para nosotros, las chicas de nuestros sueños, como las que ellos habían encontrado -habría que preguntarle ahora a esas chicas, si siguen dándole oportunidades a los tíos que algún día fueron como nosotros-, como aquellas a las que nunca conocimos. Pero a nosotros nos seguían gustando las nuestras, porque con ellas sabíamos lo que hacer y lo que no se nos estaba permitido.

Entonces nos envalentonábamos, nos proponíamos cosas, intentábamos salir, sin darnos cuenta de que realmente todo consiste en lo mismo: intentar semana tras semana, mes tras mes o año tras año no hundirse en la mierda. Distintas mierdas, pero ninguna mejor que otra. Aunque fueran mierdas lejanas y repletas de chicas, al final todas olían igual de mal.

Y nosotros sobrevivíamos, vagando de madrugada de portal en portal, de coche en coche o de parque en parque si era verano. Lo hicimos durante demasiado tiempo. Intentábamos pasar de una calle a otra, alejarnos de los sitios de siempre, pero cuando lo hacíamos aparecíamos siempre en los mismos lugares, que ni siquiera el tiempo conseguía transformar en el algo nuevo, en algo bueno.

A pesar de todo, nuestra vida tenía sentido, aunque ese sentido fuera mantenernos arriba todo el tiempo que nos fuera posible. Hasta que algunos comenzaron a perder el rumbo y para los demás todo se convirtió en orden y armonía.

A mí, por suerte, no me pasó ni una cosa ni la otra.

Permalink 4 comentarios

96

8 Noviembre 2008 at 7:12 am (Cuentos, Relatos)

Sufro una noche más de insomio. Ese insomino doloroso, con motivo, que después de todo lo que has sufrido, de todo lo que has vivido es lo que más te daña. Lo demás pasa, la chica se va con otro y con ella tu locura, pero el insomnio se queda. Así que intentas prolongar el momento de meterte en la cama. Las dos mejor que la una y las cuatro mejor que las tres. Pero hay momentos en los que te puede el agotamiento y te tapas con las mantas, aunque sabes que no conseguirás dormir.

Por eso cojo un libro e intento olvidarme de todo lo que me impide descansar.

Un niño recuerda a su abuela. La quiere, se divierte con ella, juegan juntos, se ríen. Es todo precioso, pero muy aburrido. Y justo en el momento en el que me doy cuenta del coñazo que tengo entre las manos, se me ocurre comprobar las hojas que llevo leídas. Noventa y seis.

96.

Me recorre un escalofrío. Me deshago de las mantas y no aguanto mucho, porque me congelo. Me vuelvo a tapar y siento como el calor, que comienza por las puntas de mis pies, me va invadiendo poco a poco. Y me descubro de nuevo intentando no desesperar.

Página noventa y seis. Menudo número. El antagonista de su primo hermano. Es una cifra solitaria, o algo peor que eso, un número enfrentado consigo mismo.

Lejos del erotismo del sesenta y nueve, el noventa y seis se muestra apagado, triste, anormal. A pesar de la redondez de sus símbolos, es algo puntiagudo y casi ofensivo. Una espalda contra otra ignorándose, o peor aun, sabiendo que están condenados a pasar el resto de la eternidad sintiéndose ajenos, alejados el uno del otro. El nueve necesita al seis, y el seis al nueve. Ambos saben que sin el otro dejarían de ser lo que son, pero juntos demuestran el patetismo del ser y no ser al mismo tiempo. Unidos no son agradables, pero separados no existirían.

Son amantes conflictivos, irrespetuosos, odiosos. Pero amantes. Y el momento en que ambos piensan simultáneamente que podrían mirarse a la cara, merece la pena. A pesar de que son conscientes de que jamás verán del otro nada más que la espalda, o la lejanía autoimpuesta por inevitable.

Y muchas son las veces que necesitan un abrazo el uno del otro. Y muchas son también las veces que se convencen mutuamente de que eso sería perjudicial para ambos, ya que dejarían de ser lo que son. Aunque odian serlo. Aunque les encantaría cambiarlo y convertirse en el sesenta y nueve al que tanto envidian.

Es casi imposible conseguirlo, pero de algo están seguros: no lo añorarían tanto si no lo hubieran probado alguna vez. Por eso, desde aquí, y sin saber mucho de números, se puede asegurar sin miedo a equivocarse, que el número noventa y seis, algún día fue algo parecido al sesenta y nueve y ¿por qué no? Puede volver a serlo. Sólo es necesario que el seis y el nueve -no importa quien pruebe primero- intenten darle la vuelta a todo para que sus caras vuelvan a estar lo más cerca posible.

Puede parecer una historia de números, pero lo único que está claro, es que esto dista mucho de ser algo exacto.

Permalink 2 comentarios

El gilipollas que se enamoró -de una rubia que no conocía- en un sueño

7 Noviembre 2008 at 4:29 am (Cuentos, Relatos)

Sabes que es rubia y con los ojos azules. Sabes que es GUAPA, demasiado guapa. La has visto un millón de veces pero sabes que NUNCA la verás, que NUNCA la olerás y lo peor de todo, que ella ni siquiera te MIRARÍA aunque la tuvieras a dos centímetros de la cara.

Sabes que existe, que está ahí, en los mismos sitios en los que tú alguna vez estuviste. Has pisado miles de veces por donde ELLA pisó. Pero NUNCA vais a coincidir en el mismo lugar, porque es PERFECTA, pero no tanto -o quizá demasiado-.

No es una actriz, ni una MODELO (de moda). Es real. Tan real que puedes imaginarte con ella. Pensar que quizá con un par de años menos… O un par de años más… A lo mejor tú y ella…

La vi y me gustó. Está ahí, tiene amigos, habla con ellos. Escribe un blog interesante, abrumador. Tú lo lees y te sientes cerca de ELLA. Pero no lo suficiente. Lo vuelves a leer y te sientes lejos. Demasiado… Demasiado seguro de que demasiadas VOCES entran en su CABEZA. Y de que algunas -por suerte- también salen.

Y luego, en la cama… Es un sueño recurrente. Aparece noche tras noche. Con esos ojos, ese pelo rubio. Azul, amarillo, azul, amarillo. Y eres tan gilipollas que te enamoras de un sueño. El mejor sueño. El sueño que hace que te sientas mierda cuando despiertas, que hace que pienses en todo lo que has perdido simplemente por haber abierto los ojos. El que hace que ESPERES que te CONTESTE a algo que ni siquiera ENTENDERÁ.

Es posible que se sentara en los mismos pupitres que tú. Es tan posible como que es la única que te hace sentir bien, aunque sea en sueños. Y sueñas, y sueñas, y sueñas… Y te despiertas y sigue ahí, tan distante como siempre. Ya no te da los besos que imaginas. Aunque te siguen quemando los labios. Ya no tiene la voz que le has adjudicado, porque no conoces la suya (sólo la conoces porque la has visto en mil fotos), aunque existe.

Y los ojos, y el pelo, y los ojos, y el pelo, y los ojos… y ESA CARA.

¿Obsesión? Seguro.

ELLA sólo busca un beso. SÓLO eso. Y no sabe lo afortunada que es. Realmente no lo sabe. Y ni siquera imagina que yo sería capaz de darle ESO y todo lo que me pidiera.

Pero sólo quiere un beso. Sólo NECESITA que la besen. Y me jode muchísimo, no sabe cuánto. Porque no sabe lo que se está perdiendo. Lo que nos ESTAMOS perdiendo.

Y me encanta conocerla sin que me conozca, porque es un SUEÑO. Es mi SUEÑO. Del que no sale. No podría aunque quisiera alejarse de mis noches, de mi cama. Puro, limpio, triste. Rubia, es rubia. Y con los ojos azules. Un gorro blanco, un vestido negro, unas gafas de sol. Una foto en blanco y negro. O lo que sea. Porque es mi SUEÑO.

Es guapa, es muy guapa. Y es rubia. MUY RUBIA.

Y ni siquiera sabe que existo.

Y si lo sabe… Dios me libre de intentarlo, porque ELLA SABE que lo conseguiría.

Demasiado rubia y demasiado distante.

Permalink 4 comentarios

El hombre que no quería ser feliz

18 Octubre 2008 at 4:39 am (Cuentos, Relatos) (, )

La verdad es que no es feo. Algunas personas incluso piensan que es guapo. No se peina y su pelo es una maraña desarrapada, descuidada y a veces sucia. No huele mal, pero pocas veces huele bien. No le gusta su aspecto, ni su forma de ser, pero se siente bien consigo mismo -y a veces mal-.

Lo único de lo que puede presumir es de sus ojos, grandes y de un color indefinido. Claros. Bonitos. Normalmente consigue que sus párpados impidan ver el color del iris, aunque últimamente usa unas lentillas de color marrón que se compró para no destacar. Se las pone y puede abrir los ojos sin miedo a que alguien se enamore de ellos.

Ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Perfecto. Ni muy tonto, ni excesivamente listo. Genial. Su pie: un cuarenta y dos. Su talla: una cuarenta y dos. Ciñéndose a la media, sin destacar ni por arriba, ni por abajo. Ni por los lados.

En el colegio se sentaba en los pupitres del medio siempre que podía. Nunca levantaba la mano. Intentaba no sacar sobresalientes. Ni suficientes. No era el más rápido ni el mejor en nada. Tampoco el más lento. Ni el peor.

Estudió una carrera, como tanta gente. Nada del otro mundo.

Ahora vive en un edificio de diez plantas y él ocupa la quinta. El bajo no le gustaba y las alturas le dan miedo. Así que mejor estar por la mitad.

¿Las chicas? No le gustan demasiado guapas, porque alguien podría quitárselas. Pero no se permite estar con feas, porque no le hacen sentir bien. Ni altas, ni bajas. Ni gordas, ni flacas. Ni muy tontas, ni excesivamente listas. Generalmente aquellas en las que nadie se fija. Son las mejores.

Hasta que llegó Ella. Guapa, inteligente. Con un “muy” delante de todo lo bueno. Le hizo destacar. Consiguió que le miraran, aunque seguía sin gustarle todo eso. Incluso se enamoró.

Después vino el daño, algo normal -y que le gustó-.

Todo acabó y Ella convirtió su vida en algo aun más insulso, más gris, más normal. Una vida triste, solitaria, retorcida y angustiante. Justo lo que buscaba. Le encantaba sentirse desdichado y saber con certeza que nunca, JAMÁS, encontraría nada que le hiciera disfrutar tanto como Ella. Había probado lo mejor y lo había perdido. Así que se daba por satisfecho, porque él no quería ser feliz, pero tampoco sufrir. Así que la olvidó -pero no del todo- y se dedicó a vivir una vida lineal, sin sobresaltos. Tranquila, predecible y desquiciante, en la que podía controlar su locura y sus impulsos. Nunca lo dio todo, así que nada podía pedir. Se resignaba con cualquier cosa, así que nada podía esperar.

Murió joven y solo.

Su entierro fue muy normal. Acudieron algunas personas, pero tampoco muchas.

Ni muchas flores, ni pocas.

Permalink 2 comentarios

La foto

30 Agosto 2008 at 5:23 am (Cuentos, Relatos)

Llego a la puerta de casa. Meto la llave y tengo que dar tres vueltas para abrir. Bien, no hay nadie. Podré sentarme tranquilo, relajarme, pasar un par de horas sin hablar. Perfecto. Encender el ordenador y navegar hasta aburrirme. Pensar y desahogarme como buenamente pueda. Juego con mi mascota, cojo una botella de agua fría y me dirijo al dormitorio, a disfrutar. Leyendo, escuchando música, lo que sea que me haga olvidar. Me siento frente al ordenador, lo enciendo. Todo va bien.

- ¡Eh, tú!

- ¡Hostia!

Me levanto de un salto mientras empujo el portátil contra la pared.

- ¿Quién ha dicho eso?

¿Me he vuelto ya loco? Es demasiado pronto. ¿O no? Imaginaciones.

Me vuelvo a acomodar en una silla bastante incómoda gracias al calor y sobre todo a los recuerdos de lo que algún día hice sobre ella.

- ¡Tú!

- ¡Joder!

¿Pero qué pasa? ¿Quién habla? No puede ser.

- Mírame joder.

Estoy de nuevo en pie. Miro a mi alrededor y no veo nada.

- ¿Estás tonto?

Al fin centro mi vista en el corcho lleno de fotos que adorna la pared que se encuentra encima de mi mesa. No puedo creer lo que veo. Una de las fotografías ha cobrado vida ¡Se mueve!

- Ya era hora.

- Pero…

Ahí estoy, en Amsterdam, rodado de amigos y con una amplia sonrisa en la cara. ¿Cómo puede ser que una foto me hable? Una foto en la que yo soy el protagonista.

- Tío ¿qué haces? -prosiguió ahora con voz y gesto paternal- ¿Por qué estás otra vez así?

Incrédulo abro aun más los ojos.

- ¿No te das cuenta de que estás igual que siempre?

- No. No lo estoy.

- Siempre igual, Álvaro.

- Te estoy diciendo que no. Esto no es igual.

- Mírame a mi, sonriendo feliz, rodeado de amigos…

- ¡Calla!

- No me puedo callar.

- Mierda…

Una puta lágrima brota de mi ojo izquierdo.

- ¿No te gustaría estar como yo? Siempre feliz, sin pensar en cosas que no merecen la pena.

- ¿Qué no merece la pena?

- Estar así, como tu estás.

- ¿Convencido? ¿Curado?

- Jodido.

- No estoy jodido.

- Más que nunca.

- Eso es mentira, y lo sabes.

- Me sacas cuatro años, pero parece que sé yo más de ti que tú mismo.

- Tú siempre lo sabes todo…

- Sé lo suficiente -trató de interrumpirme.

- …pero no tienes perspectiva -terminé.

Creo que después de esto vio el odio en mi cara e intentó apaciguar mis ánimos.

- Vale, quizá tu sepas más. Pero no lo bastante como para no hacernos sufrir. Mírame, soy feliz ¿por qué crees que sonrío?

- Porque no tienes preocupaciones. Ni responsabilidades. Ni quieres tenerlas.

- Y porque sigo esperando.

- ¿Esperando? ¿A qué?

- ¿A qué? Más bien a quién.

- Vale. ¿A quién?

- A quien tú y yo sabemos.

- Tú no la conoces, estás anclado unos cuantos años antes de que ella apareciera.

- Tú eres tonto ¿Ya ha aparecido?

- Por supuesto ¿es que no me explico?

- Te explicas igual que lo haría un gilipollas. ¿De verdad piensas que es ella?

- No necesito pensarlo. Lo siento.

- Tú y tus sentimientos. Te van a matar. Ya te han puesto al borde del suicidio y eso no puedes negarlo.

- ¡Joder! Sabes perfectamente que nuca llegaría a ese extremo, por mucho que lo piense.

- ¿Ahora si piensas? ¿Ya no sientes?

- Dilo como quieras, nunca haría eso y lo sabes.

- Sinceramente, ya no lo sé.

- Vete a la mierda.

- Si, ahí es donde estás tú ahora mismo. Y de donde no quieres salir.

- Te equivocas. Tú acabas de salir de la mierda. Eso quedó muy lejos para mí. Tanto como tú…

- Bien. Eso está mejor.

- Es verdad. Ahora no es como tú piensas.

- ¿Y qué es lo que yo pienso?

- Que es todo como la primera vez. Y no es así. Han cambiado muchas cosas. Yo he cambiado, ella no es igual…

- Ella, ella, ella… Deja ya de pensar en ella.

- No quiero. No puedo.

- Ese es tu problema, que no quieres.

- Vale, si quiero, pero no puedo.

- ¿Por qué? Ya lo has hecho más veces.

- Pero esta vez es distinto…

- No lo es.

- Que si lo es ¡joder!

- ¿Por qué estás tan seguro?

- No lo sé, pero lo estoy. Y sabes perfectamente que en estas cosas no me equivoco. Las huelo a distancia. Lo vi todo claro hace ya más de un año…

- Te estás engañando.

- Que no joder. Que es así. Es distinto. No trates de convencerme, porque no vas a poder. Si yo siento algo es que es de verdad. Si digo algo, es que es así.

- Cierto. Pero ¿y si ella no lo siente?

Tuve que callarme, ahí tenía razón. Puta foto impertinente.

- No puedes creer que todo lo que sientes es verdad -prosiguió.

- Pues lo hago, y has de admitir que eso nunca nos ha fallado.

- Hasta ahora.

- Pero ¿por qué? ¿Por qué quieres joderme?

- No quiero joderte, quiero lo mejor para ti, y sabes lo que es. Odia y luego olvida. Es algo que siempre nos ha funcionado. Es el ciclo. No puedes negarlo.

- Pues lo niego. Esta vez no es así. No me importa lo que haya pasado. Esta vez me importa lo que siento. Y lo que siento no engaña. Es puro. Es verdadero.

- No hay nada verdadero. Y menos en el amor.

- Esto no es sólo amor. Es algo más.

- ¿Algo más? ¿Hay algo más que el amor? Explícame qué.

- Pues no sé si puedo explicarlo. Sólo sé que mi conexión con ella es superior a la que tengo contigo en este momento. Y eso que tú eres yo mismo.

- Deja de decir gilipolleces. Eres patético.

- Lo sé. Patético. Pero seguro.

- Vete a la mierda.

- Jajaja -me río descontrolado. Me doy un poco de miedo. Soy un miedica.

Se da la vuelta y deja de mirarme. Es extraño que incluso yo mismo me de la espalda. Aunque he de admitir que las vistas que debe observar mi yo fotográfico son estupendas.

- Recuerda lo que te prometiste. No volver a pasar por esto. Una y otra vez. Fue una letanía durante meses. Años incluso. Y ahora vuelves a estar sumergido en el mismo lago de mierda que casi te ahogó hace no demasiado tiempo. Además ¿por qué no has puesto ninguna foto de ella junto a mí? No la veo por ningún lado -y sonrió de manera maliciosa.

- Lo primero, esto no es un lago de mierda. Es otra cosa. Y lo segundo… -vacilé.

- No has puesto ninguna foto porque sabías que esto iba a pasar. Sabías que te iba a joder, como todas.

- ¡No! No puse ninguna porque sabía que tendría toda la vida para sacarme fotos con ella y colgarlas en mil y un sitios.

- Si, mil y una noches ¿no?

- Exacto -dije asustado, medio llorando ya.

- Eres gilipollas.

- No entiendes nada.

- Ni tú. Ni ella.

- Yo si.

- Sabes que eso no es verdad -y en parte tenía razón.

- Álvaro -siguió- deja de torturarte. No sirve para nada.

- Ahí te doy la razón, pero no puedo parar.

- Date tiempo.

- ¿Tiempo? Eso ya no existe.

- Sigues siendo un romántico.

- Siempre.

Se planteó un silencio intenso. Reflexivo. Pero en cuanto vio el brillo de mis ojos cristalinos, prosiguió.

- Sabes perfectamente que nadie te quiere más que yo, por muy egoísta que suene.

- De eso va esta conversación ¿no? De egoísmo.

- A lo que me refiero es a…

- Ya, que todo lo que dices es por mi bien. Pero parece que no me conoces. Sabes como soy. Sabes lo que hago y lo que pienso. Y sabes perfectamente que esto es de verdad, por muchas cosas horribles que hayan pasado y…

- Si, si, si… No trates de convencerme. Veo que estás en lo cierto. Que lo que sientes es lo más cerca que vas a estar nunca de la verdad. Siempre nos ha pasado. Pero no te dejes hundir. No te rindas. No te vendas. No seas gilipollas Álvaro. No tienes necesidad. Hay muchas…

- ¡No! -le interrumpí- no hay muchas. Hay una.

- Esa una ya no te quiere.

- Quizá, pero ya sabes como soy. Eso no me importa. No me importa nada.

- Tío, odiala. Haz lo de siempre. Que se termine cuanto antes. El odio precede al olvido. Es la manera natural.

- Por eso nunca la olvidaré. Porque no hay odio. Más bien todo lo contrario.

En ese justo momento se dio por vencido. Retrocedió un pasó y volvió a su lugar original en el retrato. No volvió a hablar.

Yo me fui a la cama y lloré toda la noche.

En una cosa tiene razón, soy gilipollas.

Yo tengo razón en otra. Ahora sé la verdad. Tantos años buscando hacen que uno esté seguro cuando encuentra lo que quiere.

Lástima que ella no piense igual, o que al menos no actúe en consecuencia.

Permalink 8 comentarios

Siguiente Página »